Plaza de la república

Ricardo Vela
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM

La cita quedó acordada a las diecinueve horas con dos minutos; momento del día en que los niños atienden la merienda familiar con la vaga esperanza de que, al terminar su pan, aún podrán salir al patio a jugar; las madres, por su parte, los ven comer mientras auscultan la ventana a sabiendas de la llegada, de un momento a otro, de sus maridos. El inminente adentramiento en la obscuridad se traga la sensación de paz para la mayoría; lo manipulado durante el día se asienta y por su peso caerá de ahora en adelante. En las almas intranquilas de los individuos caminando rumbo a sus hogares sólo restaba esperar.

     Lucas llegó en su auto con un sabor a certeza en la boca: todo estaría mejor.  El hecho de haber logrado llegar temprano (sólo eran las dieciocho con cuarenta y nueve) lo reconfortaba bastante, pues la puntualidad no era una de sus virtudes y estaba plenamente consciente de ello. Otrora había llegado consternado a sus reuniones con retrasos de treinta, cuarenta, o hasta sesenta minutos enteros —y sabía Dios que la culpa no recaía en él, si no en los infelices quienes lo esperaban durante tal cantidad de tiempo. Como sea, ahí estaba: inusualmente puntual, estratégicamente preparado con un discurso sobre qué decir y cómo justificar sus actos, refugiado tras el volante con la mano derecha atascada a la perilla de volumen en la radio, mirando intrigado en todas direcciones.

     Sí, los nervios lo estaban devorando entero, pues había una razón para llegar con trece minutos de anticipo y una considerable cantidad de perfume derramada sobre él.

—También me dejé crecer la barba y decidí usar lentes; tengo la impresión de verme más serio con ellos.

     Más inocente, quería decir. Se trataba del sustento de una imagen que no significaba la totalidad de Lucas, más bien una parcialidad. El recubrimiento de una verdadera personalidad desfachatada e irresponsable; aquella correspondiente al Lucas con los sesenta minutos de retraso.

—La herí  y quiero enmendar mis errores. Si usar los lentes y dejarme la barba como a ella le gusta es el principal paso para eso, lo haré.

     No obstante, aún había inseguridad en su persona; podía descubrirse por la forma en cómo manipulaba la radio sin concebir encontrar la estación adecuada. ¿Buscaba alguna canción en especial?

—No; sólo intento encontrar música agradable y tranquila. Es para pensar a gusto.

     ¿Tenía necesidad de fumar ahora? Cualquiera pensaría eso al ver la torpeza con la cual buscaba en los bolsillos de su saco y pantalones. Sin duda lo extenuante de la situación lo impulsaría a retomar aquel hábito.

— ¡No!, no pretendo retomarlo. El momento lo amerita y servirá para calmarme. Un cigarro no me hará daño. Además, a ella le agrada mi olor después de haber fumado.

     Encontró un cigarro en la guantera del auto. Bajó el cristal de la ventanilla y lo encendió. Tras la primer exhalación, relajó la espalda contra el respaldo y desparramó su cuerpo deslizándolo ligeramente hacia abajo sobre el asiento. Mientras fumaba, concentraba sus pensamientos en los diálogos ensayados para la cita de hoy. Su visión trataba de esquivar el humo proveniente de su boca para posicionarse sobre cualquier figura femenina caminando en los alrededores. Cuando sacaba la mano del auto para tirar, con un ligero agitar, la ceniza acumulada en la colilla, se podría decir que, durante una diminuta fracción de tiempo, descansaba del estrés causado por la espera. Al volver a inhalar de la colilla, su cabeza regresaba al estado de concentración adquirido desde el momento cuando se estacionó. Exhalaba, y con los restos de nicotina vaporizada expedía una fracción de esperanza.

—Me sorprende cómo nos transformamos por una persona. Pero no me incomoda; no me molesta verme en este tipo de escenarios. Es decir, es lo natural al enamorarse, es la forma en cómo nos entregamos y disponemos una mejor versión de nosotros para…

     Un sobresalto interrumpió sus reflexiones. Frente al auto, dirigiéndose a la esquina acordada para el encuentro, una chica delgada y blanca, con el cabello rojizo y largo cayendo en tremendas cascadas de fuego sobre su espalda, caminaba envuelta en un abrigo caqui con una bolsa en mano. Su belleza resultaba agradable a la vista; sin duda era el tipo de mujer con la cual un hombre espera acordar una cita para el sábado por la noche. En el momento de girarse para cruzar rumbo al auto, Lucas pudo ver desde un mejor ángulo el rostro media luna de la atractiva mujer.

—No es ella.

     ¿Estaba seguro?; meditó siguiendo a la chica, quien se aproximaba en su dirección.

—Completamente.

     En efecto, la pelirroja caminó justo a un costado del auto, pero siguió su camino sobre la banqueta. Lucas pudo ver, el espejo derecho mediante, sus caderas bambolearse al caminar mientras se alejaba tras él.     

—No era mi Camila.

     ¿Quién?

—Camila, la mujer quien me tiene atrapado en ese escenario del cual hablaba. En realidad, fui yo quien la citó hoy y aquí.

     Suspiró, echando un último vistazo a su guardia por la espera de Camila. Tiró una última bocanada del cigarro y lo arrojó por la ventanilla.

—Tenía una urgencia abismal por verla. La conocí hace más de un año, a mediados de septiembre. En un principio me parecía el tipo de mujer con la cual jamás podría convivir, ¿sabes? Lo cual me parece sorprendente, porque hoy, pese a lo escandalosa de su risa en el cine mientras todos permanecen en silencio, su terrible manía por leer críticas de libros para asegurarse de tener una opinión adecuada sobre ellos, e incluso su mal hábito de comer pasta y embarrarse de salsa de tomate la comisura de los labios, pese a todo eso, no puedo concebir mi vida sin ella.

     Se podía descifrar tristeza en los ojos de Lucas; cierto desencanto ocasionado por un recuerdo más chocando contra su frente. ¿Pasaba algo con Camila?

—La verdad es que dejamos de vernos hace casi tres meses. No sólo eso: fui yo quien le pidió dejar de vernos. Creí que lo mejor era no sentirme con la responsabilidad de tolerar sus peculiaridades. Dejé marinar las cosas por un tiempo y, finalmente, terminé con ella frente a una parada de autobús. Su actitud fue la razón por la cual dejé de respirar y mi organismo se paralizó hace varias semanas. Interrumpió cualquier forma de comunicación entre nosotros: dejó de contestar mis llamadas, bloqueó mis mensajes, escribió al gobernador para solicitar un cambio en la ruta del autobús que circula de mi casa a su casa (sin resultados, afortunadamente). En fin, una total locura. Desperté un día y me encontré sin sentido ni razón; era ella quien me daba sentido y razón. Por el simple hecho de ser quien era, yo encontraba un colorido contraste y podía figurar quien soy (o era). Me arrepentí de inmediato por lo ocurrido. Siete días me tomó conseguir la forma de contactarla. Hasta hoy pude hablar con ella por teléfono. Le pedí vernos esta noche, a las diecinueve con dos, en la esquina donde nos encontrábamos cuando salíamos. Me he propuesto recuperarla, llevarla a mi casa y volver lo nuestro algo mejor. Así que, si no te importa, seguiré esperando. Son las siete en punto y ella tiende a ser bastante puntual.

     Subió la ventanilla del auto y fijo la vista al frente. Sus manos sudadas resbalándose en el volante no eran si no otro reflejo de sus nervios por el paso del tiempo. Susurraba constantemente sin dejar de observar jamás:

—En cualquier momento…

     Lo repitió al menos en treinta y tres ocasiones hasta que ocurrió: de una cafetería en contra esquina al lugar acordado, salió una Camila distinta a lo pensado. Su cabello rojizo (el cual suponemos había sido largo tiempo atrás) no llegaba más abajo de sus orejas. Llevaba un agradable vestido amarillo con unos tacones blancos haciéndole juego. Antes de cruzar de esquina a esquina, se detuvo con suma gracia para encender un cigarro. Lucas se vio obligado a reconocer desde su asiento en el auto:

—Estar sin mí le sienta bien.

     Jaló la manija para abrir la puerta y salió sin despegarle los ojos de encima. Sonreía desconcertado. ¿Se veía él igual de bien?

—No, sonrío como quien sabe que no tiene remedio: estoy enamorado de ella.

     Como fuera, poco importaba ya. Apenas había salido Lucas del auto, cerrado la puerta y emprendido dos pasos hacia Camila, cuando el escalofriante sonido de fricción de llantas contra el pavimento resquebrajó en una decena de pedazos la escena. El estampido fue atroz. El colapso, inminente. En sus narices, la bella figura de campana en el vestido amarillo de Camila salió volando hasta desplomarse varios metros frente a él; ni rastro inmediato del zapato blanco que estaba, hasta hace dos segundos, en el pie izquierdo de la hermosa pelirroja; y ahora, incluso el dulce vestido amarillo lucía escalofriante con las manchas negras y rojas extendiéndose sobre la tela. Lucas corrió, pero al llegar no encontró rastro alguno de Camila. En su lugar, un cuerpo inerte y plomizo, rodeado por una sorprendida multitud capaz de acrecentarse el doble a cada segundo, ocupaba un carril entero en la vía.

     Hubo cierta gracia irónica al respecto. De no haber muerto, Camila misma lo hubiera encontrado gracioso. Resultaba impreciso para Lucas, para el dueño del auto, para todos los presentes, el qué hacer en una situación así. Nadie hubiera pensado, cuando llegó la ambulancia y levantaron el cuerpo de aquella descrita por muchos como “era una bella chica, ¡qué tragedia!”, que, hasta hace cinco minutos, Camila salía de la cafetería con una problemática totalmente distinta en la cabeza.   

     Saboreando los restos del café expreso en su boca, Camila aún tuvo tiempo de desconfiar si Lucas realmente llegaría, o si, como era usual en él, se retrasaría más de treinta minutos. ¿Y qué haría ella al respecto?

—No tengo la más mínima intención de esperar. Diez minutos; sólo eso. A las diecinueve con doce, si no ha llegado, me iré.

     Los nervios recorrían inopinadamente cada centímetro de su cuerpo. Cuando decidió levantarse de su mesa, todas las emociones existentes la partieron por la mitad como un rayo. Desde su sexo, hasta rebasar su frente, el rencor, la angustia, y un profundo sentirse incorregiblemente enamorada, le advirtieron sobre el súbito error al cual se exponía. Entonces sintió una turbación incomparable con cualquier otro mal pensamiento experimentado antes. 

—No. Fue aún peor cuando terminó conmigo. Uno presiente esas cosas. Desde el momento cuando lo vi aquel día, ese aire de condescendencia y culpa emanando de él, de su tono de voz y la forma en cómo me apartaba con las manos, lo supe: me iba a abandonar.

     Sin embargo, en sus ojos aún cabía la posibilidad (y el temor) al engrandecimiento de esa turbación. ¿Sería posible superar el dolor provocado en ese entonces?

—Es verdad. No debí venir, ¡no debí venir! Porque es posible. Porque Lucas es así. Porque, la verdad, aún estoy enamorada de él.

     Las complicaciones de tal sentimiento siempre estuvieron presentes para Camila. Sentada en la mesa del café se sintió oprimida por la desesperación al descubrirse a sí misma contando los minutos para la hora acordada. Apenas eran las dieciocho con cincuentaicinco. Faltaban siete minutos; el corazón se le atenazaría más con cada segundo transcurrido. No era tiempo suficiente para pedir otro café, ni era aún momento de levantarse y salir al encuentro. Sin embargo, siete minutos eran los suficientes para recordar, sin disponerlo a propósito, los últimos tres meses de su vida: la soledad, los intentos de felicidad, el dolor causado por el abandono…

—Hay más. Puedo pensar, también, en cuánto disfruté de ir sola al cine. Los libros que leí me alegraban los días. Las personas a quienes conocí me resultaron sumamente agradables. Y sí, me sentía muy hundida; porque al final, por muchas películas, libros, o personas nuevas en mi vida, mi mente siempre volvía a él. Pero sobreviví.

      El mesero entregó su café a Camila sin voltearla a ver si quiera, razón por la cual ella comenzó a cuestionarse sobre su apariencia. No se atrevía a reconocer parte de las razones en su cambio de imagen: un profundo resentimiento hacia Lucas; amarillo en el vestido era, para él, el color más aborrecible; zapatos altos, los cuales  implicaban, en sus palabras, una feminidad disfrazada; el cabello sumamente corto, perdiendo así la razón más grande por la cual él la encontraba atractiva.

—Cuando me lo corté imaginé que acallaría su voz en mi cabeza; la misma que regresaba cuando trataba de dormir por las noches, cuando tomaba una ducha, cuando entraba a la oficina; eran instantes en los cuales el universo se expandía, y el aire me faltaba porque me faltaba él.

     “Un expreso chico, por favor” pidió al mesero cuando se sentó en la mesa del fondo. Su cara lucía triste. Apoyó su mentón sobre una mano y permaneció contemplando la ventana. No había señal de él.

— ¡Qué va! Es demasiado temprano.

     Pero sí había esperanza en mirar; podía leerse en el jugueteo de ansiedad ejecutado con su mano izquierda y un mechón alargado sobresaliendo en su cabeza. La imagen de Lucas cruzando la calle y acercándose a ella le habría resuelto las dudas en su mente, pues era una soñadora. Albergaba la ínfima posibilidad de un cambio, de un final feliz, de la victoria del amor sobre las adversidades de la pareja: el temor en él a amarla…

—Jamás me dijo “te amo”.  

     …y la angustia de ella por su distanciamiento.

—Jamás llegué a comprenderlo. Pero si de decir “no me entendía” se trata, todos (ambos) habríamos ganado. Ahora lo sé: el problema no está en no entender; porque esos vacíos en la historia y el comportamiento del otro logran la atracción, la sorpresa, la idea de contingencia en la relación y, por ésta, el constante buscar mantener el amor. No, el problema no está en no entender al otro, sino en creer que lo entendemos. Y por muy transparente que él me creyera, nunca…

      De inmediato la abordó un profundo enojo. Quiso, por un momento, tomar sus cosas e irse. Recordó a Lucas y su voz llorosa al teléfono. Le suplicaba verla. Pensó en razones para no haber venido y encontró un centenar, pero no pudo encontrar alguna para venir. Sí, lo amaba. Pero, ¿lo valía?

—Me prometió un viaje. Me prometió intentarlo una vez más; daría lo mejor de sí porque sabía que le hacía bien estar a mi lado. Dijo haberse dado cuenta de cuánto me quería hasta el momento cuando nos separamos. Él cree entenderme; por eso dice esas cosas

     Pero Camila desconfiaba. Mientras caminaba rumbo al sitio acordado en la Plaza de la República, se debatía entre qué responder a la propuesta implícita de Lucas. Las cartas estaban sobre la mesa. ¿Era el amor un punto a su favor o en su contra? No podía negarlo: cuando respondió el teléfono y escuchó su voz, gozó la diminuta victoria en el suceso. Sin embargo, se trataba de una encrucijada, pues, de retomar el camino a su lado, se arriesgaba a sufrir una vez más. En todo caso, ¿lo valía?

—Aquí estoy, cuarentaidós minutos antes de lo acordado. Él ni si quiera habrá salido de su casa aún. Llegué antes porque debo predisponer cualquier situación: ¿me iré?, ¿lo veré al menos? No debí responder (me lo dice esta confusa intranquilidad). No debí aceptar verlo (lo sé porque estoy aquí, cuarentaidós minutos antes, como quien no puede esperar más). Y me molesta, porque aún si decidimos seguir por caminos separados, jamás podré estar sola sin imaginar cómo sería estar con él, no podré estar con alguien más sin pensarlo, lo confundiré a donde quiera que vaya. Cualquier cosa me obligará a formular la conexión entre mi presente y el tiempo a su lado: su besar, su acariciar, su sabor, su forma de vestir, su risa o su voz.

     La plaza se silenció, y, a la inversa, el oleaje dentro de su alma se agitó violentamente. No habría señal alguna para esclarecer su mente. Dentro de ese silencio, ese instante de paz, había una invitación al perdón. Ni el comienzo, ni el final, podían ser vislumbrados con claridad.  La historia se había dispuesto de una manera precisa; ambos jugaron su parte, lo siguiente ya no les correspondía. Pero ninguno de los dos alcanzaba a comprender tal situación.

—Lo esperaré en aquel café, a pesar de desear con todo mi ser no verlo más.

     Así, Camila cruzó la calle y entró al café, sin saber que a las diecinueve con dos, hora en que la cita quedó acordada; momento del día en que los hijos desean prolongar la luz del sol para evitar que sus padres lleguen a casa y los manden a la cama, mientras en el resto de la ciudad se experimenta una angustiosa sensación de espera por el anochecer; su deseo se cumpliría.

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