El fútbol mexicano ¿un esclavismo?

Luis F. Rosas
Facultad de Derecho, UNAM

 ¿Y si te dijeran que el fútbol es una especie de esclavitud moderna? Detras de este espectáculo deportivo existen una serie de desventajas legales del jugador frente a su equipo. En este artículo ahondaremos acerca de este tema.

Lo que me propongo en el presente trabajo no es realizar un estudio pormenorizado y concienzudo acerca de la sindicalización futbolística, si no hacer un esbozo al respecto y atraer la atención sobre este tema que, con frecuencia, es muchas veces ignorado o cuando menos subestimado por la afición.

Comúnmente, como aficionados, nos dejamos cautivar por el espectáculo del fútbol, por la euforia de los estadios y de los bares en los que se sintonizan los partidos por televisión. Quedamos maravillados con el lustre que los publicistas y los comentaristas expertos dan a los personajes del fútbol, presentándolos como ídolos. Así, lo que se deja ver en los medios acerca de estos “gladiadores” es su carisma, sus éxitos deportivos y las opulentas vidas que pueden concederse gracias a los cuantiosos contratos que celebran con los clubes. Son colocados en escena como objetos de codicia entre las mujeres y los equipos de fútbol dispuestos a pagar grandes sumas de dinero para “comprarlos” –como suele decirse en el negocio del fútbol– y tenerlos entre sus filas.

Sin embargo, detrás de toda esa gloria se esconde, para los jugadores en México, una desagradable realidad al interior de la industria futbolística. A pesar de los grandes esfuerzos que exige el dominio del arte de jugar futbol profesionalmente y de la gran dedicación que esto requiere, los futbolistas no son vistos por los clubes como artesanos o trabajadores, quizá ni siquiera como seres humanos, sino como meros instrumentos de lucro, o como vasallos o plebeyos  a los que, generosamente, estos “magnánimos” clubes les conceden el privilegio y el favor de ser parte de sus equipos de fútbol.

Los abusos e ilicitudes en perjuicio de los futbolistas (tales como carencia de pensiones y de seguro de retiro, maltratos, retrasos de pagos, discrecionalidades por parte de los directivos de los clubes en la determinación de horarios y fechas para los partidos, recisión discrecional de contratos y estipulación en los mismos de cláusulas ilícitas como la prohibición de ejercer acciones judiciales contra los clubes so pena de exclusión permanente en el futbol, implementación del llamado Draft, entre otros) han ocurrido durante buena parte de la historia del balompié mexicano y han sido señalados en múltiples ocasiones tanto por diversos medios de comunicación como por importantes personajes de la escena futbolera como Carlos Albert Llorente, Javier Aguirre, Alfredo Tena, Hugo Sánchez, Carlos Hermosillo, José María Huerta, Rafael Márquez e incluso Cuauhtémoc Blanco, por mencionar algunos.

 No obstante, aún a pesar de los clubes, la Ley Federal del Trabajo (LFT) establece en el capítulo décimo de su título sexto el reconocimiento del deporte profesional como categoría de trabajo especial, y con ello la cobertura legal de todo el aparato jurídico en materia laboral para los deportistas profesionales. Pero, si esto es así, ¿por qué no se ha puesto fin a esta larga tradición de atropellos? ¿Acaso no existe un sindicato de futbolistas en México para defender sus derechos como ocurre en países con un futbol más desarrollado como Alemania, Inglaterra, España, Italia o Brasil? Bien, pues de hecho, en México no sólo hay uno, sino al menos tres sindicatos de futbolistas: la Asociación Sindical de Futbolistas Profesionales de la República Mexicana fundada con 300 agremiados en 1971 por iniciativa de Carlos Albert, jugador del Necaxa; la Asociación de Futbolistas Profesionales fundada en 1991 por Javier Aguirre y Alfredo Tena; y por último, Futbolistas Agremiados de México, fundado en 2004 por José María Huerta tras múltiples negativas por parte de las instancias jurisdiccionales respecto al otorgamiento de su registro. Sin embargo, ninguno de ellos ha prosperado por la falta de participación de sus agremiados que ­­–según se cuenta abiertamente entre los futbolistas– es resultado de la apatía de los jugadores o del temor sembrado entre ellos por las amenazas y presiones de la Federación Mexicana de Futbol (FMF o Femexfut) y los clubes. Esto ha llevado a todos estos sindicatos a declararse en suspensión de actividades no mucho tiempo después de haber sido instituidos y sin haber logrado importantes victorias en la defensa de los derechos laborales de los jugadores.

En efecto, fundada en 1927, la Femexfut ha jugado una posición estratégica en la línea defensiva de los intereses de los dueños de los clubes, mismos que han metido tremenda goleada a los derechos de los futbolistas durante buena parte de la historia del balompié mexicano y hasta la fecha. Para colmo, el único órgano activo que atiende las inconformidades y dudas de los futbolistas es la Comisión del jugador, órgano dependiente de la Femexfut cuyas funciones y facultades son poco claras, y su reglamento interno –y los demás que le competen– por demás inaccesibles. Esto es grave pues al observar la estructura de la Femexfut a través de sus estatutos, reglamentos y comisiones, queda claro que su función principal es cuidar los intereses de los clubes y, por supuesto, de sus respectivos dueños. Estos ejercen, por conducto de la Asamblea General de la Federación, un control directo e irrestricto de todo cuanto ocurre y deja de ocurrir en el negocio del futbol, sin que se haga mención alguna de los derechos laborales de los jugadores en ninguno de los documentos de la propia Femexfut.

El propio Código de Ética de la Femexfut establece algunas obligaciones preocupantes. Por ejemplo: en su artículo 16 establece para sus integrantes, afiliados y terceros involucrados la obligación de guardar absoluto secreto sobre todo lo que concierne a las actividades del futbol federado, incluyendo lo referente a relaciones contractuales, obligación que, en lo que respecta a su amplitud, difícilmente puede considerarse justificada por el derecho al “secreto industrial”.

Otra disposición preocupante es la sanción contra personas físicas establecida en el inciso i) del artículo 6 del Reglamento de Sanciones que implica la ‘prohibición de ejercer cualquier actividad relacionada con el fútbol’ y que significa un excelente medio de la Femexfut para ejercer control sobre los jugadores. Esta sanción contraviene el primer párrafo del artículo 5° de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos que a la letra establece que ‘a ninguna persona podrá impedírsele que se dedique a la profesión, industria, comercio o trabajo que le acomode, siendo lícitos.’

 Además existen acuerdos tácitos entre los clubes, como el llamado Pacto de caballeros que obliga a un equipo interesado en un jugador de otro equipo a entrar en negociaciones con el club y no con el propio futbolista como si éste fuera una pertenencia de aquél. El abuso va más allá, pues de llegar los clubes a un acuerdo, el jugador quedará obligado a prestar sus servicios al “club comprador”, aun sin su consentimiento, práctica que es conocida en el medio futbolero como Draft y que es violatoria del artículo 295 de la LFT.

 Así ocurre el ejercicio de la profesión de futbolista, entre abusos y atropellos tras bambalinas, siendo tratados como objetos por los clubes que se conducen como sus dueños; pero idolatrados y cubiertos de gloria y fama en el campo de juego, cual gladiadores de la Roma de antaño. Sin embargo, no sorprende que esto ocurra con el fútbol en México, pues no es la única faceta de nuestra sociedad que padece circunstancias de tal naturaleza. Toda institución es un reflejo de la sociedad en la que nace y vive. Es importante prestar atención a fenómenos como éstos, pues tienen mucho que decirnos sobre el estado de nuestra cultura y de lo que somos como mexicanos, y quizá, entre sus indicios, podemos hallar las condiciones que son fuente de nuestros vicios y problemas, para transformarlas y transformarnos a nosotros mismos, y así ser capaces de conseguir que la realidad mexicana alcance, en todos sus aspectos, el lustre del que es capaz.