Focas blancas, aguas tranquilas

Ricardo Vela
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Un poco de salud física, otro tanto de salud mental, y, sin duda, algo de pose, motivan a la gente a practicar la natación. Es uno de los deportes más completos, aseguran los especialistas; en tu labor por avanzar con gracia y velocidad (en ocasiones dejando de lado una para tener la otra) te ves obligado a mover todas y cada una de las partes de tu cuerpo —“¡brazada!, ¡patada!, ¡brazada!, ¡patada!, ¡respira!, ¡respira!, ¡saca la cabeza para respirar ya!”—.

     Gente de distintas edades, profesiones, complexiones y estratos sociales, acuden con cierta periodicidad a alguna alberca ubicada en uno de los centenares de centros deportivos de la ciudad. Transitan de la cotidianeidad en oficinas, estudios de baile, universidades o labores domesticas, para ajustarse los trajes de baño y zambullirse en el agua.

      En el club deportivo ubicado en la colonia Nápoles, perteneciente a la cadena de gimnasios Energy Fitness (de la cual es dueño Alex Rodríguez, tercera base de los Yankees de Nueva York), hay una alberca semi olímpica. Los lunes, miércoles, y viernes, en horario de doce a dos, los bailarines profesionales, los estudiantes en busca de un mejor físico, y los ejecutivos ejercitando sus torsos cubiertos de vello, abandonan el área de la alberca para dar paso a un grupo de entrenamiento especial. Nueve es el número de personas cuya cabeza fue escarchada por el paso del tiempo y que ahora disfrutan una renovada jovialidad gracias a la labor de ejercitarse dentro del agua.

      Ángeles tiene sesenta y seis años. Nunca, asegura, se había sentido tan bien desde que entró al club de Las focas, como se autodenominan ellos mismos. “Nadar me hace bien, me pone de buenas”. Hace ya dos años desde que alterna su labor como maestra de ballet para dedicar un tiempo al cuidado de su cuerpo. Llega al gimnasio en el auto que le dio su hija y se prepara para entrar al agua. Toma una ducha rápida, ajusta su gorra de látex, y estira sus extremidades durante un par de minutos. Lo siguiente es entrar a la alberca y esperar a que el resto del grupo llegue. “La mayoría iniciamos porque empezamos con achaques. No quería perder mi condición (se ríe), por eso entré”.

      Agustín está próximo a cumplir los setenta y dos. Cuando alguien nuevo inicia en el grupo disfruta de contar la anécdota de cómo entró a natación junto con su hijo de treinta y tres, y cómo, meses más tarde, su hijo prefirió abandonarlo. “Quién diría que aguanto más yo que él (estalla una carcajada)”. Su estado de salud no era esperanzador; hace cinco años sufrió un primer infarto, eso lo desconcertó. “Fue un riatazo sentirme tan débil. La verdad es que me descuidé. Por eso entré, joven. Viera cómo mejora uno”. Mientras platica su historia, los miembros faltantes se acercan y hacen una fila para entrar a la alberca por las escaleras de descenso. Toño, el entrenador, los acomoda en dos carriles para comenzar con ejercicios de estiramiento.

      Sofía, una tronchatoro de la tercera edad, permanece en el segundo carril hasta el fondo. “¿Es para una entrevista? Ponle que estoy gorda, ¡ponle! Ponle que peso ciento cinco kilos. Que tus amigos vean que deben cuidarse”. Realiza los ejercicios indicados por Toño con inagotable júbilo. Sonríe sin bochorno para contar que tiene diabetes y —evidentemente— sobrepeso. “Ya no tengo esperanza de recuperar mi figura, juar juar juar. Pero llevo diez meses aquí y ya perdí nueve kilos. Me cuido, y me divierto”. Aunque si hay algo que no le gusta a Sofía es el momento de empezar las trayectorias de extremo a extremo; se aísla del grupo para no estorbar el paso del resto, y es que ocupa un carril entero y el doble del tiempo que los demás para realizar el trayecto de una vuelta.

      La parte favorita de Juan Carlos, otro miembro del grupo, es cuando Toño los pone a nadar “para atrás”. El agua se desliza entre sus manos en el momento de encajar los brazos tras él en la alberca. Las mini olas creadas por el movimiento lo cubren sobre los hombros y se resbalan entre sus costillas; lo llenan de fuerza, le lavan la vejez. Es uno de los miembros más antiguos del grupo. También de los más ancianos; tiene ochenta y tres.

      Llevan sus historias como mapas en sus rostros. Las arrugas, manchas, y la flacidez dejan de pesarles, porque, de lo contrario, se ahogarían dentro de la alberca. Patricia está consciente de eso, por tal obliga a Salvador, su esposo desde hace ya sesentaiún años, a acompañarla a los entrenamientos. Salvador reniega, pero realiza las actividades. Patricia disfruta pasar tiempo con él y pensar que le está haciendo un bien; hace ya diez años que le duelen las articulaciones de sus rodillas; el doctor le recomendó nadar para disminuir los problemas. Al final de cada entrenamiento se dan un beso y se sostienen para salir rumbo a los vestidores; Salvador la acompaña a la entrada de mujeres, donde Liz, otra de las entrenadoras, le releva y sostiene a Patricia. Él regresa hacia el vestidor de los hombres.

     Dentro del agua las ondas comienzan alrededor de cada uno de los miembros del grupo y se extienden hasta chocar al final de la alberca. Es una oda a la juventud perdida, pero, al mismo tiempo, una fiesta de júbilo por los años venideros. El más joven del grupo tiene sesenta y dos. La más grande tiene noventa (una bofetada en el rostro de aquellos quienes creemos que con la edad se nos van las facultades para realizar actividades).

     Las nueve focas encomendaron su salud al deporte. En las aguas aclimatadas de este exclusivo club deportivo se lavan los complejos de la edad.