Kafka: el proceso interminable

Carlos Erasmo Rodríguez Ramos
Facultad de Derecho, UNAM

 

Actualmente, uno de los problemas que más ocupan a los encargados de la enseñanza del Derecho es la ética profesional de los juristas. Directivos y profesores de las escuelas de Derecho, persiguiendo el afán de mejorar la práctica jurídica a través de juristas más éticos, implementan una serie de actividades para tratar de generar conciencia en los alumnos. Tal es el caso de las dichosas conferencias del Programa Permanente de Ética de nuestra Facultad de Derecho, UNAM.

En persecución de este fin se realizan muchas actividades: se llena a los estudiantes de discursos motivacionales que probablemente olvidarán tan pronto como salgan del auditorio donde se pronuncien y se impulsan discusiones sin sentido acerca de la moral y la justica. Los resultados de estas actividades son bastante cuestionables pues sólo hay una cosa que ha servido, sirve y servirá para sensibilizar y humanizar a las personas: el arte, en particular la literatura.

Una obra literaria que sin duda cumple con el propósito de humanizar y sensibilizar a los juristas es El proceso de Franz Kafka. A lo largo de este artículo haremos un breve análisis de la obra y veremos porqué la lectura de esta obra es importante para la formación ética de los juristas.

Franz Kafka y El proceso

 Para poder entender una obra, siempre es necesario entender cuál fue el contexto en el que se desarrolló la vida de su autor y las vivencias que lo llevaron a crearla.

 La obra de Kafka está sin duda marcada por la mala relación que tuvo con su padre autoritario. En el caso de El proceso es difícil ver cuáles son los hilos que unen la relación de Kafka y su padre con su deseo de escribir acerca de un proceso que parece interminable.

 Milan Kundera explica esto brevemente, señalando que la vida de Kafka era bastante similar a la vida que llevó su personaje, Joshep K., en El proceso. Kafka siempre estaba vigilado por su familia y el único lugar en el que gozaba de privacidad era su habitación. Dicha vigilancia era tortuosa por la actitud autoritaria que tenía su padre, actitud que siempre estaba pronta a repartir castigos cuando ocurriese cualquier cosa que él considerara una falta, existiera o no.

Otro factor que fue importante en el proceso creativo de Kafka fue su trabajo de oficina en Praga, trabajo que lo puso en contacto con una burocracia fría y mecánica que despoja a los individuos de su lado humano para hacerlos simplemente un engranaje más de la maquinaria del Estado.

 Estos dos factores y los estudios en Derecho que Kafka realizó en la Universidad de Praga fueron la materia prima de El proceso, donde Joshep K. se vuelve sujeto de un proceso ante una autoridad todopoderosa que lo vigila constantemente y que lo condena por una falta desconocida. 

Bajo la piel de Joshep K.

La lectura de la obra que aquí vamos a analizar nos hace sentir en carne propia las vivencias de su protagonista. Son muchas las interpretaciones que se pueden dar a tales vivencias y a la obra en general, incluso Camus interpretó El proceso partiendo de su noción del absurdo. Para poder atender el asunto que aquí nos ocupa y no caer en la tentación de hacer un esbozo de esas interpretaciones, hemos de ceñirnos a un aspecto muy particular de El proceso: la situación del hombre frente al derecho.

 Hay muchos aspectos que vale la pena analizar en ese sentido.

Muchas veces se ha dicho que la obra de Kafka pertenece al terror moderno, concretamente al terror lógico. El terror moderno siempre está determinado por la pregunta: “¿Por qué yo? ¿Por qué me pasa esto a mí?” Podríamos decir que esta pregunta domina la sensación de terror en muchos cuentos de Lovecraft y en El pozo y el péndulo de Poe. Cualquiera puede sufrir lo que sufre Joshep K. pues al desconocer la falta que cometió (si acaso hubiere alguna) no se puede evitar cometerla para evitar correr la misma suerte. Es por ello que en Kafka esta situación alcanza proporciones más terroríficas, pues la situación que nos narra es más real, más inmediata. Es un millón de veces más probable estar sujeto a un proceso judicial que encontrados atados, rodeados de ratas, observando como una cuchilla oscilante desciende a cortarnos las entrañas.

 Por si lo anterior fuera poco, esta situación de no conocer la falta está relacionada y es agravada por la inevitabilidad del derecho, por el peligro inminente de sufrir el castigo. Al desconocer los cargos en su contra, K. no puede esgrimir defensa alguna y si lo hace, es siempre torpemente. Todo lo que haga K. para defenderse será inútil pues debe enfrentarse también a una burocracia laberíntica que obedece ciegamente las órdenes de superiores sin rostro, superiores que a su vez siguen normas que determinan su actuar, por más absurdas que estas nos puedan parecer.

Estando así las cosas, un ciudadano común como K., que bien puede ser cualquiera de nosotros, está irremisiblemente condenado a ser sentenciado por cargos que desconoce, sin la más mínima oportunidad de defenderse y evitar ser aplastado por una máquina burocrática que no siente compasión ni piedad.

Es así como el derecho y el Estado se convierten en simples máquinas que se dedican a seguir reglas, donde el absurdo parece ser la característica predominante.

Conclusiones

Leer esta novela y así poder sentir en carne propia la desesperación y la angustia de K., no sólo llevan a cualquiera a tener empatía por él sino que nos lleva a sentir indignación ante lo que consideramos injusto.

 Con un texto de esa fuerza, casi cualquier jurista, desde cualquiera que sea el ámbito de su desarrollo profesional, querrá evitar que se den situaciones que desemboquen en un terror jurídico como el de El proceso.

 Para todo el que crea que se exagera diciendo que el caso de Joshep K. puede darse en la realidad, basta tan sólo ver los numerosos casos de indígenas que son juzgados sin conocer siquiera el idioma de sus juzgadores y todos aquellos casos similares que permanecen en el olvido. 

Una sensibilización y humanización de los juristas no sólo conduce a una mejor práctica jurídica, si no al deseo de perfeccionar a toda costa el derecho. Si bien nos hemos alejado un poco de los procesos kafkianos, aun es larga la senda a recorrer para evitar que en nuestro país haya más casos como el de Joshep K.

 Me parece que vale la pena dar una oportunidad a la literatura como factor humanizador, ya no sólo de los juristas, si no de la humanidad misma.