La garra

Jesús Briseño
Facultad de Derecho UNAM

A mis camaradas de muesografía, por

 momentos de felicidad inconmensurable

Así como el otoño incendia las hojas de los árboles, un recuerdo basta para saber cómo el tiempo nos devora. Por ejemplo: todavía recuerdo el hedor de tu cadáver en mis manos al arrojarte por el barranco aquella fría noche de noviembre del año pasado. Pero, ¿sabes una cosa?, debo agradecerte que te hayas muerto aquel día, así, tan inesperadamente, o mejor dicho, con la misma especie de oportunismo que viene envuelto en moños azules y papel relumbrante. Hoy por casualidad conduzco por la misma carretera que me lleva al enorme ataúd sin fondo donde yaces y, justo como en aquella ocasión, voy escuchando la radio: 

“Informamos que una gran congregación de familias y amigos se han dado cita esta noche en los cementerios de México para regocijar a sus muertos con velas blancas, calaveras dulces, atole hirviente, pan de muerto y vasto cempaxúchitl regado entre cabezas de ángeles degollados y yerba inocente…” 

Cuando apago el aparato emisor, el sonido de la soledad brota de todo lo que me rodea: del ronquido oxidado del automóvil que manejo, del cenicero improvisado de la guantera, del manchado asiento vacío del copiloto y del destrozado espejo retrovisor que revela una mirada recelosa: la mía.

Esta noche la luna parece inusualmente sangrienta pero, al momento de fijar mi mirada en su hipnótica circunferencia,  volanteo bruscamente por una peligrosa curva; de inmediato una descarga de adrenalina me despabila y me cala fríamente los huesos obligándome a tomar el volante con diligencia. Por nada de este mundo quiero compartir la fosa común en la que al fin me deshice de ti. Además, contra mi ánimo, debo llegar temprano a casa para cenar con mi esposa que tanto me harta con sus reclamos: “Debes darme dinero para esto, para aquello, para lo otro… debes prestarme atención cuando te hablo y no ver a las lagartonas que te apantallan por el televisor… debes hacerme el amor al menos una vez al año, siento que mi vientre se pudre ¿cuándo vamos a tener hijos?”… bla, bla, bla. Afortunadamente para ti, la muerte te ha ensordecido permanentemente mientras que yo tengo que aguardar sentado en mi oficina a que un vendaval de voceríos me reviente los tímpanos día tras día: “¡Juan Pérez, repórtese ante mí de inmediato! ¡Juan Pérez, ya vio qué porquería de trabajo me entregó! ¡Juan Pérez, está despedido!”… Después de todo,  probablemente ahora te encuentres agitando tu cola rabiosamente por saber lo despreciable y monótona que se ha vuelto mi vida, aunque debo advertirte que nunca me he arrepentido de haberme desquitado contigo de toda esa ira podrida que aún se alimenta de mis entrañas. Es más, disfruté mucho haberte hecho el blanco de mi frustración, dejándote sin comer hasta una semana entera, tratándote igual que una cosa estúpida y sin sentimientos, encadenándote como un esclavo, abandonándote como una basura, asolándote con la furiosa punta de mi zapato una y otra vez, una y otra vez hasta el extremo de envilecer el agua que bebías con el solo acto de mi presencia. 

Con la extrañeza de quien se sabe sin rumbo, conduzco a merced del azar como si yo fuese la cucaracha que recorre en vano el drenaje abisal de la noche; después el carro comienza a vomitar tantas humaredas rojas por el motor que un infranqueable muro de tinieblas me enceguece completamente el horizonte y, de pronto,  alguien o algo se estrella contra el parabrisas ocasionando que pierda el control del vehículo. A pesar de la tensión de mis alertas manos no logro evitar chocar contra un vallado metálico. Al bajar de la colisionada máquina un vértigo huracanado asalta mi cabeza y desfigura la percepción de la realidad de mis sentidos. En voz baja y con la boca seca inicio un soliloquio más delirante que certero:

 “¡Al fin ya vienes a vengarte de mí desde el mismo Infierno, maldito perro, jajaja! Ni siquiera recuerdo tu nombre. Ah sí, Virgilio, raro nombre para un tonto y pelón Xoloitzcuintle…”.

Como supuse el parabrisas quedo hecho trizas pero no distingo ningún cadaver u objeto en el concreto helado. Con premura trato de incorporarme del suelo para pedir auxilio pero mi cadera renga me derriba instantaneamente. Para avanzar no tengo otra opción más que la de arrastrarme como un gusano. Al pasar de las horas no veo ninguna señal de vida por ningun lado pero lo que si observo es que más adelante una zona iluminada con un aura luciferina me atrae poderosamente sin que yo pueda oponer resitencia. También una repentina y ardiente ventisca atrapa mi cuerpo y lo jala lentamente hacia aquel sitio luminoso. En eso, un  desolado aullido rompe el aire y de la nada una silueta aparece. ¡Esto no puede estar pasandome! Con mis rodillas deshechas persigo las huellas quemantes de aquella criatura. 

 Es demasiado tarde, lo único que recuerdo ahora es un tráiler aplastándome bajo la garra despiadada del sol.