La guerra del fútbol

Carlos Erasmo Rodríguez Ramos
Facultad de Derecho, UNAM

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Las llamas eran de varios metros de altura, hacían las veces de arquero, de flechador, disparando una saeta al cielo, más allá del cielo. Un proyectil resultado de miles años de descubrimientos y avances. Y es que cuando el ser humano acabó de conquistar la Tierra, volvió los ojos al cielo nocturno.  La moneda llamada Apolo 11 estaba en el aire.

Mientras miles de ojos expectantes miraban por sus televisores el cohete que habría de llevar al primer hombre a la luna a dar el primer paso (casi literalmente) de la posible conquista espacial, los seres humanos se hacían trizas los unos a otros en encarnizados combates sin cuartel, cubiertos de los ojos del mundo por la densa selva de la América Central. Honduras y El Salvador se hacían la guerra.

 Un mes antes de que los ejércitos se aprestaran a la guerra, las selecciones nacionales de ambos países se preparaban para disputarse la clasificación a la Copa Mundial de México 1970. En dos partidos se decidiría quien tenía derecho a soñar (sólo soñar) con alzarse con la Copa.

 Ambos partidos, uno en Tegucigalpa y otro en El Salvador, se jugaron en escenarios donde predominaba la violencia de las aficiones locales contra el equipo visitante y la única forma de garantizar la seguridad de la selección enemiga (así la consideraban) era por medio de coches blindados y soldados con ametralladoras. Es que ya había tensiones entre ambos países.

 Miles de campesinos salvadoreños sin tierra emigran a Honduras, un país mucho más grande que aquel de donde provenían y con muchos menos habitantes. La reacción no se hace esperar. Los campesinos hondureños reclaman en propiedad la tierra que habitaban los ya 300 mil emigrantes salvadoreños. El gobierno de Honduras decide que deben regresar a El Salvador y El Salvador se niega a recibirlos por miedo a que estalle una revuelta popular. El conflicto de intereses entre las dos dictaduras militares desenboca en ataques a través de la prensa y de grupos paramilitares.

 Así el contexto en el que se disputaba la clasificación.

 Finalmente, El Salvador clasifica con un marcador global de 3-1. A la mañana siguiente, El Salvador inicia el bombardeo sobre Tegucigalpa.

 La guerra, resultado de rencores pasados y situaciones presentes apremiantes, encontró el odio que le faltaba para gestarse en la pasión latinoamericana por excelencia: el fútbol.

Con una pluma excepcional y la experiencia periodística que lo caracteriza, Ryszard Kapuscinki* nos relata su estadía en Honduras durante esta guerra en su libro La guerra del fútbol, título por el que actualmente es conocido el conflicto armado.

 Dentro de sus páginas, el libro del periodista polaco nos muestra como en América Latina el fútbol está lejos de ser sólo un juego. Aquí, el fútbol es una pasión desenfrenada que no sólo sirve para entretener sino también para legitimar y tirar gobiernos, para afirmar la superioridad de un pueblo sobre otro e incluso para ser tomado por prueba fehaciente de que la venia de Dios está con el equipo ganador.

 Testigo ocular de los combates, Kapuscinski también nos lleva al interior de la selva centroamericana, a la línea de frente, donde hombres, mujeres y niños mueren por igual en una guerra cuyas causas no conocen ni comprenden.

La guerra del fútbol es una radiografía perfecta de los odios absurdo que generan las guerras y constantemente plantea al lector una interrogante: ¿Cuándo una pasión inofensiva, como aparentemente es el fútbol, se convierte en la semilla del odio?

Una lectura sin duda recomendable, pues en pasión futbolera, nuestro país, México, no se queda atrás. No es necesario enumerar los casos en los que la pasión ha desbordado odio en las gradas mexicanas, basta con ver la violencia que se ha suscitado recientemente en los estadios para comprender que es la misma actitud intolerante y antideportiva que dominó a El Salvador y a Honduras, sólo que en menor escala.

 La guerra del fútbol es una muestra de lo que puede pasar cuando se exacerban las pasiones. En bien del deporte que muchos de nosotros disfrutamos y de los demás seres humanos, debemos comprender, por absurdo que suene, que el fútbol es un juego. La lectura de este libro sin duda ayudará a algunos a comprender lo absurdo que es sacrificar vidas por un partido.