Mientras el romanticismo funcione

Ricardo Vela
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM

Se sentó a la mesa y acercó una enorme pila de papel junto con un tintero. Acto del que se desplegaron un sinfín de pensamientos y trivialidades. Ahí estaban, flameando en su cabeza todas las ideas, pero sin que fuera posible captarlas. Observó la enorme mesa de madera que se extendía frente a él y le provocó terror, aunque no tanto como el que sintió al ver sus artículos de oficio: quinientas ochenta y tres páginas apiladas en orden y un tintero con pluma que figuraba ser un arma mortal, bien podía utilizarla para salvarse o para acribillarse a sí mismo.

Había escrito centeneras de páginas, como le parecieron buenas continuó escribiendo otros centenares más. Pero cuando leyó de nuevo le parecieron vulgares y mal concebidas. Rayó un poco y después rayó todo. Sintió desesperación, una profunda ira, y luego una apacible serenidad. Así continuó por varios meses, despertando de buenas y durmiendo de malas, y viceversa. Tuvo ideas y las perdió. Plasmó a sus personajes y luego los desconoció. A la hora de la comida no probaba bocado por pensar en qué pasaría después con su historia; a la hora del paseo hablaba los diálogos que sus personajes dirían. Leyó algunos libros para inspirarse, y arrojó al fuego algunos otros por considerarlos una mala influencia. Pensó en cambiar de estilo, pero nunca se arrojó a la poesía, porque solo los verdaderos poetas saben lo que hacen, y rimar se le dificultaba. Los meses se convirtieron en años. Las páginas aumentaban, luego disminuían, y luego volvían a aumentar. Y el oficio de escribir se convirtió –sin que fuera divertido- en un juego.

Ahora había llegado a la etapa final de su obra. Habían pasado cinco años desde que empuñara la pluma sobre el papel por primera vez y ya era tiempo de concluir con lo empezado. Pero no sabía si sentirse un genio o el mayor mentecato de la tierra, porque, debemos confesarlo, no tenía la menor idea de cómo terminar su historia.

<< ¿Cómo? >> Se preguntó a sí mismo abriendo por primera vez lo labios en este relato. Al cabo de esperar veinte minutos la respuesta de su pregunta y de comprobar que no viene, continuó pensando. Llevaba consigo un cuaderno el cual había adquirido para anotar todas sus ideas, pero, tristemente, las hojas seguían en blanco. Recurrió a la Imaginación, tejedora por experiencia, madona de los artistas y protectora de los niños, pero nada vino a la superficie, como si un cable hubiera sido desconectado y el mar de su mente permaneciera, atrozmente, sereno. Y es que la imaginación es inefable.

Permaneció quieto y desolado por la derrota. Con los codos apoyados sobre la madera y las manos cubriéndole el rostro, tal vez por vergüenza. ¡Que desgastante resulta el ser escritor! Me aventuraré en confesar que al iniciar un historia, uno luce un rostro de veinte o treinta años; pero no hemos ni concluido y sobre nosotros pesan más de sesenta. La piel queda marcada de arrugas por tanto fruncir el ceño o alzar las cejas, sonreír y torcer la boca. Maldecía y bendecía al mismo tiempo el día en que había descubierto lo bueno que era al escribir. Cierto era que amaba la literatura con todo su ser, y hacerla era una delicia. Pero convertir la vida en letras ¡Vaya labor tan mas voluminosa y difícil!

<< ¿Se le ofrece algo Señor? >> Interrumpió su pupilo asomándose a la puerta, procurando mantener su distancia, pues le era harto conocido que resulta mortal molestar a un escritor con un “bloqueo”. << No >> Contestó nuestro ilustradísimo héroe asomando la cabeza de su caparazón y lanzando una mirada de desquicio. Se encontró entonces con que ya había oscurecido y lo debido, a esas altas horas de la noche, era descansar. Le pesó irse pues quería dedicar todo lo posible a su relato; no podía simplemente trasladarse a la cama sabiendo la existencia de una historia inconclusa en la habitación contigua; le parecía inconcebible bañarse en la mediocridad. Hubiera dado todo por ser publicado y ganar un poco de fama y reconocimiento, no quería que su estancia en el mundo terrenal significara nada para las generaciones póstumas, no quería arder como un meteorito y no dejar rastro alguno. Se levantó entonces y se dispuso a caminar a su habitación cuando un sobresalto le vino. Las palabras, tal vez enviadas por Mercurio, se estamparon en su cabeza y los ojos se le abrieron ¡Había sido iluminado! Y es que ya hemos dicho que la imaginación es inexplicable.

 << Ella >> dijo, casi gritando, mientras corría de regreso y tomaba la pluma para trazar sus pensamientos y materializarlos en párrafos << Solamente ella conocía el oficio de vivir >> las palabras corrieron como agua y se plasmaron frente a él, cuyos ojos se habían humedecido de victoria. Durante los cinco años anteriores había escrito majestuosamente sobre la sociedad, sobre la mujer, sobre el hombre, sobre la muerte, sobre la religión, sobre la política, sobre la economía e incluso sobre la alimentación. Todos y cada uno de esos temas habían sido concebidos con una perfecta redacción y la magnifica cruza entre su pluma y su mente. Pero faltaba algo, no había escrito sobre El Amor, y la historia de alguien de la talla de la mujer, su personaje principal, no podía terminar sin Amor. Incluso en la vida real, cuando las mujeres sienten un hondo vacío en su pecho y la rutina de los días se ha vuelto cada vez más pesada, sustituyen la exigencia de acciones por la turbulencia de las pasiones amorosas.

 Escribir sobre el amor. ¡Vaya tema para terminar un libro! Él amor es de lo más complejo, y al mismo tiempo de lo más ordinario. Siempre mostrándose tan sereno en el exterior pero tan monstruoso y peludo en lo más profundo de su ser. No había nadie quien no hubiera hablado del amor. Todo cuanto el amor significaba ya había sido escrito por millares de hombres. Ser breve, pero preciso era lo debido.

<<El amor es…>> empezó. 

La lucha por la independencia había humedecido el alma de los escritores, había llegado el Romanticismo. Ser “Romántico” implicaba sentir un profundo frío que solo podía balancearse con bellas frases creadas para La Vida y El Amor, pero con un agrio sentido de existencia que en su mayor parte terminaba con sangre derramada. Ni pensarse querer ir contra corriente. El Espíritu de la Época arrasaba con cualquiera con deseos de ir más rápido o más lento que él. Solo quedaba atenerse a lo que el triste y sombrío siglo XIX exigiera.

 Su pluma iba, como en un camino con baches, deteniéndose por cada tres palabras escritas. Las dificultades de describir un sentimiento tan complejo, eran, básicamente, evitar caer en molestas listas de cualidades que resultan ser fatigantes. La dificultad incrementaba cuando nuestro enigmático escritor era, para desgracia de su época, un extremo metódico. Nunca se dio el “lujo” de escribir por escribir, todos y cada uno de sus párrafos tenían una razón de ser pues le era irrelevante escribir cien páginas sobre lo delicioso que era el sabor de la miel o lo elegante que era el caminar de una mujer. Prefería ser conciso, darle importancia a lo importante, uno o dos párrafos a ese tipo de detalles y sanseacabó.

 Entonces ¿por qué seguía escribiendo? Si los dolores de cabeza se prolongaban como si las hojas terminadas le oprimiesen las sienes. Si cada que escribía le incomodaba todo lo demás; no podía estar nadie presente en los diez metros instantáneos a su alrededor porque es indiscutible que la compañía de un ignorante o el parlar de un no-escritor son un estorbo para los refinamientos de la creación literaria; no podía concentrarse tan fácilmente viendo que al otro lado del cristal se extendía de aquí hasta el horizonte un cielo de un azul puro como el del vestido de una damisela, y el sol, travieso por naturaleza, depositaba sus extensiones de luz en todos los seres vivos que se dejaban cubrir por su manto amarillo, aquellas escenas vistas desde la ventana de su estudio en cuadros de Manet. Naturalmente, no podía siquiera escribir una sola línea cuando al despertar no tenía cabeza para nada. Es por eso que la escritura se debe ejercer en un lugar dedicado única y exclusivamente a eso. Vivir sólo es una virtud para el escritor; no se querrán niños entrometidos vagando y corriendo por toda la casa en ropa interior, ni mujeres atormentadas gritando por un poco de atención, mucho menos madres o padres pidiendo ayuda hasta en la tarea más insignificante. Se debe dormir bien, alimentarse en horas y caminar quince minutos alrededor del enorme patio trasero, pues despejar la mente y ordenar las ideas es menester para evitar redundancias en la gramática o faltas a la ortografía.

Había seguido escribiendo, sorprendentemente, hasta completar cuatro hojas. Cuando se lo proponía y las circunstancias lo permitían, era copioso. Y de pronto, asaltando su cabeza y atropellando en el pensamiento, las ideas se mermaron. Relató, haciendo uso de la brevedad que ya explicamos, los fallidos intentos amorosos de la doncella que pintaba en su mente. Sentía por ella una profunda admiración; muchos escriben sobre lo que son o sobre lo que han vivido, él, por el contrario, escribe sobre lo que quiere ser o lo que quiere vivir. Ahora, al borde de terminar la historia, de concluirla para siempre, aquella señorita se había topado, para sorpresa suya, con un gentilhombre. Deseaba con todo su ser tomar su pluma y clavarla sobre el papel. Escribir FIN e irse. Pero la historia había tomado un rumbo ni por él esperado, y era menester terminarla. Incluso él sentía curiosidad por saber a dónde lo llevaría todo ello. Se había apasionado tanto por esto que ya no le era posible controlar su escrito. Eran ahora el papel y la pluma quienes tenían las riendas.

 -¡Caramba señorita! Es usted una Venus en persona. Es usted sorprendente. No entiendo qué hace alguien de su porte en un lugar como este. Escribió dando voz al caballero en la historia. Pero ‘Ella’, la mujer con quien se había comprometido durante los últimos cinco años, a la que pintaba con sus letras y a la que le lloraba con su arduo labor, se había quedado sin palabras. La describía como hermosa, básicamente la perfección en persona, sus piernas, sus cabellos, incluso sus nudillos. Había hecho a la mujer sinónimo de perfección y ahora se había quedado sin voz que darle. Y una terrible desilusión le aquejaba ahora. Estaba cansado, sí. Quería irse. Pero si las letras le llamaban ¿No era su obligación, como defensor de la palabra, atenderles? Tenía sus reservas. Se levantó de la silla, indignado, y, con paso desesperado, comenzó a caminar cual fiera enjaulada de un lado a otro del estudio. Asomó por la ventana y vio que esa madrugada de julio era profundamente oscura; solo podían verse a lo lejos un par de luces perdidas que algún hogar proyectaba. Trató de evocar la melancolía ofrecida por ese tiipo de parajes, pero nada le vino a la mente.

 << ¿Podría no corresponderle? No, no es lo que el Romántico espera. ¿Podría simplemente quitarse las enaguas y dejar que los sexos hagan su labor? No, demasiado indigno para le época >> Y así pensaba qué hará la doncella del relato al verse importunada por el caballero aquel. << ¿Podría acaso entablar una conversación y tal vez quedar comprometida esa misma noche? >> Rumió en esta pregunta por diez minutos. La propuesta era interesante. Los ojos se le desorbitaron de tanto pensar, su boca quedo entreabierta, << No, demasiado fácil >>. Esperaba poder salvar la situación de forma inteligente. Aquella señorita, aristócrata de nacimiento, fanática de la literatura, practicante del arte del piano y otros increíbles atributos otorgados él mismo, no podía simplemente responderle al mozo y esperar a que caminara a su lado hasta que el papel se agotara, justo como lo haría una señorita de la vida real. Porque una cosa es el amor en la realidad y otra el amor en la literatura, el primero es diez veces más (y que me disculpen los románticos actuales) aburrido. Mientras que el amor en los libros es pasión interminable, ahí hasta un golpe sabe bien, incluso hasta una lágrima es verdaderamente digna. Es como si por siempre y para siempre la Realidad esté en conflicto con la Literatura.

 << El Amor es el Diablo mismo >> pensó, cauteloso de que nadie lo oyera, pues recordaba que estaba en una época donde sí se creía en el Diablo <<si recurro a él es solo porque amo mi oficio>> Tomó una exorbitante bocanada de aire, cerró los ojos, y esperó a que la mente hiciera lo suyo. Entonces las respuestas, como balde de agua fría, cayeron sobre él. Se sentó a la mesa y escribió de nuevo, cuidando la estética de la narración, la que se le facilitaba ya que la estética de un buen relato solo la puede crear alguien que se ha visto rodeado del peor caos. Sólo la verdadera estética en una obra puede resultar de los horrores del mundo; para que haya estética debió haber antes antiestética.

 No sabía si reír, o llorar, pero si algo tenía seguro es que se sentía victorioso << ¿Cuántos hombres han podido terminar un libro? >> Se preguntó a sí mismo, pero omitió la respuesta por temor a arruinar el momento. Y mientras escribía el último párrafo, una lágrima brotó de su ojo derecho. “-Ya podrá imaginarse usted que soy una romántica –dijo la doncella, con sus sonrientes ojos marrones y dando media vuelta. Levantó su falda y se alejó de ahí” Escribió el final, gozando al trazar cada letra, ya que era justo terminar con una frase así. Dejó un enorme espacio en blanco bajo la última palabra escrita, señal de que todo estaba completo.