¿Qué le debe el pensamiento de Camus al fútbol?

Óscar Cuéllar
Facultad de Derecho, UNAM

 “Poco a poco se ha ido manifestando qué es lo que ha sido hasta ahora toda gran filosofía, a saber: la autoconfesión de su autor, y una especie de memoires (memorias), no queridas y no advertidas…”

Friedrich Nietzsche. Más Allá del Bien y del Mal

En las tinieblas de la historia del pensamiento, Nietzsche ve la verdad de todo sistema filosófico: toda esa caterva de construcciones encumbradas y aparentemente perennes no es más que el sutil esbozarse de una autobiografía. En efecto, la labor filosófica es una obra personal, aunque pretenda erigirse para la eternidad y trascender al autor. Y aunque Heidegger afirme que lo único que recordamos de un filósofo es que nació, pensó y murió, es precisamente ese tránsito entre el nacer y el morir el que termina nutriendo y configurando al pensar.

La cita de Nietzsche es el punto de partida para contestar la pregunta que se utiliza como título de este artículo. Y ya que según Heidegger toda pregunta es un buscar y todo buscar tiene su dirección previa de lo buscado, es preciso dirigirnos a lo que el propio Camus respondió en aquel artículo Lo que le debo al fútbol, publicado en la revista France Football en 1957. De entrada, el título nos sugiere una deuda entre el deporte y el hombre. Y aunque el débito que refiere Camus versa más sobre su experiencia de vida que sobre sus ideas o su obra literaria, al ser su pensar un reflejo de su vivir, necesariamente el espectro del fútbol se cierne sobre el pensamiento camusiano. Es menester pues, indagar sobre ese espectro y esa deuda, y desentrañar a Camus a través de las ‘dos almas en su pecho’: el portero y el pensador.

 El portero

Camus menciona que se inició en el fútbol alrededor de 1928, en el equipo de Montpensier, casualmente rival del equipo de su vecindario, el Gallia de Belcourt. Su posición fue desde ese entonces la de portero, ya que el hijo de un jornalero y de una analfabeta difícilmente podía desgastar su único par de zapatos corriendo por el campo de juego.

El equipo de Camus jugaba en el césped del Estadio de Manoeuvre, un campo en malas condiciones que probó ser una dura casa para los jugadores del Montpensier. Aquí Camus aprendió una de las más importantes lecciones del fútbol, que puede aplicarse también a la imprevisibilidad de los hechos que acontecen dentro de la vida humana: “Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga”.

Más adelante, cuando Camus entra al Lycée de Argel, es invitado a jugar para el Racing Universitario de Argel (RUA), que sería el equipo de sus amores. ¿La razón de ello? Camus la refiere al comparar al RUA con el Racing de Paris, del que era aficionado: “Jugaban ‘científicamente’, perdían partidos que deberían ganar, pero eso era lo que me gustaba de mi equipo: No sólo por la victoria cuando estaba combinada con la fatiga que sigue al esfuerzo, sino también por el estúpido deseo de llorar en las noches luego de cada derrota”.

 La filosofía de juego del RUA, consistente en conducirse con rectitud en el campo de juego y la firmeza de la determinación del jugador ante la adversidad, demostraría ser fuente de diversos sufrimientos ante equipos que jugaban más sucio. De ellos, el peor de todos era el Olympic Hussein Dey, cuyo delantero estrella era Boufrik, un tipo corpulento y agresivo apodado ‘Sandía’. El estadio del Hussein estaba cerca del cementerio local, y Camus refiere que: “Ellos nos hicieron notar, sin piedad, que podíamos tener acceso directo en cualquier momento”.

Aunque no lo refiere en el artículo, Camus terminó por  decantarse por la literatura, ya que la tuberculosis le impidió seguir con su carrera deportiva. Sin embargo, Camus recuerda con cariño esos años de juventud, a tal grado que afirma: “…lo que más sé, a la larga, acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol…”.

 El pensador

La filosofía camusiana está contenida no solamente en sus ensayos filosóficos, sino también en sus exquisitas obras literarias y dramáticas. Este artículo no pretende realizar una exhaustiva exposición del pensamiento camusiano. A pesar de esto, podemos abordar el pensamiento de Camus dividiéndolo en tres períodos:

Escritos Juveniles. La obra más representativa de este período es Bodas. En ella Camus tiene un pensamiento optimista, que concibe a la literatura como un canto a la vida y a la belleza. La influencia de las imágenes luminosas que Nietzsche dibuja en Así Habló Zaratustra es notoria.

 El Absurdo. Esta fase está explicada fundamentalmente en su ensayo El Mito de Sísifo. También pertenecen a esta fase su novela El Extranjero, y dos obras de teatro: Calígula y El Malentendido. Camus plantea que el único problema verdadero de la filosofía es el problema del suicidio. El suicidio entraña la pregunta de si vale la pena que la vida sea vivida. El absurdo parece confirmar que no: por un lado, aunque nuestro principio de razón nos lleve a querer ordenar todas las cosas, nuestra razón es limitada, y terminamos frustrados por la incapacidad de la razón para ordenar el caos del mundo, haciéndonos sentir ajenos. Por otro, el sufrimiento interminable de los que nos rodean, la utilización de la razón para la destrucción del hombre y la conciencia de futilidad de nuestro propio sufrimiento nos conduce a concluir la vacuidad de la vida y el hecho de que somos meros espectadores de ella. Esto provoca un estado de perplejidad, en el que el hombre da cuenta del absurdo y se paraliza aislándose dentro de sí mismo y convirtiéndose en un ser extraño dentro del mundo, como Meursault en  El Extranjero.

El suicidio entraña la pregunta de si vale la pena que la vida sea vivida. El absurdo parece confirmar que no: por un lado, aunque nuestro principio de razón nos lleve a querer ordenar todas las cosas, nuestra razón es limitada, y terminamos frustrados por la incapacidad de la razón para ordenar el caos del mundo

Los filósofos existencialistas buscarán una salida del absurdo a través de un salto de la razón, que los conducirá a eludir el problema ya sea creando la ficción de un Dios (Jaspers, Kierkegaard, Chestov) o una ficción metafísica (Husserl). Pero esta negación de lo absurdo sólo traerá como consecuencia un suicidio filosófico.  Camus evitará este salto hacia la negación del absurdo, y postulará que aceptar la vida con toda su absurdidad es la mejor solución. Esta terquedad se manifiesta con el personaje mitológico de Sísifo, que por castigo de los dioses debe empujar una roca hasta la cima de una colina, para luego dejarla caer; Camus termina diciendo que hay que imaginar un Sísifo feliz, y que cada vez que logra llegar a la cima Sísifo festeja, pues es un pequeño triunfo en la absurdidad de su castigo, un desprecio hacia su destino y hacia los dioses que lo han castigado.

La rebeldía. Última fase de la obra camusiana, comprende el ensayo El hombre rebelde, la novela La Peste, y la obras de teatro Los Justos  y Estado de Sitio. En ella, se supera el prototipo de Sísifo, que acepta el absurdo pero no es capaz de trascender a sí mismo, ni de romper su destino. El nuevo prototipo mitológico de Camus es Prometeo,  quien al robar el fuego de los dioses y rebelarse contra los dioses por los hombres, rompe con ese mal del nihilismo que aqueja al hombre contemporáneo, y que le ha negado al hombre la posibilidad de postular un para qué vivir y un para qué morir. Camus postula para combatirlo una nueva moral laica: la moral de la compasión y del hombre como fin en sí mismo. Camus retoma esa idea que Schopenhauer esbozara en Parerga y Paralipómena: El hombre como compañero de sufrimiento. Y es la rebeldía contra su destino lo que le permite al hombre rebelde salir de la perplejidad de lo absurdo y evitar aquella frase lapidaria que Dostoievski pone en boca de Ivan Karamazov: “Si Dios no existe, todo está permitido”, para  decir: “por mis compañeros, no todo puede estar permitido”.

Camus postula para combatirlo una nueva moral laica: la moral de la compasión y del hombre como fin en sí mismo

 ¿Y la respuesta?

Una vez que el lector se haya familiarizado con Camus, como jugador y pensador, se está en condiciones de responder a nuestra interrogante. Para ello, y con perdón del lector, no queda más que recurrir a la imaginación, toda vez que poco podemos inferir de las afirmaciones que Camus realiza en lo que le debo al fútbol. Podemos encontrar en la afirmación de la incertidumbre del balón la concepción del fútbol como un juego absurdo, donde el objetivo, anotar un gol, es en sí mismo casual y vacío. Todo esfuerzo realizado por la razón, ese director técnico de la vida, es insuficiente para desentrañar el enigma del campo de lo absurdo. Y sin embargo, el jugador empieza con alegría su partido, pues escucha los clamores de su público y  disfruta del campo, tal como en la época de los escritos juveniles de Camus. Pero esta alegría inicial puede cambiar en algún momento con la anotación contraria.

Camus, siendo portero, tenía que asumir el rol más solitario dentro de un campo de fútbol. El portero no tiene a sus compañeros al lado, y en el campo es un mero espectador que poco puede hacer para que su equipo consiga el ansiado objetivo del gol. Aquella actividad de un homo ludens solitario en el campo de juego, perdido entre los vítores y las maldiciones lanzadas desde las gradas del estadio, refleja aquel estado de aislamiento y perplejidad que se vislumbra en lo absurdo. Y cuando el portero, impotente para para un buen disparo demasiado lejano para sus fuerzas, recibe un gol, debe experimentar el máximo grado de desazón y de conmoción. 

Una vez recibido el gol, el portero se debate entre lo absurdo del juego y su mentalidad de ganar con el máximo esfuerzo, más aún si como el RUA de Camus se sostiene una filosofía del jugar limpio y con pasión. El portero tiene que seguir defendiendo su arco, y encuentra esa justificación en el apoyo al equipo y a sus compañeros, en aquellos que sobrellevan la carga de un gol en contra junto con él, aunque no puedan ayudarlo dentro de la portería. Así el portero adquiere conciencia de su propia función trágica, y rebelde se enfrenta al destino que el propio marcador le impone. Al final, cada atajada que realiza es un triunfo contra ese destino que se le pretende imponer, contra esa razón autoritaria que pretende diluir su propia individualidad. Y esto podría llevarle a la gran victoria: concebir al fútbol como la felicidad.

Camus, siendo portero, tenía que asumir el rol más solitario dentro de un campo de fútbol. El portero no tiene a sus compañeros al lado, y en el campo es un mero espectador que poco puede hacer para que su equipo consiga el ansiado objetivo del gol

Esta visión del fútbol se ha visto opacada por la mercantilización de éste. Hoy en día, el fútbol se ha vendido ante la razón instrumental, y se ha convertido más bien en alienador y en anuncio publicitario. Sin embargo, Camus con sus memorias nos recuerda que el fútbol, como el arte, puede en su nobleza liberarnos de lo absurdo de la vida, y transformar toda aspereza en la convicción de servir a la humanidad. Sólo de esta forma el fútbol y la vida humana entera se deshacen del doloroso nihilismo de nuestros tiempos. Sólo de esta forma, podremos superar la culpabilidad de existir para concebir una filosofía eudemonista: un pensamiento jovial que implique un decidido “sí” al hombre y a la vida, por más absurda que ésta sea. Tal parece ser la deuda de Camus con el fútbol. Habrá todavía que pagarla.

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