Santiago 4:14

Por David A. Raíces

Universidad Autónoma de Querétaro


Ingresé a una cantina que yacía oculta entre las cenizas de una ciudad caída, padecida de ignominias y vituperios de animales de piernas, intelecto e insospechada tiranía. Este lugar maltrecho, de aparente osadía, masticaba a sus visitantes con tal encanto que, luego de succionarles el aliento, los vomitaba envueltos en alcohol y lamentos. Ahí se encontraban dos ebrios bañados en regocijo, sentados sobre taburetes de terciopelo, y separados por unas cuantas mesas. Entré con cierto espanto, tomando lugar en una mesa desolada; con descaro, pedí una cerveza al cantinero. Llegado el primer trago, vacié su contenido por la garganta, lamiendo el tarro hasta el último hervor.

En la lejanía del lugar, uno de aquellos moribundos, ser de infortunado semblante, me observaba atento. Una mirada dipsómana, sin sentido, de esas que se despistan en el recuerdo, fue mi primera impresión; sin embargo, era presa de mi criterio tambaleante; aquellos ojos, se incrustaban en mi silueta sin ningún engaño. Una sensación de frío recorrió mi cuello hasta refugiarse en toda mi espalda, volteé la mirada hacia cualquier lugar, evitando alterar mi quietud. Recargué mis codos sobre la mesa, sosteniendo mi cabeza con las palmas… cubriendo ligeramente mis ojos con los dedos.

La nocturnidad se abrió paso con las horas; arrabalera, acompasó el escenario al ritmo de centelleos de luz de luna entrometidas en las oquedades del recinto; una peste teatral en medio de bohemios cánticos, retumbantes entre el choque de botellas me envolvió, arropándome con astucia. No había –en aquella mesa- nadie más que yo y mi soledad, la inacabada e inmoral soledad. Pasado el interludio, la mirada -que no despegaba sus ojos sobre mí-, se acercó vacilante tomando asiento, y encargó dos cervezas:

-¿Cómo te llamas? –Preguntó, con voz grave.

-No lo sé, ¿acaso importa? –El nerviosismo había sucumbido ante el licor, respondiendo de manera inmediata.

Su presencia me aterraba menos de cerca, que en la lejanía. No tenía interés en malgastar la poca lucidez que me restaba, pero le acepté el trago como disculpa a su impertinente intromisión:

-¿Crees en Dios, muchacho? –Tenía la seria decisión de conversar conmigo.

-Ni siquiera tengo la certeza de que yo exista. Pero, ¿qué quiere usted aquí?

-Nada, sólo un amigo.

-No creo ser el indicado.

-Te he visto desde mi lugar y es imposible ignorar que estás desahuciado.

-Y eso ¿a ti qué te importa? –Le respondí molesto.

-Nada, realmente.

Por un instante el silencio se apropió de aquel pedazo de infierno entre el baño y la cocina. Aquel momento de omisión, pereció con un comentario peculiar:

-Somos ángeles, nunca lo olvides.

Al pronunciar estas palabras se levantó de la silla y se encaminó con rumbo a la salida, como quien deja una huella en alguien de peor calaña que sí mismo. El uso vulgar del abandono para el alivio de la ética personal. No pude tolerar pensar en ello, así que, iracundo, me levanté de prisa para alcanzarlo, lo tomé del brazo y me limité a responder:

-Quizás, pero también somos mendigos en las sombras.

Aquellos ojos quedaron pasmados, recobrando la razón al cabo de un segundo y, respondiéndome con voz imponente, exclamó:

-Santiago 4:14

Aquella mirada se retiró del lugar con prisa, dejando un aroma a azufre y fierro viejo por todo el lugar, en una línea ondulada entremezclada con el humo de cigarro. Las palabras bailaron con dulzura hasta posarse en mis oídos y, con ello, el último recuerdo de esa noche.

Desperté en el vientre de la ciudad, abatido sobre el asfalto, derrumbado por la corrupción de mi juicio. La luna ya no estaba, me había abandonado ahí, en los escombros del alba. Mi cabeza, aturdida, suplicaba clemencia hacia la luz; la tortura era insoportable:

-¿Qué me está pasando?-exclamé agónico, mientras veía mis manos escurrirse junto a mi llanto. Mi corazón se aceleró y me arrodillé con las manos en alto, gritando hacia el suelo: “¡Qué así sea! ¡Qué así sea!”. Me levanté después de tan ridícula actuación y revisé mis bolsillos con ahínco, desesperado. Dentro de ellos, encontré una servilleta con una inscripción en tinta azul: “Santiago 4:14”. Me volví loco al leerlo, me había aprisionado. Caminé rumbo a mi hogar. El sol se mofaba de mí, ardía con lujuria sobre mi cuerpo, escondiéndose sobre azoteas para evitar injurias, el muy cobarde.

Al llegar, me recosté sin reparos en el sofá; el olvido me aterraba. Intenté dormir, pero mi cabeza, atormentada, me mantenía despierto. Invocaba aquellos momentos de lucidez que aun podía recuperar, no podía pensar en nada más que en ese limbo y su posterior infierno, como si la sentencia del Eterno hubiera sido dada, lanzándome a escarmentar entre la mierda. Tomé la servilleta con aquellos vocablos escritos; sabía que esas palabras querían decirme algo. Leí con detenimiento el papel, tenía miedo de buscarle… sabía en qué lugar podría encontrarlo. Después de cavilar con zozobra, acudí en busca de una biblia que reposaba ignorada dentro de un librero viejo; lo tomé y lo hojeé con exasperación, logrando localizar -luego de minutos-, el impetuoso versículo:

Cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.

Quedé inmóvil por un instante, un silencio inundó mi cuerpo dejándome varado entre el miedo que me tomó por el cuello hasta la punta de los pies; avizoré el reloj y las manecillas marcaban, con exactitud, las cuatro de la tarde. La respiración que pronunciaba cedió a las ansias, y caí desconsolado al suelo soltando un llanto estrepitoso… faltaban catorce minutos para mi perdición.

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