El disidente

Adolfo Ulises Léon López
 Facultad de Derecho, UNAM

A Jesús Briseño

 

Faltaban quince minutos para que David Gallardo abandonara su oficina en el octavo piso del Tribunal Fiscal. Todos los pasantes se habían ido y aún quedaba parte de un expediente por fotocopiar. Se llevó el índice a la sien y miró a través de las persianas. Oscurecía y las dimensiones del aguacero se traducían en inmensas filas de luces rojas y blancas en los distribuidores. Liliana tocó con los nudillos la puerta y la entreabrió.

—¿Todavía aquí, licenciado? —Liliana recogió un mechón de cabello que le cubría los lentes.

—Todavía, ya casi me voy.

—Bueno. Descanse.

—Igual.

David se arremangó la camisa y descoció el expediente que tenía sobre la mesa. Tenía una altura de casi setenta centímetros y tuvo que hacer un esfuerzo para llevarlo de un solo viaje a la fotocopiadora. A ronroneos la máquina realizaba bien su trabajo. El problema se encontraba desde el inicio, pensó David, el problema era que no sabían plantear el problema. Y ese problema se repetía a diario y provocaba que un litigio de meses durara años y que su hora de salida se prolongara también. El golpeteó de las gotas en los cristales tomó fuerza. Para él no era un problema del todo, incluso había días en que el exceso de trabajo le hacía franquear el tráfico, la lluvia. Un buen día de estos trabajaría por su cuenta. Le iría mejor, sin duda. La idea le atravesó la cabeza de manera súbita y fulminante, como los destellos de la fotocopiadora. Tomó las copias, aún tibias, y las depositó en su archivero. Revisó sus correos, leyó algunas noticias y finalmente, cuarenta minutos después de su hora de salida, se decidió a partir.

Pasó al baño antes de tomar el elevador.

—David, ya a casa —Mario se colocó en el mingitorio contiguo y acomodó la corbata sobre sus hombros.

—Ya.

—¿Cómo va tu Sala?

—Ahí vamos. ¿Y ustedes?

—También ahí vamos —Mario apretó su cinturón y el rumor del desagüe se tragó su despedida— Nos vemos.

—Cuídate.

Antes de salir, David tomó un buche de agua para aminorar la acidez en la lengua. El elevador iba vacío. En la entrada principal volvió a esperar porque la lluvia arreció. Dos cuadras lo separaban de la estación Nápoles. Miró su reloj, ahora podría estar en su casa mirando televisión o adelantando una novela que tenía pendiente. Quiso caminar, miró sus zapatos, el planchado de su traje y se contuvo.

En la estación Nápoles no cabía uno más. Las personas se apelotonaban desde los torniquetes. Los autobuses tardaban, pasaban llenos y nadie bajaba de ellos. David estaba acostumbrado a esperar autobuses. También estaba acostumbrado a escuchar las conversaciones de los demás pasajeros para distraerse. Apretujado, codeado, solía suplantarse en esas otras vidas, qué hacían mal y qué haría él en una situación parecida. A veces era como si otros pasajeros lo conocieran de toda la vida, sabían sus flaquezas y lo retaban con la mirada. Si trabajara por su cuenta, quizá, ahora estaría en casa. Quizá en algún despacho conocería una abogada, la invitaría a comer y bastaría una buena selección de palabras para iniciar una relación sincera, tranquila. Pensó en Mariela, su compañera de pestañas curvadas, cuántas veces no imaginó verla de espaldas en esa misma estación. Los autobuses tardaban.

Frente a la estación había una papelería en medio de un banco y un restaurante. Bien podía trabajar medio tiempo sacando copias. Las personas empezaban a desesperarse, hablaban por teléfono, soltaban carajos. David tomó su celular y jugó con él. Debió quedarse en la oficina. Tener los expedientes ordenados y al corriente no era cosa fácil. Pasaron dos autobuses y nadie bajó de ellos. La llovizna volvió.

David siguió las intermitentes de un taxi que se detuvo en la esquina de Insurgentes y la calle Santa Mónica. La mujer que descendió caminó en línea recta y el taxi quedó atrapado en Insurgentes. David se abrió paso hasta la salida de la estación. Las gotas le escurrían del cabello y empañaban las micas de sus lentes cuando llegó a Viaducto. Cruzó y se dijo que, no importara cuánto se mojara, llegaría a casa caminando. Y quién sabe, quizá un día de estos también dejaría la oficina. El primer paso ya lo había dado.

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