Fragmentos de epopeya y tránsito de Bix Beiderbecke

Juan M. Martínez Ramírez

 

Breve nota explicativa

Durante los años veinte el jazz logró su consolidación en el gusto popular. En esta época, se pasó desde el cadencioso foxtrot de Isham Jones o Paul Whiteman, hasta los primeros atisbos que ya anunciaban la era del swing y la big-band. En este ambiente nacieron y crecieron la fama y el talento de Bix Beiderbecke.

            A Beiderbecke se le llegó a comparar en esos años con Louis Armstrong, que, como bien es sabido, es uno de los mejores trompetistas de jazz de la historia. La trayectoria de Beiderbecke, que lo llevó a tocar con algunos de los mayores músicos de esa generación y la siguiente –basta hacer el recuento de la banda que grabó Strut Miss Lizzie en 1930: en la batería, Gene Krupa, al clarinete, Benny Goodman, en el trombón, Jack Teagarden y en el violín Joe Venuti–, se vio truncada con su fallecimiento, muy joven –aún no llegaba a los treinta años–, en 1931.

             Estos fragmentos dibujan la línea de un sincero homenaje poético al trompetista.

El Autor

 

Año 1917

I

¿Por qué dormir valseando?

Se pregunta él con justa razón.

 

            Y cavila.

 

                       Y da vueltas al asunto.

 

Y a mitad del pensamiento,

cae un trueno. O sube un trueno,

o hiende por el centro del cauce

al perezoso Mississippi,

y lo remonta:

es la Original Dixieland Jass Band.

 

Damas y caballeros,

con ustedes,

y ante ustedes,

y nadie más,

gracias al señor Edison,

Livery Stable Blues!

 

II

Scott Joplin danza

al compás de la hoja de maple.

 

Borrachos, sus dedos

confunden lo alto y lo bajo

de la calle bicolor que es el teclado,

y tiemblan los acordes

cada que el traspié

(listening to the strains

of genuine negro ragtime

brokers forget their cares)

choca en la acera de los bemoles

y se abalanza sobre la espalda,

cayendo de golpe

en sol, sí, re.

 

Scott Joplin va, yaciente,

con Bethena cimbrando

la tapa del ataúd.

 

III

Cuando el Lusitania se hunde,

en el negro Atlántico,

más que de tinta, tinto de bilis negra,

Cohan vuelve a salir a flote,

porque, ¿quién sino él

es The Man Who Owns Broadway?

 

Y en el frenesí

de la marcha a dos cuartos,

no se oye a la ametralladora.

 

Solo queda el eco de los tambores

            y Leon Beiderbecke en el porche,

                       sin oír la guerra.

 

***

 

Jazz Me Blues

 

Se agita el trigal,

y las espigas se parten

por el peso de la seda

de las corbatas de moño.

 

El huracán se modula

en subibaja cromático

que acaricia la escala

y apenas un momento

la besa, para perderse

en la efímera vida

de las corcheas.

 

Cada tallo es una flauta

del órgano desacompasado,

que con festiva estridencia

danza en sí mismo,

más en su voz

que en su movimiento.

 

Más que huracán

es tornado,

como los que barren

en estos días de febrero

las ramas secas que quedaron

en la pradera en invierno.

 

En el torbellino

vibra su voz,

que es la del bronce.

 

En el último sobresalto

muere.

Pero es bien sabido

que existe la vida

al otro lado del disco.

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