La historia de los Somoza: la delgada línea entre poder y enriquecimiento desmedido

Lilia García
Piensa A.C.

1934 a 1979, corresponden a los años que la historia describe como periodo “Somocista” para el pueblo de Nicaragua. Un concepto que algunos consideran como dictadura; mientras que otros, como el catalizador que impulsó el desarrollo económico y comercial de un país que aún continua con desafíos sociales y políticos relevantes. Pero, ¿cuáles podrían haber sido las consecuencias de las directrices con las que la familia Somoza manejó a toda una nación?

Desde el inicio de su historia, Nicaragua buscó su independencia a base de esfuerzo y resistencia. Es un pueblo que ha debido enfrentar numerosos conflictos armados, guerrilleros y civiles en numerosas oportunidades. Y es que dadas sus condiciones geopolíticas, el país siempre se ha encontrado a expensas de intereses principalmente estadounidenses. Fue primero William Walker quien en 1855 se autoproclamó presidente del país. Sin embargo, no fue sino hasta que Augusto Sandino combatió a la marina estadounidense durante seis años consecutivos, en que el espíritu nicaragüense se robusteció en pos de una búsqueda de independencia real. No obstante, antes de que el gigante norteamericano dejara el país centroamericano, su influencia cobró vida a través de la Guardia Nacional –el único cuerpo armado del país-, cuyo liderazgo recaería en Anastasio Somoza García, quien a su vez asesinaría a Sandino en 1934.

Una vez en el poder, y con cambios en la Constitución, los Somoza comenzarían una tradición por perpetuar el poder entre sus familiares, a través de diversos cargos y con grandes alianzas con Estados Unidos, que mantuvo su apoyo pese a los abusos y enriquecimiento de dicha familia. Aunque en un principio –tal como sostiene Roberto González- se tomaron en cuenta los intereses de la población junto a su desarrollo social y económico (agricultura, comercio y turismo), con el corto paso del tiempo el enemigo latinoamericano se hizo presente: la desigualdad y con ello el incremento de la pobreza. Pese a ello, Somoza García favoreció el mantenimiento del control ejercido por los monopolios norteamericanos que continuaban o que se instauraron bajo su mandato. Gran parte de ello se vio reflejado a través de las ventas en materias primas al país norteamericano e incluso con derechos sobre su territorio. A la par de esta especie de tratados, el orden social comenzó a manifestarse a través de la represión política[1] ejercida por la misma Guardia Nacional.

El asesinato de Somoza García no trajo un periodo abierto a nuevos horizontes para el pueblo Nicaragüense, pues a partir de ahí sus hijos –los Somoza DeBayle- continuarían con el legado de su padre y enriquecerían aún más a su ya acaudalada familia a través del Grupo Somoza.[2] Todo ello bajo la complicidad estadounidense. Así, para los años 60, la exportación del algodón, permitió una industrialización en el país, la que estaría sustentada por capital extranjero. De apoco, los mismo campesinos perderían sus tierras a manos de terratenientes.

Para 1972, Nicaragua enfrentó uno de sus mayores desafíos imprevistos: un terremoto que trajo consecuencias graves tanto en la economía como en la sociedad, ya que cerca del 75% de las unidades de vivienda familiar pertenecientes a sectores de ingresos medios y bajos resultarían devastadas[3]. Ante circunstancias extremas y de extrema pobreza, la peor imagen del Somocismo se manifestó cuando gran parte de la ayuda fuera canalizada para los intereses de la familia. A ello debía sumarse una población pobre con un nivel de desempleo cercano al 19% y sin capacidad, ánimo ni fuerza para poder expresarse. A raíz de esto se intensificó más la represión política; lo que se cristalizó en 1974, cuando se suspendieron los derechos constitucionales con el único objetivo de sosegar a los opositores al régimen entre quienes ya no sólo figuraban campesinos sino también activistas religiosos, miembros de organizaciones políticas, entre otros.

Aires de “cambio”

No sería sino con la entrada en 1977 de Jimmy Carter como presidente de EE.UU., en donde las relaciones con Nicaragua cambiarían a raíz de la imagen de “defensor de libertades y derechos humanos” que el país norteamericano trataba de vender al mundo. Y es que tras la revolución cubana, se temía que más países latinoamericanos adquirieran fuerza. Por tanto, combatir y mejorar las condiciones sociales se transformaron en una tarea que sí tenía prioridad, por lo que se comenzaron a hablar de temas como el disminuir el analfabetismo, brindar apoyo económico, invertir más en el mejoramiento de las condiciones de vida de las clases trabajadoras, la reforma agraria, entre otras cosas. Sin embargo, la nueva conciencia mundial sobre el respeto a los derechos humanos también alcanzó a Nicaragua cuando Amnistía Internacional publicó un informe acusando las violaciones que se cometían bajo el estado de sitio decretado por el Somocismo.

De esta forma, se pueden condensar los factores que favorecieron la fractura del régimen Somocista para fines de los años setenta: agotamiento del modelo agroexportador, depresión económica, diferencias en las ganancias de las élites y descenso del nivel de vida de la población, más un descontento de las masas y le pérdida de hegemonía de USA en la zona.[4] Así, en 1979 el Frente Sandinista de Liberación logró el derrocamiento y exilio de Somoza Debayle. Aunque la sombra de quienes apoyaban al Somocismo, tanto nacional como internacionalmente, continuaron sus luchas para criticar al nuevo y poco experimentado gobierno que también llevó precariamente el desarrollo económico y social del país. Esto se cristalizó con la llegada al Ejecutivo de Violeta Chamorro, la primera mujer en toda Latinoamérica en ser elegida democráticamente y con todo el apoyo de Estados Unidos.

Nuevamente, esta administración buscó a toda costa un ajuste económico, político y social. Para ello el apoyo del país norteamericano y el Fondo Monetario Internacional jugaron un papel relevante. También se cristalizó a través de la restitución de derechos como propiedad privada, libertad de prensa; y fomentar de nuevo la inversión extranjera y un plan de austeridad fiscal y hasta las reformas a la constitución para velar por un equilibrio entre poderes.

Ciertamente la dictadura somocista puede haber influenciado fuertemente en el desarrollo y distribución de recursos y aspectos económicos del país. Un ejemplo claro de ello es el anteriormente mencionado terremoto en Managua. Sin embargo, el estrago que el pueblo nicaragüense ha debido soportar hasta la fecha son las constantes luchas ideológicas y maneras de interpretar un desarrollo económico y social sostenido, coherente y congruente. En este sentido, las décadas que el país ha debido enfrentar con guerrillas y constantes estados de sitio, han sumido a su población en una pobreza constante que pareciera ser abolida a través de políticas públicas que presentan externalidades positivas. Y es que la pobreza que no es educada ni se le incentiva a mejorar su calidad de vida, es una pobreza improductiva que al final reproduce su propio ciclo que no distingue partido político ni ideología en el poder. Simplemente está.

Por ello resulta complejo pretender analizar categóricamente a través de un sí o un no si la dictadura Somocista fue efectiva para Nicaragua. No por mantener una neutralidad y objetividad propias de un ensayo, sino porque realmente hasta el día de hoy, Nicaragua busca su propio desarrollo garantizando condiciones favorables mínimas a los inversionistas. Es decir, “ponerse al día” frente al retraso que conllevaron las numerosas guerras internas las que, independientemente a la ideología que favoreciera, han desestabilizado en general a su propia población y a su calidad de vida. Sin beneficiar a un partido u otro (aunque sí durante varias décadas a una familia en particular).

Pareciera ser que el rumbo que tome Nicaragua, dependerá más de quienes se encuentren liderando que del mismo pueblo. Sólo la historia y los hechos que en ella se escriban, habrán de permitir un análisis entre esa época Somocista y el anhelado “desarrollo” para un país, considerado por décadas junto a varios de sus homólogos, como “tercermundista”.

 


 

[1] A esta forma de ejercer control sobre la población, Roberto González en Nicaragua. Dictadura y Revolución, le denomina “Oligarquía terrateniente”. Disponible en: http://rcientificas.uninorte.edu.co/index.php/memorias/article/viewFile/474/251
[2] De acuerdo a Roberto González, para los años 40 la familia Somoza comenzó a pertenecer a las más ricas del país, llegándose a calcular su fortuna en unos USD$ 400 millones; controlando gran parte de la agricultura, comercio e industria.
[3] Roberto González en Nicaragua. Dictadura y Revolución. P. 236.
[4] NÚÑEZ, Orlando. Transición y Lucha de Clases en Nicaragua. México, Siglo XXI Editores. En González, Roberto. Nicaragua. Dictadura y Revolución, pp. 244 y 245.
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