Lo humano persigue: Crónicas marcianas

 

Carlos Erasmo Rodríguez Ramos

Facultad de Derecho, UNAM


 

Si hay un género literario que ha sido relegado al rincón de lo infantil, lo soso y lo ridículo, sin duda ha sido la ciencia ficción. Hay un prejuicio tal en torno a este género que muchas veces le es aplicado el cruel castigo que sufrió Swift y sin más las obras de esta gran familia son enviadas a los rincones multicolores de las librerías plagados de obras infantiles insufribles.

La idea de imaginar posibles avances tecnológicos y su repercusión en los individuos y en la sociedad encierra, ciertamente, una complejidad que debe ser tomada con seriedad. Aunque la ciencia ficción siempre incursiona en futuros que son, cuando no imposibles, por lo menos inciertos, eso no quita el ingrediente que hace de la literatura un arte: el elemento humano. Así, las obras de este género, vuelven estos delirios tecnológicos de la imaginación en grandes lupas por las que podemos ver a la humanidad desnuda y, muchas veces, sangrante.

Un ejemplo formidable de lo dicho es Crónicas marcianas de Ray Bradbury.

A través de esta antología de cuentos, Bradbury nos lleva a un futuro cercano donde la humanidad ha dado el primer paso hacia la conquista estelar al alcanzar la superficie del planeta rojo. En él moran seres pertenecientes a toda una civilización misteriosa y fascinante.

A lo largo del libro, que narra el lanzamiento del primer cohete, las primeras expediciones y el establecimiento definitivo del ser humano en Marte, el lector descubrirá la lucha del ser humano por colonizar ese nuevo mundo y las consecuencias funestas que este esfuerzo traerá a los marcianos, diezmados por las enfermedades terrestres.

El viaje a Marte representa para los seres que pueblan estas páginas un nuevo comienzo, donde se puede iniciar de nuevo en un mundo nuevo, dejando atrás todos los problemas nacidos en la vieja Tierra. La muerte de los marcianos hace de Marte un mundo vacío que puede ser llenado con los idilios de todos aquellos que, huyendo de la humanidad que tanto los apaleo en la Tierra, se refugian en sus desiertos rojos.

Para desgracia de estos aventureros, lo humano siempre persigue y con los primeros humanos también llegaron a Marte las armas, las ambiciones, las leyes injustas, los prejuicios, la represión, la censura y las guerras; sin embargo, también llegaron las canciones, las sonrisas y los sueños. Pareciera ser que en la claridad de los cielos marcianos y en la amplitud de sus desiertos rojos se puede ver nítidamente la miseria y la gloria humana.

Las páginas de Bradbury nos gritan, tal vez sin quererlo, que no podemos escapar de nosotros mismos por mucho que corramos. Esto se logra a que la prosa del autor tiene una fuerza tan persuasiva que nos hace creer, en tan sólo unas cuentas líneas, que toda esa fantasía es, de hecho, real.

Encerrados en nuestro propio universo de rencores, odios y guerras, ni siquiera la lejanía de Marte puede salvar a la humanidad de la guerra que súbitamente estalla en la Tierra, trayendo consecuencias inesperadas para los nuevos habitantes del planeta rojo.

La elección es clara: enfrentarnos a nosotros mismos o morir.

Bradbury demuestra lo dicho: no importa que el ser humano viva en Marte, viaje al futuro o utilice sables de luz, siempre seguirá siendo humano y es en su humanidad donde lleva la salvación y la perdición, y es esa humanidad en la que nos vemos y nos identificamos.

La ciencia ficción también es valiosa y es literatura porque nos hace sentir empatía hacia esos humanos de futuros oníricos y nos vemos en ellos a través de espejos inciertos, espejos electrónicos o digitales, que nos reflejan los rostros de lo que, fuera de la ficción futurista y tecnológica, somos.

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