Nocturno de Chile de Roberto Bolaño

Acasio A. Munguía

Facultad de Derecho, UNAM


El presente análisis de esta obra va dirigido a los alcances que acontece la moralidad en su gran abundancia de aspectos. Sebastián Urrutia Lacroix, personaje principal, de vocación sacerdotal e innato crítico literario, transparente a un poeta en su interior pero sobre todo a un entrañable e interesante miembro del Opus Dei. Un personaje que deja entrever infinidad de cosas, entre ellas, el trasfondo de su personalidad.

Lacroix, teniendo la calidad de semi poeta, decide autonombrarse “H. Ibacache”. Resulta curioso (dentro de la novela) la afinidad de un alías de todo poeta, símil al de Neruda (Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto) pero contradictorio en el sentido de sólo hacerlo como crítico literario. El primer punto a resaltar de la interesante personalidad de este personaje es su formación. Como clérigo, recordemos en sus propias palabras: “A los trece años sentí la llamada de Dios y quise entrar al seminario.” Aunque su padre se opuso a tal petición, decidió proseguir su camino celestial. Sobre su responsabilidad con esta tarea voluntaria pero con una gran carga de ética:

Hay que responsable. Eso lo he dicho en toda mi vida. Uno tiene la obligación moral de ser responsable de sus actos y también de sus palabras e incluso de sus silencios, sí, de sus silencios, porque también los silencios ascienden al cielo y los oye Dios y sólo Dios los comprende y los juzga, así que mucho cuidado con los silencios. Yo soy responsable de todo…

Siempre apegado a la literatura chilena (predilecta) emprendió otro de sus destinos: el de haber sido crítico literario (en sus inicios, con pubertad lírica). Apoyado por un mentor de edad madura (en sentido amplio) de nombre Farewell, aprende a lo largo de su vida la crítica (constructiva) de esta temática.

Hice críticas de Manuel Rojas y hablé de Juan Emar y de María Luisa Bombal y de Marta Bruner. Y firmé estudios y exégesis sobre la obra de Blest Gama y Augusto D’Halmar y Salvador Reyes. Y tomé la decisión, o tal vez lo decidí antes, probablemente antes, todo en esta hora es vago y confuso, de que debía adquirir en seudónimo para mis labores críticas y mantener mi nombre verdadero para mis entregas poéticas.

Disciplinado con sus derivaciones (preciso, concreto, cauteloso) la “figura homérica de Farewell me observaba con las manos en jarra.” Asimismo, la profundidad y sehnsucht del guatemalteco lo cautivó; como de igual forma la charlas de don Salvador Reyes y su viaje como diplomático en Francia (la experiencia del haber conocido, verbigracia, a Ernst Jünger –principalmente como gran testigo de la Segunda Guerra Mundial–). El simbolismo francés inquietante, el paisajismo predominante, la pintura como espejo de agua de la realidad centroamericana, llamaron la atención de Lacroix.

…el escritor chileno y el escritor alemán hablaron de todo cuanto quisieron, de lo humano y de lo divino, de la guerra y de la paz, de la pintura italiana y de la pintura nórdica, de la fuente del mal y de los efectos del mal que a veces parecen concatenados por el azar, de la flora y la fauna de Chile…

El transcurso de las páginas siguientes, enaltece la escritura inmortal de Jünger. “Querer es bueno. Impresionarse es malo. Eso dijo Farewell sin detenerse en ningún momento. Y después me dijo que sobre el tema de los héroes había mucha literatura”, síntoma de contradicción, nuestro personaje se inundó. Con posterioridad, la historia del zapatero lo empaparía de una moralidad (comprometida con el encauce histórico), que él mismo retrató: “Y después el zapatero se extendió en los beneficios morales de un monumento semejante y habló de los viejos valores, de lo que quedaba cuanto todo desaparecía…” aunque puede vislumbrarse algo más:

Y los rusos que estaban en los otros tanques se bajaron también y estiraron las piernas y encendieron cigarrillos y contemplaron la reja negra de hierro forjado que circundaba la colina y la puerta de grandes proporciones y las letras fundidas en bronce y empotradas sobre una roca en la entrada anunciando al visitante que aquello era Heldenberg.

Mientras la historia de Farewell tornaba un camino ( al principio, subjetivo), al final, percibimos una delicada énfasis:

…la inmovilidad de Farewell sólo rota entonces por un ligero movimiento ocular, fue adquiriendo para mí connotaciones de terror infinito o de terror disparado hacia el infinito, que es, por otra parte, el destino del terror, elevarse y elevarse y no terminar nunca y de ahí nuestra aflicción, de ahí nuestro desconsuelo, de ahí algunas interpretaciones de Dante, ese terror delgado como un gusano e inerme y sin embargo capaz de subir y subir y expandirse como una ecuación de Einstein…

Cada una de estas elevaciones se denotan con sus profecías: el Nobel de Neruda, la América y el Chile con sus cambios y, una afirmación valiente pero a su vez trágica: su muerte. Las sombras de los libros, otra cuestión que influye en Lacroix; en dos sentidos, la ignorancia de lo que representan y la esencia de que los lleva a cabo. Sombras traducidas como tal, huellas que nos persiguen, que están ahí, inmersas en nuestro mundo. Lacroix refleja una sombra sexual tras la actitud de sodomía, desde que “la mano de Farewell descendió de mi cadera hacia mis nalgas” y de que “todos llevan un sodomita en el arquitrabe del alma” y la desviación histórica de los papas. Otra de sus facetas incrédulas: ser miembro del Opus Dei. Definiéndose como el miembro “más liberal de la república (de esa congregación)”, tan es así “que hasta los poetas del partido comunista chileno se morían por que escribiera alguna cosa amable de sus versos“. Amarillo como gris, colores que enmarcaron su alma: explican el claroscuro de su conciencia.

Y conforme uno se acercaba al centro de la ciudad las calles iban perdiendo ese amarillo ofensivo para transformarse en calles grises, ordenadas y aceradas, aunque yo sabía que debajo del gris, a poco que uno escarbara, se hallaba el amarillo. Y eso producía no sólo desaliento en mi alma sino también aburrimiento, o tal vez el desaliento… cualquiera sabe, lo cierto es que hubo una época de calles amarillas y de cielos azules luminosos y de profundo aburrimiento, en que cesó mi actividad de poeta…

Inestabilidad llegó tras la narrativa (literaria), revelador como destructor, sus escritos se llenaron de blasfemia. “Algunos sacerdotes se acercaron y me preguntaron qué turbaba mi espíritu. Me confesé y recé.” Aunque detrás de ese color confesión (remordimiento) se dejaba entre ver otro color: búsqueda exhaustiva de lo que le ocurría (me atrevo a decirlo así, una posición existencialista). “El aburrimiento no disminuía, por el contrario, algunos mediodías se hacía inaguantable y me llenaba la cabeza de ideas disparatadas.” Detrás de estos colores, viene un tema a resaltar: la política chilena. Desde que tiene simpatía con los poetas comunistas, se mantendrá una posición de “fiel” apoyo a la dictadura (tono hipócrita). Después de efectuada, la encomienda de los señores Oido y Odeim en Europa, adquirirá un bagaje más contradictorio. La caída de la paloma por el halcón, alegoría de conflicto y de derrota, expresa una serie de cambios (que si recordamos, líneas anteriores, se cumplen las profecías).

Concluido el viaje europeo, Lacroix “decide” regresar al Chile transfigurado. Un perfil, frío e insípido, se despidió de Neruda.

Al marcharnos del cementerio, tomados del brazo (con Farewell), vi a un tipo que dormía apoyado en una tumba. Un temblor me recorrió la columna vertebral. Los días que siguieron fueron plácidos. Yo estaba cansado de leer a tantos griegos, así que volví a frecuentar la literatura chilena.

Contradicción, tuvo siempre en su mundo (interno). Testigo de su tiempo, llamado “crítico”, no recrea los hechos ocurridos del golpe militar. Irónicamente, da clases a un Pinochet avaro (de aprender). La democracia como sistema de gobierno, es el discurso seductor, del que Pinochet iba en contra. ¿Cómo hacer política con presidentes incultos? Nuestro futuro dictador quiere emprender una mejor tarea social y qué mejor con las clases del “poeta” y “crítico” Lacroix. Al final, vemos a un Lacroix moribundo de escribir, listo para recibir el desenlace vital. Su conciencia (con gran crisis) tiene mayor complejidad, atormentado por las sombras, nuestro personaje, tuvo una lamentable determinación (que en su última agonía la sintió): “de qué sirve la vida, para qué sirven los libros, son sólo sombras.” La continuidad de este porvenir sombrío lo condujo a un resultado que él mismo concluyó: “La vida es una sucesión de equívocos que nos conducen a la verdad final, la única verdad.”

Anuncios