El cuento de nunca acabar

Salvador Fernández de Lara
Facultad de Derecho, UNAM

¡ES TARDÍSIMO! Los andenes están repletos de gente ansiosa por entrar en el primer vagón que salga del túnel. Tú estás entre ellos y como ellos, al borde de caer en las vías ante cualquier descuido. Te preguntas por qué hay tantas personas. Recuerdas que hoy es lunes y que todo inicio de semana la población se aloca, sale más tarde de lo normal y trata de hacer milagros para llegar a su trabajo o escuela. Te arrepientes, como siempre, de haberte despertado tan tarde. Ni aunque pongas el despertador dos horas antes, te logras levantar temprano. El metro se acerca (sientes que casi te rosa), se detiene. Sus puertas se abren de par en par. La gente se apretuja con coraje. Los cuerpos se empujan, se juntan, se aplastan, se enciman. Logras entrar, pero no puedes detenerte de ningún tubo. Ya no cabe ni un alma más. Te concibes dentro de una pintura cubista de Picasso. Un chirrido suena. Las puertas del vagón se cierran, estrepitosamente. Te sientes como una sardina enlatada. La ventilación no sirve y las ventanas están cerradas. Los olores se mezclan; el sudor, el sebo y los perfumes de todo tipo forman un aroma único; un hedor penetrante al que ya te acostumbraste. Vas de traje negro. Estás sudando a chorros. El metro se detiene en la siguiente estación. Ya no cabe ningún cuerpo más; pero las leyes de la física se rompen y, a la fuerza, se meten otros tres. Quedas más aplastado que antes. Quieres mentarles la madre a los que se acaban de introducir en el vagón, pero tratas de calmarte. “Sólo faltan dos estaciones para llegar”, piensas. Haces un esfuerzo sobrehumano para ver la hora en el reloj de pulsera (hecho en China) que te compraste afuera del Metro Hidalgo y que da la impresión que es de buena marca. Tres minutos para las siete de la mañana. Sabes que el profesor es puntual y que no tiene tolerancia ante los retardos. Al principio del semestre, cuando llegaste tarde, le pediste permiso para entrar y no te dejó. Sólo conseguiste que te espetara en tu cara: “Jovencito, en los Tribunales no se permite que se llegue tarde a una audiencia.” Te sonrojaste y varios de tus compañeros te miraron con escarnio. Te sentiste ofendido porque te puso en ridículo frente a la clase entera y, sobre todo, frente a la chica que te gusta. Dijiste en tus adentros que era un exagerado porque apenas eran las siete y un minuto. Lo insultaste con todos tus amigos. Maldijiste el día en que lo escogiste como maestro. Pero comprendiste que nada de lo que hicieras o dijeras cambiaría las cosas. Quizá hoy el Profesor llegaría tarde y tú podrías entrar a tu clase sin ningún problema. Eso pasó en una ocasión. La suerte estaba de tu lado. Más valía que fuera así, porque, si no, perderías derecho a presentar examen final. Sabes que con tres faltas el Profesor te da de baja; y tú ya llevas dos. Una inasistencia más y tendrás que irte a extraordinario o recursar la materia. ¡Y pensar que esa clase no te agrada en lo más mínimo! Estás convencido que no te dedicarás al Derecho Laboral (por eso no le tomas gran importancia a la clase). Tú quieres ser civilista, ese siempre ha sido tu sueño. Estás nervioso. Pensar en la escuela te crispa más los nervios. Quieres arremeter contra el primero que se te ponga en frente. En tus labios se dibuja una línea de desagrado muy marcada y tu ceño está fruncido.

Ya sólo falta una estación para que llegues. Te preparas para bajar. Tratas de acercarte a la puerta. Pides permiso. Preguntas si bajan en la siguiente, te van contestando que no y tratan de hacerte un huequito. Uno te contesta que cuando se pare el metro y se abran las puertas, él se hará a un lado. Sientes que unas manos te tocan los bolsillos. Tratas de cuidarte. Observas a tu alrededor. Seguro te quieren robar el poco dinero que tienes. Apenas si tienes lo necesario para el transporte de regreso a casa. Te metes la mano en el bolsillo y te cercioras que todo está en orden. Miras con ojos flamígeros al presunto ladrón, quien se hace como que la Virgen le habla. El metro detiene su marcha en medio del túnel. Mientas madres a todo lo alto. Sólo eso te faltaba, que el tren se tardara más de lo normal. Esperas que avance lo más rápido posible. Tarda uno, dos, tres minutos. La gente comienza a desesperarse. Vuelves a mirar tu reloj. Ya son más de las siete. Estás perdido. Las ansias te recorren cada poro de la piel. Imaginas que eres un superhéroe y que llegas a la velocidad de la luz a tu salón. Sueñas despierto como todos lo hacen cuando están desesperados. Quieres componer tu mundo, reconstruirlo a tu manera, para favorecerte. Te acuerdas de la chica que te gusta. Hoy te decidiste a invitarla a salir. Antes no habías podido porque sentías que las piernas te flaqueaban y que un nudo en el estómago te lo impedía. Cada día piensas más en ella. Quieres tenerla entre tus brazos, besarla y apapacharla. Ella te ha dado motivos para que pienses que le gustas, o al menos eso quieres creer tú. La verdad no te importa reprobar la materia; “la vida es larga”, piensas. Realmente quieres llegar a la clase para ver a esa chica. “Es la mujer ideal”, es la frase que ha estado en tu mente desde que la viste por primera vez. Es la única materia que tienes con ella y sabes que sólo ahí la podrás ver. En la noche de ayer estuviste preparando los diálogos para abordarla. Pensaste si sería mejor invitarla al cine, a comer o al parque. Creíste que lo más conveniente era que fueran a ver una película. Llegaste a la conclusión de que si la llevabas a ver un filme romántico, y con la oscuridad de la sala, seguro pasaría algo. Por eso te pusiste un traje y te amarraste una corbata. Por eso, con esmero (aunque ya era tarde), te peinaste con gel y boleaste tus zapatos. Quisiste verte elegante para apantallarla. De hecho ese es tu único traje. No tienes dinero para comprarte más. Así que esa ropa la usas en momentos especiales; y ese era un momento idóneo. Cuando piensas que te vez muy bien, observas a tu alrededor y tratas de barrer con la vista al primer circunspecto que vaya mal vestido. Te sientes la divina garza y tratas de comportarte como tal. Te crees un galán de Hollywood… El nuevo y mexicanizado Di Caprio; aunque moreno, de cabello negro y ojos cafés…   

El metro comienza a avanzar. Va despacio. Acelera. Te preparas mentalmente para bajar. El tren se detiene. Las puertas se abren. El tipo de adelante no se quita, a pesar de que le pediste permiso para salir. Sientes en tu espalda la presión de la gente que, como tú, quieren abandonar el vagón y que te empuja para poder conseguirlo. Te lanzas contra el hombre que obstruye tu paso. Lo avientas con todas tus fuerzas. Logras salir. Estás exhausto. La gente que te empujaba, sale del vagón como endemoniados. Te revisas la ropa. Compones, un poco, el nudo de la corbata. Te cercioras que no te falte nada. Te das cuenta que un cierre de tu mochila está medio abierto. Alguien, entre los empujones, te quiso meter la mano y no te diste cuenta. Pero no se te perdió nada. Sientes revuelto el estómago por tanto apretujón. El tiempo es oro y lo sabes; así que, con la mayor rapidez, subes por las escaleras eléctricas. Te abres paso entre la gente que está detenida en cada peldaño. Avanzas. Cruzas los torniquetes. Zigzagueas para caminar más rápido. Así como vas vestido y corriendo como lo haces, te sientes protagonista de una persecución al más puro estilo de una película de James Bond. Piensas que te vez interesante y que las mujeres que pasan a tu alrededor te contemplan como si fueras un dios griego.

Por fin has llegado a la calle, pero aún te falta un largo trecho para llegar a tu salón. Decides no irte por el camino de siempre que es más largo y rebuscado. ¡No tienes tiempo! Avanzas por una avenida solitaria para cortar el trayecto. Corres, saltas, esquivas. Sientes que el corazón se te va a salir por la boca y que los ojos te van a saltar. Tratas de agarrar fuerza para seguir. Bajas un poco la velocidad, trotas. Piensas en la muchachita que te hace perder el aliento y retomas el ritmo. El viento te vuela algunos cabellos. Llegas a la entrada de la universidad. Cruzas la pequeña avenida interior. Vuelves a correr. Te encuentras a compañeros por el camino. Los saludas. Con algunos te detiene unos segundos. Pasas por verdes jardines y estacionamientos llenos de autos. Subes escaleras empedradas. Pasas por pasillos abiertos. Ya no puedes más. Los músculos te vibran. Tus labios están secos. La fatiga no te deja correr. Tratas de acordarte de la chica que te trae derrapando las banquetas y ni así te recuperas. A tu cabeza viene el intolerante Profesor y sientes que las pilas se te han vuelto a cargar. Reinicias la carrera. Un tirón en la pierna te hace detener. Se te ha acalambrado el muslo derecho. La pierna te queda algo tiesa. Cojeas. A brinquitos te diriges a tu destino. Algunos estudiantes desconocidos se burlan de tu cojera. Te sientes ridículo pero no te importa, los ignoras. Llegas a la Facultad. En el reloj de la escuela las manecillas marcan las siete y diez. Subes, con la misma dificultad, otras escaleras hasta llegar al tercer piso. Tu salón de clases es el segundo del pasillo. La puerta está cerrada y no hay movimiento. “¡Seguro el Profesor ya llegó!”, piensas con odio. Dudas si debes entrar o no. Consideras que si no te ve el Profesor, tal vez puedas presentarle un justificante médico (falso) para que te quite la falta. Analizas concienzudamente la situación. Pero ¿y la chica que te gusta? Hoy la invitarás a salir. Ponderas qué es mejor: salvar la materia o conseguir novia. Llegas a la conclusión de que prefieres dejar la soltería. Caminas con total seguridad, como si fueses un torero entrando al ruedo. Te imaginas que vas con el capote dispuesto a dejarlo todo en la fiesta brava. Crees que el Profesor te va a volver a poner en ridículo; pero tú estás dispuesto a rogarle para que te deje pasar, aunque no te ponga asistencia. Te sentarás al lado de tu casi novio, porque así la llamas, y esperarás a que finalice la clase para invitarla a salir. Te detienes frente a la puerta del salón. Tomas aire. Jalas la manija y la abres con toda seguridad. Te quedas impávido. No sabe cómo reaccionar. El Profesor no está. Los alumnos tampoco. Piensas que quizá todos estén en una conferencia o en otro salón. Vez a una pareja sentada en la esquina, besándose con singular enjundia. Están abrazados. No se les ve la cara. Ni el hecho de que hayas entrado los distrae de sus menesteres. Crees que quizás ellos sean tus compañeros de clase. Quieres preguntarles si saben dónde están todos. “Disculpen, compañeros”, les dices para llamar su atención. Los dos dejan de besarse para voltear a verte. Sientes un impacto en el pecho. Te quedas sin aliento. Te has dado cuenta que uno de esos amantes es la chica que te gusta. Seguro el tipo que la besaba es su novio o algo por el estilo. No lo conoces, nunca lo has visto. Quieres agarrarlo a golpes, destruirle la nariz, dejarle morado un ojo. En lugar de eso, finges una risita mustia. Ella te sonríe como siempre lo había hecho. Les preguntas si hubo clases. Te dicen que no, que avisó por correo electrónico. Recuerdas que ayer en la noche no checaste tu correo por andar pensando en esa ingrata que estaba frente a ti. Te quedas parado, observándolos. Ellos te ignoran y continúan en lo que se habían quedado. Te sientes estúpido mirando esa escenita. Aprietas los puños, das media vuelta y decides huir, sin dejar de azotar la puerta, para mostrarles tu rabia. Caminas cabizbajo y con las manos metidas en los bolsillos por el pasillo rumbo a la biblioteca. Te sientes deprimido. Pero piensas: “al mal tiempo, buena cara.” Aparentas tranquilidad y alegría. Pero estás triste. Piensas que no encontrarás a otra mujer como esa, que no te volverás a enamorar. Te lo repites muchas veces. Cuando has entrado en la biblioteca, ocupas uno de los asiento en una mesa comunitaria. Dejas tu mochila y te dispones a estudiar. Volteas y miras a una jovencita. Nunca la habías visto. La consideras hermosa, quieres saber su nombre y teléfono. Quieres que sea tu amiga. Tratas de llamar su atención. Toses fingidamente. Sacas un libro de tu mochila y haces como que lo lees. Ahora miras de soslayo a esa joven mujer. La anterior muchacha se te ha olvidado. “He encontrado a la mujer ideal”, piensas por enésima vez.  Imaginas que ella y tú van caminando de la mano, que se pelean, que se reconcilian, que se casan, que tienen hijos, que envejecen… Y la historia vuelve a empezar…