El sueño del fénix / El retorno

Jesús Briseño
Facultad de Derecho, UNAM

El sueño del fénix

La virgen claridad del instante en que olvidamos la conciencia

por mirar al sol desplomarse en la mar de su infinita luz

es el comienzo para presentir la muerte,

pero mecido en ese oleaje de cielo enrojecido

un fénix inclina sus alas al vacío

y, a la mitad de su derrota en caída,

apaga lentamente el nido de centellas

de donde alzó su esperanzado vuelo,

entonces, un amargo bosque de silencios

es la morada donde la ceguera revive

hasta que la valiente región del alba

nos lanza su primer verdeante grito,

por eso, en esta noche de furiosa oscuridad

nos enfilamos hacia la luna con la navaja de una brisa

y bajo la blanca soledad del mundo

mancillamos las cadenas

que del canto suprimen

los aéreos y emplumados sables,

las garras encendidas y salvajes,

los vengadores picos afilados

para destrozar nuestra feroz miseria;

ya no importa que nuestro corazón sea una tumba de cenizas

ante la cual se rindan nuestros huesos de roídos deseos,

hasta el final el poeta será el fénix

que desenvuelva sus labios como alas:

testigo del sol y sombra del fuego,

el que ama con la furia de la desdicha

y la convierte en agua clara,

el que fija terror en los espejos,

una de tantas rocas que aprendió a volar

y que en su inevitable descenso

nos brinda el ejemplo

de escupir palabras libres

para atizar de nuevo el ardor de la vida.


El retorno

En el río de sucesos del día

se desvanecieron los rostros del tiempo

mientras la luz que atravesó el agua

reveló la extensión del infinito en un instante:

desde entonces florecieron auroras

con las que hicimos palabras para fecundar

el desierto nocturno del cielo y, más tarde,

embriagados ya de crepuscular ansiedad,

con ellas desenterramos el canto

de la oscura tumba de nuestros labios:

así, alrededor del gran fuego lunar,

recordamos danzar y morir y revivir y arder

hasta que las llamas del lenguaje

cesaron de quemarnos con blancura el hastío;

pero ahora y siempre, y desde la oscura selva inexorable,

los tigres del silencio afilan los colmillos

para cercenarnos el pecho y dejar nuestro corazón secarse

hasta que se levante de la ceniza de la piel,

como un fénix de sangriento valor,

su rojo y henchido vapor:

así la vida se nos acaba,

como se acaba el pan o el brillo de las estrellas,

así los pasos nunca vuelven al umbral del sol primero,

en esta noche humana batallamos y caemos,

en este limbo de artificial luz bañamos nuestras lenguas,

con estas palabras simulamos iluminar los cielos:

por eso no somos más que sombras,

más que fantasías de carne y sonoro vuelo,

más que delirios, a veces, en infernada ebullición:

nunca somos lo que decimos, ni somos lo que hacemos:

el retorno es ya no poder decir nada y ser lo que siempre soñamos.

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