La mujer que cantaba (película)

Judith Liliana Ruiz Pinedo
Actuaría, ITAM

COMO HAN sabido hasta ahora, las matemáticas han tenido como objetivo lograr encontrar una respuesta precisa y definitiva a problemas precisos y definitivos. Ahora están a punto de entrar a una aventura completamente diferente. El tema será problemas intratables que siempre conducirán a otros problemas igual de intratables. La gente de su alrededor insistirá repetidamente que lo que están haciendo es irremediable. No tendrán argumentos para defenderse porque serán abrumadoramente complejos… Bienvenidos a las matemáticas puras: la tierra de la soledad”, fueron las palabras del profesor Niv Cohen (Dominique Briand) al introducir a sus alumnos a la carrera de matemáticas puras. Este discurso es la metáfora que describe la historia de Nawal Marwan (Lubna Azabal), personaje creado por Wajdi Mouawad para su obra teatral La mujer que cantaba y llevado a la pantalla por Denis Villeneuve.

Es una tarde de otoño en Montreal. Jeanne (Mélissa Désormeaux-Poulin) y Simon (Maxim Gaudette), hijos gemelos de Nawal Marwan, al escuchar el testamento de su madre reciben una misión: Jeanne deberá entegar a su padre una carta. “Encuéntralo y dásela”, dice el testamento. Del mismo modo, Simon entregará el sobre que está recibiendo su hermano, con la misma instrucción. Para la suerte de los dos, la vida de su madre, proveniente del Medio Oriente, siempre había sido un misterio. La muerte de su padre en medio de una guerra civil era un hecho incuestionable para los dos, la existencia de su hermano un hecho desconocido.

La ejecución de esta misión lleva, tanto al espectador como a los gemelos, a conocer la vida de una mujer que crece en una región invadida por enfrentamientos ideológicos y conflictos armados. Para esto, Denis crea una estructura narrativa con flashbacks donde al espectador se le presenta el pasado de Nawal para resolver las incógnitas— dónde está el padre, quién es el hermano y dónde está— antes que a los gemelos. 

Con esta estructura narrativa queda claro que el objetivo de la película no es crear suspenso —en caso contrario los flashbacks se usarían de modo post-explicativo y no informativo— sino exponer y describir el impacto de una guerra absurda y sin identificación clara de los contrincantes en los sujetos involucrados. Las explosiones y los homicidios increíblemente dirigidas y editadas pasan a un segundo plano cuando Denis intenta exhibir a través de escenas humanas mucho más impactantes, gracias a la natural actuación de Lubna Azabal, que la relación que hay entre las personas involucradas en la guerra puede ser mucho más compleja y destructiva. 

La historia central de este filme es tan singular que incluso un sacrificio en la verosimilitud de los hechos ocurridos a los hermanos Marwal no afecta su carácter. En la realidad es poco probable que todas las piezas necesarias para resolver un misterio estén en el lugar y momento indicados. Sin embargo, el relato paralelo de la travesía poco real realizada por Jeanne y Simon parece ser una herramienta muy útil y necesaria para contar otra historia de la que a la vez ellos son parte. 

Hay un detalle más que puede parecer trivial pero que es muy digno de ser mencionado. Dentro de aquella nube bélica esta película nos deja vislumbrar un tejido social fuerte que predomina entre la población local de aquella región del Medio Oriente descrita por medio de villas ficticias. Una tradición tan simple como tomar el té para fortalecer las relaciones sociales se presenta como un elemento clave para unir los cabos sueltos que llevarán al final de la misión. “Irás al campo de refugiados de Deressa, llegarás a tomar el té en cualquier parte del campo con la persona que te haya invitado y dirás que eres el hijo de la mujer que canta” son las instrucciones del notario Maddad (Allen Altman). 

La mujer que cantaba es una combinación perfecta de la música de Radiohead del álbum Amnesiac; la fotografía impecable del desierto y las ciudades devastadas, y la actuación racional de Désormeaux-Poulin, pasional de Gaudette y emocional de Azabal para dar vida a la “tierra de la soledad” de Nawal Marwan.