Me llamo Rojo y el asunto de la identidad nacional: leer a Pamuk en México

Carlos Erasmo Rodríguez
Facultad de Derecho, UNAM

MUCHAS COSAS se pueden decir de Me llamo Rojo, una novela de Orhan Pamuk, ganador del Premio Nobel de Literatura 2006. Se pueden escribir muchas páginas para hablar del fondo y la forma de esta gran obra; sin embargo, aquí trataremos de resumir esto al máximo para resaltar uno de los tantos temas que aborda la novela, un tema que resulta relevante para nosotros como mexicanos, ¿qué tiene que ver una novela del Premio Nobel turco con México? Antes de responder, hablemos de la obra.

Ambientada en Estambul a finales del siglo XVI, Me llamo Rojo nos lleva a los callejones de la ciudad a orillas del Bósforo y nos sumerge en las intrigas fraguadas en torno a la elaboración de un misterioso libro, en el marco de los festejos por el año 1000 de la Hégira.

En dicho libro el Sultán pretende que sus maestros ilustradores imiten el estilo de los maestros francos para que, una vez terminado, el libro sea una prueba del dominio que pueden ejercer los maestros musulmanes sobre las técnicas de Occidente y, también, sea una muestra del poder del Islam a los infieles. Sin embargo, el estilo occidental en las pinturas puede representar un pecado para el Islam y por ello numerosos grupos conspiran en contra de la elaboración del libro. Finalmente, esta tensión estalla cuando uno de los maestros que trabajaban en él es asesinado.

Así, la novela nos presenta dos historias: la historia de Negro, un joven enamorado de su prima que tras años de ausencia regresa a Estambul para ayudar a su tío en la creación del libro y para luchar por el amor de su prima, la hermosa Sekure; y la historia del asesino que conspira contra el libro. A lo largo de la novela, ambas historias se entrelazan en una especie de drama policial que no tiene comparación. Esto es todo lo que diremos en cuanto al fondo.

En cuanto a la forma, Pamuk nunca deja de utilizar al narrador en primera persona. Pareciera difícil que todo lo anterior sea narrado a través del punto de visto de los personajes, pero son tantos y tan variados que el autor es capaz de construir una visión completa de Estambul durante el reinado del Sultán Murad III.

Dicho esto, abordemos la cuestión planteada.

Sin duda el motor que mueve toda la novela es el polémico libro, pues su sola elaboración plantea una pregunta trascendental para el mundo islámico de ese entonces: ¿debemos apegarnos a las formas de los antiguos maestros, formas propias de nuestra historia y de nuestra religión, o debemos tomar las formas de los infieles? A simple vista parece ser una cuestión ociosa y sin importancia pero de fondo la pregunta esencial es: ¿Debemos seguir siendo lo que siempre hemos sido o debemos recibir lo que viene de fuera y cambiar?

Ahí es donde están los puntos de contacto con nuestro país, ahí está el porqué se debe leer a Pamuk en México.

Actualmente México y Turquía viven, en cierto sentido, situaciones análogas. Ambos países poseen un riquísimo bagaje histórico y cultural. Ambos países están pasando por procesos de integración económica muy fuertes y complejos: México con Estados Unidos y Turquía con Europa. En ambos países se cuestiona fuertemente la integración que llevan a cabo y la propuesta en contra es intentarla con países que son más cercanos culturalmente hablando. En el caso de México se habla de los países de América Latina, mientras que en el caso de Turquía se habla de los países árabes. Esta propuesta y esta oposición descansan, en cierta medida, en razones culturales.

La cultura que denominamos “mexicana”, con todas las complicaciones que esta denominación lleva consigo, es herencia del pasado indígena y colonial. Actualmente nuestra cultura recibe una fuerte influencia estadounidense. Lo mismo pasa en Turquía, ¿debe México aferrarse a su pasado indígena y español o debe abrazar la cultura que viene del norte?, ¿debe Turquía aferrarse a su pasado islámico o abrazar la cultura europea?

Para regocijo de algunos y pesar de otros, parece que en ambos países la gente se inclina por la segunda opción: espectaculares en inglés, la implantación de este idioma como si fuera una segunda lengua oficial y nuestro amor por películas que vienen del otro lado de la frontera son ejemplo de ello. En Turquía sucede lo mismo y en su afán de imitar a Occidente llegan a producir horrores cinematográficos como 3 Dev adam (si no quieren ver al Santo y al Capitán América luchando hombro con hombro contra Spiderman, entonces no recomiendo que la vean).

Pareciera que en México y en Turquía hay una contradicción: quieren ser ellos pero también quieren ser el otro. Si permanecen siendo ellos quedan fuera del mundo al que aspiran pertenecer. Si buscan ser el otro terminan siendo no más que una imitación barata o un chiste malo.

Pareciera ser que, en uno de los puntos más álgidos de la novela, Pamuk encuentra una tercera alternativa: Turquía (siguiendo nuestra analogía también México) no debe luchar por rescatar un pasado ya perdido ni aferrarse a un futuro casi inalcanzable sino que debe ser capaz de tomar lo mejor de ambos mundos y atreverse a lo que muy pocas personas y culturas se han atrevido: labrarse su propio camino.

Los mexicanos, en lugar de desear restituir el Imperio mexica o volverse la estrella 51 de la Unión, deben luchar por ser algo único. Porqué hay que leer a Pamuk en México, para comprender que para ser una cultura no es necesario ajustarse a un molde.

Así es que, como lectores de nuestro país, definitivamente vale la pena entregarse al enorme placer estético que produce la lectura de Me llamo Rojo. Y es que en el viaje de lo humano que es la literatura, uno siempre puede encontrar algo que lo aluda, que le pertenezca, incluso en los callejones nevados de la antigua Estambul, incluso en los talleres de pintura a la sombra de Hagia Sophia.

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