Sin artificio, sin ambages, sin sutilezas: La Suite française de Irène Némirovsky*

Enrique Popoca
Colegio de Letras Clásicas, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

EL TIEMPO no perdona, ni la memoria. Han pasado 70 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, un hecho que definitivamente cambió el rumbo del mundo, pero del que, en nuestro país, poco recuerdo quedó. Puede imputarse la culpa a la lejanía de Europa, a nuestra escasa participación, o al simple paso de los años; pero ello no disminuye la posibilidad de recorrer los recovecos del intrincado mapa político de aquel entonces, ni el desarrollo de las ideas que pusieron en marcha la peor guerra que hasta ahora ha vivido la humanidad: fotografías, grabaciones, propaganda, cámaras de gas en pie, monumentos arquitectónicos en ruinas, pilas de zapatos que provocan más que ansiedad… La información es inabarcable, y en aquella lista no está incluida aún la literatura. No hablo de los libros publicados después del 2 de septiembre de 1945, sino de todos aquellos que fueron escritos y leídos bajo la amenaza constante de bombardeos aéreos, de la metralla, de las deportaciones a Auschwitz. ¿Qué mejor manera de sentir y seguir lo que sucedía en las calles de la convulsionada Europa, sino a través de los ojos de quien lo vivió? La Suite française es una gota de todo lo que se escribió entonces, una profunda gota que, tristemente, no poseemos completa.

Irène Némirovsky, de origen judío, nació en 1903, en Kiev. Cuando estalló la Revolución Rusa, en 1917, huyó hacia los países nórdicos, para finalmente asentarse con su familia en París. Estudiante de Letras en la Sorbona, comenzó a escribir a los 18 años de edad. Hacia 1926 contrajo matrimonio con un banquero, Michel Epstein, también judío de nacimiento, con quien tendría más tarde dos hijas. En 1938 la ciudadanía francesa le fue denegada, y no obstante que su posición hacia el judaísmo era más bien hostil y que un año más tarde, tras las primeras victorias nazistas, se hubiese convertido al catolicismo, los oficiales alemanes de la ocupación de Francia la obligaron, junto con su familia, a portar la estrella amarilla, lo que provocó que su esposo perdiera su trabajo y ella dejara de publicar para sostener los gastos. Refugiados en Issy-l’Evêque, finalmente ella fue deportada a Auschwitz el 13 de julio de 1942, en donde murió un mes más tarde de tifus. Michel Epstein, tras vanos intentos para que fuera liberada, fue también deportado y muerto en la cámara de gas. Sus hijas sobrevivieron a la catástrofe familiar, y la mayor de ellas guardó durante años un portafolio que, hasta la década de 1990, supo que contenía la mayor novela, aunque inacabada, que su madre escribiera: la Suite française, publicada en 2004. Este libro, escrito de manera febril entre 1940 y los días anteriores al arresto, no es un diario de vivencias personales, sino ficción basada en lo que se presentaba ante los ojos de la autora. Es una suite, una orquesta de temperamentos que no existieron, pero que perfectamente pudieron haber sido humanos.

La novela consiste en dos grandes secciones: Tempête en juin (Tempestad en junio) y Dolce (Dulce). La primera pone en escena el éxodo de la población de París tras la inminente entrada de los alemanes a la ciudad. Son 31 capítulos que narran los detalles de la penosa huida de cuatro grandes “ejes”, por no decir personajes: la familia Péricand, aristocrática y rica, compuesta de madre, padre, abuelo incapaz de valerse por sí mismo, criados y cinco difíciles hijos, de los cuales el mayor era un joven sacerdote, separado del núcleo familiar; el matrimonio Michaud, trabajadores en la Banca Corbin, abandonados a pie por su jefe, quien tendría que haberlos conducido a la ciudad de Tours en automóvil, y que no tenían información alguna sobre su único hijo, soldado herido en la batalla; Gabriel Corte, un inflado escritor que cree poseer inmunidad por ser un intelectual; y Charles Langelet, por mucho el personaje más detestable, un obsesionado del arte de poca moral que decide llevar consigo sus más preciados jarrones y estatuillas. Cada capítulo está dedicado a uno de estos cuatro grupos o a alguno de los personajes que forman parte de él; esta estructura imita el caos inmanente de una salida en masa, en donde las historias de unos y otros se cruzan y se contraponen. Dolce termina abruptamente en el vigésimo segundo capítulo; la escena ocurre en Bussy, una pequeña localidad ocupada por soldados alemanes, donde el hijo del matrimonio Michaud pasó una temporada, incomunicado y herido. Sin una alternancia caótica, los principales personajes son la familia de campesinos Sabarie (o Labarie, el nombre no fue revisado debido al sorpresivo arresto de la autora) y mayormente Lucile Angellier, esposa de un burgués provincial cautivo, cuya severa y depresiva suegra decide enterrarse en su amplia casa antes que tener contacto con los, a sus ojos, nefastos soldados del Reich. Sin embargo, el refinado teniente de la compañía que ocupa el pueblo, Bruno von Falk, decide alojarse con las Angellier, decisión que se tornará en un tácito y peligroso romance con Lucile, hastiada de su matrimonio porque creía que únicamente felices son quienes pueden amar y odiar sin artificio, sin ambages, sin sutilezas, nada de lo cual, hasta entonces, había sentido. Este amor culpable y sigiloso tiene su espejo en el odio inicial que los franceses sienten por los alemanes: poco a poco, la hostilidad y el desprecio da paso a una cordialidad y a casi una amistad que se ven amenazadas por los repentinos impulsos patrióticos; los nativos aparecen como seres volubles, mientras que los invasores tratan de disminuir la aspereza de su implacabilidad con cortesías: un retrato que invierte los papeles a los que la cinematografía taquillera nos ha acostumbrado.

De la continuación de la historia, sabemos más bien poco. Némirovsky dejó un cuaderno de notas en donde discutía las continuaciones posibles; con certeza sabemos que planeaba tres secciones más, que discurrirían sobre la resistencia de la Francia de Vichy, el colaboracionismo del norte y, finalmente, la paz. Sin embargo, la propia autora confiesa con cierto humor que no está segura del rumbo que tomará su novela: eso dependerá, por supuesto, de cómo continúe la realidad. Una realidad que ella ya no pudo ver, de la cual no fue testigo, porque sobre su camino, como conmina la última frase de Dolce, sólo quedó un poco de polvo.

*En español existe una traducción, realizada por José Antonio Soriano y publicada por Salamandra.
Anuncios