Desafíos para el Derecho ante un mundo que agoniza

Luis Felipe Rosas Ibarra
Facultad de Derecho, UNAM

Nuestros soldados, en ultramar, rechazan el universalismo metropolitano, aplican al género humano el numerus classus: como nadie puede despojar a su semejante sin cometer un crimen, sin someterlo o matarlo, plantean como principio que el colonizado no es semejante del hombre. Nuestra fuerza de choque ha recibido la misión de convertir en realidad esa abstracta certidumbre: se ordena reducir a los habitantes en el territorio anexado al nivel de monos superiores, para justificar que el colono los trate como bestias. La violencia colonial no se propone sólo como finalidad mantener en actitud respetuosa a los hombres sometidos, trata de deshumanizarlos. Nada será ahorrado para liquidar sus tradiciones, para sustituir sus lenguas por las nuestras, para destruir sus culturas sin darles la nuestra; se les embrutecerá de cansancio.
Jean Paul Sartre. Prólogo a “Los condenados de la tierra” de F. Fannon

 

NARCOTRÁFICO, corrupción, crisis institucional, marginación: todos estos problemas parecen latir al ritmo de un mismo compás, parecen estar forjados al calor del despojo, la dominación y el sometimiento. Cada uno de ellos son la manifestación del ejercicio de la violencia como forma de vida; expresiones de violencia veladas por la obviedad de lo cotidiano que anidan en la subjetividad de cada uno de nosotros condicionando así nuestras prácticas sociales y nuestras formas de entender el mundo cuya característica esencial consiste en la anulación de “el Otro” en aras de la autoafirmación. Siendo el Derecho tanto un grupo de prácticas sociales como un campo de conocimiento, no es sorprendente que la violencia sea capaz de infectar sus instituciones. ¿Cómo hacemos para que el derecho efectivamente sirva como un auténtico instrumento de defensa contra la violencia y no ya como un conducto que hace disponible al individuo la violencia de la cual el Estado es capaz? Si queremos responder tal cuestión es necesario reflexionar tres conceptos en torno al Sujeto: Poder, Violencia y Derecho. Estas ideas serán el tema del presente ensayo.

El circuito del poder[1]

¿Por qué el sujeto quiere lo que quiere? Porque hacia allá lo conducen las condiciones de su pensamiento y sus vivencias. En este sentido, la voluntad del sujeto le impide subvertir los mandatos de sus condiciones y desafiar su destino: lo constriñe a cursar la senda del determinismo. Si se piensa en la libertad como la posibilidad del “no-determinismo”, es decir, que el sujeto pueda ser arquitecto de su propio destino, entonces la voluntad del sujeto es la peor amenaza a su propia libertad; en tanto que éste se cree la mentira de que la voluntad —esa cosa inventada fuera de la autenticidad de su existencia, de lo que es esencialmente próximo a su historia de vida— le es genuinamente suya.

Este es el mecanismo que hace posible formas de dominación encubiertas como el neocolonialismo. Por ejemplo, al sujeto dominado se le asedia con arquetipos, prejuicios y anhelos prefabricados hasta que los interioriza y los introduce en las categorías de su pensamiento, y veladas por la obviedad de la cotidianeidad artificial mediante la cual se le somete, quedan ocultas a plena vista las dislocaciones de la subjetividad que se le implanta. El instrumento de dominación queda oculto dentro de la mente del dominado y de este modo queda falsificado, despojado hasta de su propia subjetividad, totalmente ignorante de la compleja red de influencias oculta en las profundidades de esa voz que habla desde el interior de su cabeza y que se hace pasar por él, por su ser auténtico.

Sin embargo, el dominador es presa de este mismo poder, de esta misma red de influencias. Al nacer, tanto el dominador como el dominado viven unas prácticas sociales antes de ser capaces de pensarlas; se les confiere un lenguaje y una forma de pensar, conocer y valorar. Una vez que su subjetividad se ha constituido, el sujeto se encuentra practicando ciertas formas de vida, ejerciendo ciertos tipos de violencia y rechazando otros. Es por esto que es posible encontrar oposición al clasismo desde el sexismo, o al sexismo desde el racismo, etcétera.

Estos discursos de superioridad explicitan ciertos tipos de violencia, a saber: exclusivamente las formas de violencia a las que es vulnerable, dentro de las prácticas sociales de que se trate, el grupo de sujetos cuya superioridad es validada por el discurso. Simultáneamente, el discurso de la superioridad niega el carácter violento de las formas de dominación cuyo ejercicio supone, trastornando el sentimiento de la violencia mismo, esto es, negando la violencia que el sometido siente mediante la anulación de la subjetividad del sometido mismo. El dominador no somete con el afán de ejercer violencia, sino que lo hace en el entendido de que no ejerce violencia alguna en tanto que las categorías del discurso en el que se encuentra inscrito lo hacen incapaz de observar la violencia que él mismo ejerce; las condiciones de su pensamiento se lo impiden.

De este modo, tenemos que las prácticas sociales, al engendrar los discursos a través de las cuales se explicitan, generan mediante estos una episteme, esto es, un conjunto de campos, instrumentos, sujetos, objetos y modos de conocimiento que configura las condiciones de los límites y posibilidades del pensamiento, lo cual constituye la subjetividad de los sujetos concretos al ser recibidas por ellos a través de sus respectivas vivencias, y estos, al encontrarse frente a frente, manifiestan su subjetividad como consecuencia de la intervención mutua, estableciendo con ello ciertas prácticas sociales. Este es el circuito del poder, esta red de influencias es lo que hace surgir al sujeto. La fuerza de la cual brota la dimensión entera de lo subjetivo es en la cual consiste el Poder mismo. Por ello el poder no se detenta, se ejerce, o mejor, se vive. En este orden de ideas, no es posible encontrar relaciones intersubjetivas en las que no se ejerza poder. Así, mientras el poder deviene necesario a lo social en tanto que ineludible, es menester pensar la admisibilidad del poder desde la dimensión misma de lo subjetivo, para averiguar si es posible fundar una ética del poder, si es que queremos que alguna ética sea posible. Aquí subyace la siguiente cuestión ¿es inadmisible todo ejercicio de poder? ¿Es la violencia idéntica al poder? ¿El ejercicio del poder implica siempre dominación y sometimiento? ¿En qué términos es admisible el ejercicio del poder y en cuales no lo es?

Revelar la violencia

En este ensayo, consistentemente con la exposición antes efectuada respecto del circuito del poder, entenderemos por sujeto al ente en el que surgen y coexisten los sentimientos, las interrogantes y las posiciones, siendo los primeros el principio dinámico de este sistema de vivencias, mismo que se constituye a partir de una historia de vida concreta, de un devenir óntico único en tanto que totalidad singular de vivencias. Es por ello que en una cierta sociedad los sujetos comparten una subjetividad más o menos similar, pero sin llegar jamás a ser idénticos entre sí. En el transcurso del génesis del sujeto, los sentimientos son su elemento primigenio: un bebé llora antes de poder saber por qué lo hace, no obstante, nunca llora sin razón, llora por la incontestable interpelación del sentimiento con que le acomete el mero hecho de vivir.

El sujeto afirma su subjetividad al expresarla, y la expresa porque siente el deseo de hacerlo. Más, el deseo no es una posición ni una interrogante en principio. El deseo se desea antes de poder sostener su admisibilidad intersubjetiva; por causa de esta duda surge la interrogación y su respuesta da como resultado una posición frente al deseo y frente a la dimensión entera de lo subjetivo, con lo cual surgen sentimientos nuevos. El deseo, antes que nada, se siente, es sentimiento. Hay, concretamente, un deseo esencialmente subjetivo, un deseo fundamental de la dimensión del sujeto, a saber: el deseo de afirmar la propia subjetividad. Si nuestro deseo se ve frustrado al ser denostada nuestra subjetividad, sufrimos; si nuestro deseo es satisfecho, gozamos. Así, la violencia, lo inadmisible, se siente en tanto que anulación de la subjetividad del Otro como medio de autoafirmación, en esto consiste la esencia de la violencia. Este elemento lo vemos presente en el discurso de la meritocracia y en formas de violencia discursiva ya más reveladas como el clasismo, el racismo, el machismo, e incluso formas simples como el insulto o la violación, etcétera.

La violencia no es pensada sino hasta que aparece ante cierta subjetividad un sentimiento de inconformidad respecto del circuito de poder en el que vive. Esto es pura sentimentalidad y, en cuanto tal, pertenece al mundo de lo fáctico, el sentimiento simplemente se da, y no se requiere consistencia categorial para percibirlo. Es por esto que aunque no es común encontrar concepciones claras y consistentes acerca de la violencia, casi cualquiera cree, sin reparos, estar en posibilidad de identificar la violencia cuando se la encuentra de frente, la sentimos antes de ser capaces de explicarla.

Así, la idea de la violencia junto con la idea de lo debido, es decir, la concepción de la dicotomía de lo admisible y lo inadmisible, tiene como fuente primigenia la sentimentalidad del sujeto. Sin embargo, es en la interpretación de los sentimientos donde surgen las inconsistencias: en nuestro afán por autoafirmar nuestra subjetividad anulamos la de otros al tiempo que no queremos ser anulados. Sin embargo la violencia ejercida se oculta como violencia: el dominador no puede entender la violencia de sus actos. Del mismo modo, el sometido también se encuentra muchas veces imposibilitado para entender la violencia de la que es objeto. Pero ¿cómo es esto posible? ¿Cómo es que lo admisible y lo inadmisible se construye categorialmente para trastornar el sentimiento de lo inadmisible dejando oculta la violencia?

El pensamiento abismal[2] y el discurso de la superioridad

Las observaciones anteriores quizá nos permitan identificar la violencia en cualquier de sus formas y en donde quiera que se oculte, quizá nos permitan entender, no ya el concepto de violencia o lo no admisible, sino el sufrimiento que causa y la esencia de las condiciones en que es causado. Pero ¿cómo es que el poder se convierte en una expresión sistemática y estructurada de violencia en la que ésta queda velada?

La violencia se justifica categorialmente a través de una forma de pensamiento que Sousa Santos ha identificado como “el pensamiento abismal” caracterizado por estar estructurado a partir de un aparato categorial de validación que genera un discurso en el que las formas subjetivas que corresponden con las categorías de validez son afirmadas como superiores, mientras las formas subjetivas que no corresponden con ellas son anuladas como inferiores, generándose así un discurso de superioridad mediante el cual se admisibiliza la inferiorización del “inferior” para superiorizar al “superior”, estableciéndose así prácticas sociales de sometimiento y dominación aparentemente no violentas.

Este tipo de discursos, los discursos de superioridad, pueden superponerse de tal manera que dentro de un mismo grupo de sujetos ya inferiorizados o ya superiorizados por cierto discurso, pueden darse adicionalmente otros procesos de sometimiento y dominación, esto es, nuevos procesos de superiorización-inferiorización. Para ejemplificar este fenómeno, pensemos en una mujer adinerada que es superiorizada por su condición de clase social mientras que es inferiorizada por su condición de mujer, de modo que es capaz de conducirse de manera dominante respecto de su servidumbre al tiempo que se conduce sumisamente respecto de su marido. Esta superposición de discursos de superioridad genera una suerte de pirámide enredada de anulación subjetiva en la que mientras más abajo se está se es menos un sujeto, se es menos alguien al que hay que respetar.

Biopolítica-necropolítica[3]

Estado, gobierno y política se constituyen como conjunto de prácticas sociales y como campos de conocimiento. La violencia que marcan las prácticas sociales consecuentemente se instalan en estos dominios de saber. La violencia cotidiana y elemental de la microfísica del poder en la que unos son anulados por la autoafirmación de otros, en el que unos son sometidos para que otros dominen, en la que unos son colocados debajo para que otros puedan colocarse encima, se manifiesta en el terreno de la macrofísica del poder a través de una dicotomía: biopolítica-necropolítica.

Al respecto, Achile Mbembe propone el concepto de necropolítica a partir del concepto de biopolítica de Michel Foucault. La biopolítica será el tipo de tratamiento que el Estado da al grupo de los sujetos válidos, es decir, de los sujetos superiores, tratamiento caracterizado por la protección y el fomento, cuyo fin será cultivar el tipo de vida que manifiestan los sujetos válidos. Junto con el poder ejercido biopolíticamente se ejerce también poder necropolítico que será el sentido del poder que el Estado ejercerá para con los sujetos no-validos, esto es, los inferiores, en el que el fin será la procuración de su muerte a través de la marginación y la represión.

En el contexto de la globalización actual, ese binomio de vida y muerte puede hallarse configurado quizás en torno a dos valores construidos desde la cultura occidental: civilización y progreso. Así, todo lo que afirma estos dos valores es fomentado y protegido, a saber: industrias, empresas, ciudades, productividad, crecimiento, etcétera; los sujetos cuya vida sea una afirmación de estas ideas será protegida y fomentada por la fuerza del Estado. Simultáneamente, las formas de vida que se opongan a los constructos conceptuales de “civilización” y “progreso” mediante los cuales se les somete, serán marginadas y reprimidas hasta la muerte por la fuerza del Estado. Un ejemplo de ello lo es el problema con los megaproyectos hidráulicos en los que se reprime a la población afectada que se opone, mientras que se subsidia a las empresas que buscan ejecutar esos proyectos. Sin embargo, la influencia de este poder dicotómico de biopolítica-necropolítica es observable en casi cualquier aspecto de lo social. Mientras más abajo se esté en la enredada pirámide social, más crudamente se vivirá la necropolítica del Estado y la sociedad. Es esta la manera en la que la violencia se institucionaliza; dominación, simulación y sometimiento infectan los cimientos de la institucionalidad.

El Derecho: campo de saber, conducto de poder

Al menos en México, así como en muchos otros países donde las relaciones de sometimiento se encuentran en expansión y devoran el terreno de lo político, el Derecho no ha sido más que un instrumento para legitimar la violencia de los grupos de interés. Mientras más inferiorizado se está, menos razones se tienen para acudir a las vías jurídicas para solucionar problemas, y más razones se tienen para combatirlas. En México, es raro encontrarse con alguien que no haya sido inferiorizado de alguna manera, especialmente frente a la institución.

El Derecho, el aparato que manifiesta la composición institucional del Estado, ha sido caracterizado desde su propio campo de saber como el conjunto de normas provistas de coercibilidad legítima. Y cuando se cuestiona la fuente de la legitimidad del Derecho aparece la construcción de un complejo discurso sobre el reconocimiento social, la democracia, la potestad Divina, etcétera. Sin embargo, a pesar de toda esta verborrea doctrinal, aparece al descubierto que la única fuente de la legitimidad del derecho vigente es la disposición de la fuerza suficiente para sostener su legitimidad y poner en su lugar a todo aquél que piense lo contrario. Por ello es necesario repensar los fundamentos de la Teoría del Derecho, la idea misma de Derecho. La coercibilidad de la norma y la sumisión social —reconocimiento de la norma— no pueden seguir siendo el fundamento del Derecho. Sin embargo, los medios y figuras que componen el campo de lo jurídico constantemente apuntan a un lugar común que rara vez suele invocarse como un elemento más de la teoría jurídica que de ninguna manera señala la esencia del Derecho: la certidumbre. Tanto la invocación del uso de la fuerza, como la del reconocimiento o del mandato divino, así como la teoría del proceso o la teoría de las obligaciones, etcétera, todos estos elementos tienen siempre la constante intención de establecer deberes incontestables y medios por los cuales puedan hacerse cumplir efectivamente. Además, el Derecho expresa dentro de sí un conjunto de elementos e intuiciones aparentemente orientadas para prevenir y remediar la autoafirmación mediante la negación del otro, como lo manifiesta el principio jurídico general de contradicción, patente en el derecho a ser oído y vencido en juicio, a no ser dejado en estado de indefensión, e incluso ejemplos más extraños como las atenuantes del homicidio en riña y los reglamentos de duelo del siglo XIX, siendo en todos éstos la confrontación en la que los sujetos contrincantes se afirman mediante la interpelación mutua el elemento común.

¿Qué pasa cuando un sistema jurídico ya no es percibido como garante de certidumbre deóntica? ¿Puede seguirse sosteniendo su juridicidad? En México esa confianza en el Derecho ha quedado minada por la corrupción, la marginación y la violencia. La población a la cual se dirige el Derecho con frecuencia evita llevar sus problemas ante las instituciones jurídicas porque sabe que la norma no fue hecha para protegerlo a él. La norma a veces se cumple y a veces no, aparece como una maraña de conceptos inaccesibles para los legos, y así poco a poco el ciudadano se torna cada vez más lejano al Derecho mientras que el Derecho mismo va quedando cada vez más vacío de sentido, convertido en nada más que un aparato ambivalente justificador de sometimiento. Así, un “Derecho” que no garantiza certidumbre deóntica ni protección contra la violencia aparece como una simulación, como algo que no es lo que aparenta. El propósito de estos razonamientos no es destruir el Derecho, sino defenderlo, hacer valer un sistema deóntico auténticamente jurídico eliminando toda norma contraria al Derecho, esto es, toda norma contraria a la certidumbre deóntica y la protección contra la violencia. Pero eso no será posible si no reformamos la constitución misma del sujeto y las prácticas sociales que, como sujetos, expresamos cotidianamente cada uno de nosotros. Ello exige repensar toda nuestra antropología, nuestra voluntad misma y nuestra forma de organizar lo social. En esta tarea, poder, sujeto, violencia y esencia del Derecho serán conceptos fundamentales.


[1] Esta reflexión está construida a partir de los postulados de Michael Foucault en torno al poder y al sujeto. Véase particularmente: Foucault, Michael, La verdad y las formas jurídicas, trad. de Enrique Lynch, México, Gedisa, 1978.
[2] Las reflexiones en torno al pensamiento abismal son elaboradas a partir de los postulados que Sousa Santos propone al respecto. Véase: de Sousa Santos, Boaventura, Descolonizar el saber, reinventar el poder, Uriguay, Trilce, 2010, Cap. 2, José Guadalupe Gandarilla Salgado.
[3]La reflexión en torno al concepto de necropolítica que aparece en este texto parte de las ideas de Achille Mbembe respecto del mismo. Véase: Mbembe, Achille, Necropolítica, Elisabeth Falomir Archambault, España, Melusina, 2011.