Los caballeros medievales y su larga estirpe

Adolfo Ulises León López | Facultad de Derecho, UNAM

 

A Aurelio González, por su pasión literaria

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CABALLERO es una palabra de uso común. Se dice de un hombre educado, generoso, de buen porte y, sobre todo, que dirige un trato especial a las mujeres. La publicidad lo presenta como sinónimo de éxito, con un buen traje y manejando autos de lujo. No sólo eso, las ficciones más exitosas en el mercado editorial, televisivo y cinematográfico se alimentan de los caballeros medievales. Para muestra, las sagas de Game of Thrones de George R.R. Martin, The Lord of the Rings de J. R. R. Tolkien o The Pillars of the Earth de Kenn Follett; e incluso cosas tan disímiles como el calificativo de Batman “el Caballero de la Noche”, las telenovelas, y algunas técnicas narrativas en la novela policíaca. Así, en el siglo XII, estos tres elementos —amor cortés, ética caballeresca y la pertenencia a una aristocracia guerrera— constituyeron el modelo literario de los caballeros medievales; desde entonces fue tan honda la huella que dejaron que, al día de hoy, continúan inquietando nuestra imaginación y determinando nuestro modo de vida.

En el presente texto, nos ocuparemos principalmente de la construcción del caballero en la obra de Chrétien de Troyes y de su legado en las ficciones modernas.

La caballería

Antes de entrar de lleno al tema, conviene hacer algunas precisiones entre caballero y caballería. Ésta última refiere un fenómeno militar que, paulatinamente, se impregnó de tintes religiosos, cortesanos y monárquicos, y terminó por convertirse en una forma de vida, una ética. El caballero es la expresión literaria de estas realidades políticas y económicas; por lo tanto, como señala Aurelio González[1], se trata de un modelo dinámico con distintas realizaciones textuales —en la épica, la novela y los romances—. Dicho esto, pasemos a ver parte del origen de la caballería y la primera aparición literaria del caballero, a finales del siglo XI, en la Chanson de Roland[2].

Es la batalla de Adrianópolis en el año 378. Las disciplinadas legiones romanas continuaban siendo el paradigma militar; si bien los ejércitos griegos y romanos conocieron la caballería ligera y sus ventajas para la retirada y el contraataque, ésta era difícil de maniobrar, así que la infantería se mantenía como factor determinante en los encuentros. Los visigodos, en cambio, de su contacto con los hunos, adoptaron un equipamiento que hasta entonces se desconocía en Europa: los estribos[3]. Hechos de metal, colgaban de la silla de montar y ayudaban a afianzar los pies, en consecuencia el jinete podía sentarse firmemente y maniobrar con facilidad, o mantenerse en pie y disparar flechas sin miedo a caer. Así, con la derrota de las legiones romanas, los jinetes visigodos con estribos inauguraron el comienzo de la caballería pesada y su preeminencia en el orden militar.

Con la caída del imperio Romano llegó una nueva estructura organizativa: el feudalismo. El estado, como lo conocemos ahora, desapareció y junto con él una de sus instituciones más importantes: el ejército. En todo aquél territorio que se extiende a lo largo y ancho del Mediterráneo, no había quién garantizara el comercio, la impartición de justicia y, sobre todo, la seguridad. Así, tras la fragmentación territorial se reconfiguraron las relaciones de producción y protección. Los dueños de la tierra se caracterizarán por su capacidad guerrera y el grueso de la población se trasladará a las zonas rurales para obtener seguridad a cambio de su trabajo. El sistema feudal, a grandes rasgos, es precisamente el otorgamiento de tierras de cultivo por parte de un señor guerrero a cambio de fidelidad y servicios guerreros; sí, aún existirán reinos pero el concepto monárquico cambia. El rey es conocido como primero entre sus iguales (primus inter pares), carece de ejército, por tanto, de un poder efectivo. La fuerza de un reino es colectiva, entre el rey y sus señores y de éstos con sus vasallos. Este sistema se dividirá en estamentos, no en clases; es decir, la colocación de un individuo en la sociedad obedece a la función que éste cumple y no a su capacidad económica: bien podrá ser guerrero (nobleza), clérigo o pueblo llano. El feudalismo se desarrolla con Carlomagno y, tras su muerte, largas cadenas de pactos vasalláticos confrontadas dieron paso al feudalismo clásico (auxilium et consilium).

Es de interés el rito vasallático pues de él el modelo de caballero tomará dos aspectos básicos, uno material y otro formal[4]. Primero, la lealtad que el vasallo juraba al señor ante una reliquia o una biblia; y segundo, la investidura que el señor entregaba —una espada la mayoría de las veces que indicaba el poder transferido—. Como dato curioso, el matrimonio sacramental creado en el siglo XII recoge la simbología del rito vasallático.

Por último nos resta pasar por las reflexiones políticas y filosóficas que produjo la clerecía y que constituyeron la ideología caballeresca. Una correcta organización cristiana era tripartita. Étienne de Fougères, clérigo aquitano del siglo XI, en su Livre des maniéres, fue el primero en equiparar el estamento de la nobleza con la caballería[5]; los asocia con una “orden” pues deben someterse a un ritual ante el altar; estas órdenes, al ser una profesión instituida por Dios, su finalidad será hacer respetar con sus espadas la justicia, proteger a los débiles y a la Iglesia, y defender la fe.

En filosofía, el platonismo agustiniano floreció en el siglo XII. En este modelo de pensamiento la premisa fundamental es que el universo fue creado por un Dios bueno. “De aquí parte la convicción de que el universo debe ajustarse a un diseño perfecto y a una estructura ininteligible. Si esto último no está claro de inmediato es porque las imperfecciones del hombre le impiden percibirlo directamente. Esta idea divide al mundo en una realidad visible y otra invisible”[6]. Es decir, la mentalidad medieval estuvo acostumbrada a encontrar falsedad en la realidad perceptible por sus sentidos; por el contrario, la realidad espiritual —en la que el mal siempre era derrotado por el bien, en la que el milagro era posible, la que enseñaban las Escrituras— yacía soterrada en la vida diaria llena de miedos y violencia. Así, por medio de la figura del caballero, una de las principales funciones de las novelas medievales será “describir el orden permanente y divino del mundo. El narrador desenmascaraba la realidad hechiza y transeúnte del tiempo y el cuerpo, e instalaba sus ficciones en la realidad intemporal y trascendente del alma”[7].

El caballero en la Chanson de Roland

El cantar de gesta, como especie de la épica, es el canto de los hechos gloriosos de un pueblo cuyo recuerdo se quiere perpetuar, y que, como hilo conductor, tiene a un héroe que representa los valores de esta colectividad. Formalmente, las mayoría de ellos son poemas largos divididos en tiradas asonantadas y después en versos endecasílabos rimados.

Roldán es un caballero valiente, fiel, que muere en la batalla de Roncesvalles como mártir de la fe. Una idea frecuente señala que materialmente el caballero en la épica se construye desde la ideología de la cruzada, como un caballero al servicio de la cristiandad. Jean Flori señala que esto es cierto sólo parcialmente. En realidad, la problemática principal en los cantares de gesta “concierne más bien a la fidelidad de las vasallos al rey, de los caballeros a su señor, y a los límites de esta fidelidad” [8]. En la Chanson de Roland la gran temática gira en torno a estos conflictos morales. ¿Cómo puede equilibrarse la venganza y la lealtad? ¿El hecho de que Roland haya ofendido a Ganaleón, daba derecho a éste de poner en riesgo todo el ejército de Carlomagno sólo por vengarse? ¿Un vasallo debe servir incondicionalmente a su señor sin importar las injusticias y ofensas que éste le dirija?

Visto de este modo, el combate de los cristianos contra los árabes será solamente un elemento que imprimirá dramatismo a las controversias de orden feudal. El sistema de poleas en los cantares de gesta se reducen a la inquietud que despiertan las obligaciones y derechos entre señores y caballeros. En El Cantar del Mio Cid, por ejemplo, se trata de un caballero social que representa los valores nacionales y una organización social estamentaria. Es un guerrero que se enfrenta a su rey en un momento histórico en que comienza a desmoronarse la organización feudal para dar paso al estado monárquico[9].

El caballero en las novelas de Chrétien de Troyes

El amor, como lo conocemos ahora, es un invento medieval. Y lo es porque hasta antes de las poesía trovadoresca y las novelas de Troyes, el papel de la mujer en la literatura era pasivo, escenográfico; y en lo social, el matrimonio era un contrato meramente político-económico entre dos familias en el que la mujer, cosificada, tenía como único fin la procreación. Con ellos, la mujer se idealizó y fue capaz de experimentar el amor y despertarlo. “El amor se convirtió en un valor autónomo capaz de entrar en conflicto con otros valores dentro de un sistema ideológico creador de una moral admitida como norma”[10]. El amor pudo ponerse encima de la moral, de la religión y la política.

El amor cortés, como su nombre lo indica, nace en las cortes. Éstas son el espacio de vida de la alta y baja nobleza entorno a un señor o monarca, dentro de un castillo. En los momentos donde la actividad guerrera se reduce al mínimo, donde hay una aparente tranquilidad, los caballeros pueden dedicar sus ratos libres a los banquetes, la caza y los torneos, pero también a la actividad cultural. Los bailes y la poesía de los trovadores en las que participaban hombres y mujeres, poco a poco, llevó a la reconfiguración de sus relaciones. A esta nueva relación individual hombre-mujer se le llama cortesía. Y a grandes rasgos, la cortesía reproduce la relación política feudal: el hombre se asume vasallo de la mujer, la jerarquiza, le jura fidelidad y la idealiza por medio del cortejo —supone a su dama por encima de todas las demás. Al idealizarla, la mujer se convierte en el reflejo de valores trascendentes.

Fue en Aquitania, con el duque Guillermo IX, donde comenzó a enriquecerse la actividad cultural cortesana. Él mismo fue poeta y su mayor aportación fue hacer del amor un motivo de vida. Los trovadores occitanos, sus discípulos literarios, desarrollaron esta idea del vasallaje del hombre hacia la mujer y la difundieron por el resto de Europa. En la corte de Francia, la idea del amor cortés llegó a través de Leonor de Aquitania, nieta de Guillermo IX, quien también la divulgó en Bretaña al casarse con Enrique Plantagenet[11]. De las cuatro hijas que tuvo Leonor, fue María quién radicó en la corte de Champagne y tuvo el acierto de admitir en su corte a Chrétien de Troyes.

En Eric et Enide, primer novela escrita por Troyes entre 1150 y 1170[12], se intenta conciliar amor, matrimonio y caballería. En Chevalier au Lion, el caballero Yvain, mediante el artificio del disfraz, a la vez que se lanza a la aventura para conseguir hazañas, logra reconciliarse con su esposa descubriendo su verdadera identidad. Ambas obras, no guardan ningún punto de contacto con la espiritualidad y se rehúsan a aceptar la subordinación del matrimonio al amor. La ruptura llega con Chevalier de la Charrette y Percevel ou le conte du Graal. En la primera, el gran tema es el amor adúltero. Lanzarote es el mejor caballero del Rey Arturo y, al mismo tiempo, el amante de la Reina Ginebra. Más que la fidelidad a su rey, será el amor el motor que lo lleva a vencer el mal, a restablecer la justicia y, en resumidas cuentas, a salvar el reino amenazado del Rey Arturo. Finalmente, en Percevel ou le conte du Graal, su modelo de caballero se espiritualiza, el amor cortés ni siquiera aparece.

Edwin Williamson, filólogo inglés, afirma que en la obra de Troyes la vida del héroe va dirigida hacia dos objetivos: alcanzar la fama a través de hechos de armas y someterse a la idea del amor cortés. El gran desafío de los personajes será mantener un equilibrio entre sus obligaciones públicas y privadas. En el ámbito público, cuya jurisdicción ejerce el Rey Arturo, deberán respetar la ley, la verdad y la justicia; dando cumplimiento a ello obtendrán honor y renombre. Sin embargo, intentar obtener demasiados reflectores, provoca en los hombres el egoísmo, la charlatanería, la envidia. Y como contrapeso a aquellas desviaciones morales se encuentra el amor cortés; el amor requiere honestidad, cortesía, humildad y lealtad. Pero también el amor acarrea peligros y vergüenzas para quien lo pretende. Por lo tanto la gran tarea de este nuevo modelo de caballero será el de sortear lo mejor que pueda los excesos. Sólo el equilibrio puede salvarlo.

Otro elemento característico, quizá secundario, es la educación en la caballería cortesana a través de dos instrumentos: la promesa y la preparación en armas. La promesa asegura la acción del caballero en pos de su palabra, si incumple, existe el duelo legal para deshonrarlo. Y el combate es entonces el único medio objetivo de conocer la verdad, pues Dios siempre está de lado de la verdad. Y no sólo eso, las armas también puede utilizarlas contra aquéllos que engañan, son impostores, aquéllos que trastocan y oscurecen las ideas de justicia y honestidad.

En este punto, Williamson llega a la conclusión de que “la caballería cortesana es un sistema designado para mantener un orden de normas e ideales absolutos que se ve constantemente amenazado, pero que puede reafirmarse gracias a la providencia de Dios y la vigilancia de sus caballeros”[13].

Por lo menos son tres formas las que peligran el orden caballeresco: amenazas fantásticas o maravillosas; algún defecto interno del personaje; y el simple paso del tiempo que ataca la memoria, hace olvidar las buenas conductas y las verdades eternas. Por último, cabe destacar la importancia de la apariencia como técnica narrativa. La armadura, la espada y el caballo exaltan virtudes y recuerdan hazañas. En cuanto a las damas, el uso de vestidos de mangas largas permiten que besen sus manos; su cinturón, sus guantes, que ellas pueden utilizar como premio, recompensas al trabajo del caballero. La imagen como representación, indica Aurelio, involucra valores y códigos culturales.

Caballeros y ficciones modernas

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Tanto Erec, Yvain, Lanzarote y Perceval, caballeros de la mesa redonda, no sólo son defensores del reino artúrico y de sus habitantes, en mayor medida, protegen el orden universal, son los responsables de que el mundo como se conoce sigua siendo como es. Una de sus grandes misiones consiste en justificar una ideología. Los superhéroes no distan mucho de este modelo. Como sus ancestros, cumplen con deberes públicos que les otorgan fama y con deberes privados para con su enamorada y amigos; su mayor virtud es conseguir el equilibrio entre ambas: son prudentes, nunca alardean. Como Yvain guardan una identidad secreta, las promesas detonan su aventura (la muerte del tío Ben en Spiderman), y la fealdad de sus enemigos es correlativa a su ausencia de moral. Por ejemplo, Batman —empresario benévolo que por las noches se coloca una armadura sofisticada— y el Capitán América —antiguo militar, cuyo escudo es su mejor arma— se erigen como los grandes defensores del capitalismo y la democracia.

En las telenovelas se respira el amor cortés a más no poder, la tensión de sus tramas no son más que la secuencia entre el deseo por la mujer idealizada, su cortejo, el impedimento y la satisfacción. En el género policíaco, inaugurado por Edgar Poe, concurre la “queste[14] medieval. La búsqueda y la doble búsqueda. En Le conte du Graal, el Rey Arturo encomienda tanto a Perceval como a Galván la misma empresa y ambos caballeros avanzan por caminos diferentes. En este recurso, el fracaso de uno acentúa el valor y las habilidades del protagonista. Cuando la policía es incapaz de identificar al responsable en los crímenes de la calle Morgue o dónde se encuentra la carta robada, basta con llamar a Chevalier Dupin para que mediante su búsqueda intelectual resuelva el misterio. Lo mismo ocurre cuando, tras una investigación simultánea, Sherlock Holmes evidencia la incompetencia de Scotland Yard.

Pero aún queda una pregunta por resolver y quizá sea la más difícil. ¿A qué se debe el éxito arrollador de ficciones como Game of Thrones, The Lord of the Rings y The Pillars of the Earth?

Para dar una posible respuesta basta con leer las noticias. No hay día que el narcotráfico y la irresponsabilidad del estado no cobren víctimas. Vimos arder en una hoguera los cuerpos de cuarenta y tres normalistas, las amenazas y abusos de los cárteles se volvieron tan insoportables en estados como Michoacán y Guerrero que las comunidades tuvieron que armarse y hacer justicia por su propia mano, amanecen cuerpos cercenados o colgados en las vialidades, los niños siguiendo este ejemplo juegan a matarse, otros ayudan a disolver cuerpos en ácido. Pero esta violencia desmedida e irracional no es propia de México; en el mundo, los fanatismos religiosos y el odio racial siguen el mismo camino. Nuestra violencia no tiene límites. Puede que en la Edad Media la violencia fuese mayor, sin embargo existe una gran diferencia: la violencia de sus caballeros tenía códigos de conducta.

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[1] Aurelio González, Caballeros y libros de caballería, “La construcción de la figura del caballero”, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, México, 2008, p. 70.
[2] Jean Flori, Caballeros y Caballería en la Edad Media, Paidós, España, 2001, p. 237.
[3] Isaac Asimov, La alta Edad Media, Alianza, España, 2013, pp. 39-44.
[4] Caballeros y libros de caballería, Aurelio González y Teresa Miaja (editores), Antonio Rubial García, “Caballeros y caballería. Su entorno histórico y cultural”, Facultad de Filosofía y Letras, México, 2008, p.10.
[5] Maurice Keen, La caballería: la vida caballeresca en la Edad Media, Ariel, España, 2010, pp. 15-17
[6] Edwin Williamson, The Half-way Hourse of Fiction, María Jesús Fernández Prieto (trad.), Taurus, España, 1991, Persiles-202, pp. 28-34.
[7] Edwin Williamson, The Half-Hoyse of Fiction, Mario Vargas Llosa, “Presentación”, p.14.
[8] Jean Flori, op. cit., p. 237.
[9] Aurelio González, op. cit., p. 73.
[10] Jean Flori, op. cit., p. 241.
[11] Ibid., p. 246.
[12] Chrétien de Troyes, Erec y Enide, “Presentación”, Carlos Alvar, Alianza, Madrid, 2011, p.9.
[13] [13] Edwin Williamson, op. cit., p. 37
[14] Chrétien de Troyes, El caballero de la carreta, “Introducción”, Carlos García Gual, Siruela, España, 2000, Biblioteca Medieval VIII, p.30.