Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), el deber cinematográfico

Juan Manuel Noguez
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

 


“(Anna) –Why don’t you kill us?
(Peter) – [smiling] You shouldn’t forget the importance of entertainment
                             Funny Games, Michael Haneke, 1997.

EL ESPECTÁCULO, según su definición, no es propiamente una manifestación pública desinteresada: del verbo en latín spectare (contemplar, ver detalladamente) y el sufijo culum/culus que designa medios o instrumentos. La idea contemporánea del espectáculo connota inevitablemente el entretenimiento y la diversión.

En la actualidad, la impersonalidad que nos otorga la tecnología ha hecho que las exigencias humanas sean cada vez más llenas sin ser menos arbitrarias. Todo ahora tiene que ser viral y despreocupadamente concreto. El conocimiento, la fama y las relaciones sociales se han reducido a 140 caracteres, a seis segundos de video, a una comunicación unilateral que nos satisface. Somos el resultado de una necesidad cultivada inconscientemente por un movimiento social despreocupado. Algunos sociólogos y filósofos modernos han llamado a esta sociedad como arrogante y narcisista; no obstante, se ha comprobado con ayuda de la Pirámide de Maslow que el sector pobre queda fuera de este comportamiento, porque está demasiado ocupado por sus necesidades primarias como para actuar de una forma preponderante; sin generalizar, el dinero moldea la consciencia humana. El mundo siente un vacío generado por una realidad rechazada que se colma con todo lo demás. Se necesita del entretenimiento para.

Este precepto ha llegado al arte, al cine. La necesidad de estimulantes visuales fáciles de digerir ha llevado a las grandes distribuidoras a producir toda clase de historias remasterizadas, apostando por digitalizar películas antiguas o a adaptar cómics y viejos clásicos de cine con alguna nueva técnica como el live-action, movida que no está mal −del todo− porque en el mejor panorama, los magnates cinematográficos apostarían por guiones originales de la misma manera que lo hacen con los adaptados, pero eso simplemente no sucede. Se han creado personajes, figuras públicas con propósito de mercadotecnia; a pesar de la mediana calidad de las historias que se ven hoy en el cine, las pequeñas fortunas siguen moviéndose entre directores, actores, guionistas, casas creativas y, sobre todo, grandes compañías de comunicación y entretenimiento.

En esta brecha de la realidad, sirviendo como contrapunto, entra naturalmente Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia); el galardonado filme de Alejando G. Iñárritu es, aunque más complicado que esto, una crítica a la industria cinematográfica obsesionada con el valor lucrativo del arte por encima del interés propio de la obra.

Iñárritu accede a este territorio que se ha impuesto sigilosamente y comienza a desmentirlo por pedazos. No existe un elemento fuera de lugar, con la ayuda de −muchos mexicanos− Emmanuel “El Chivo” Lubeski, Antonio Sánchez, Martín Hernández y, prácticamente todo el reparto actoral, Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) entrega la suma de sus partes: la fotografía precisa para mantener el plano secuencia, el score de un jazz improvisado y las interpretaciones que, debido a que se ha dicho que Michael Keaton y Edward Norton se interpretan a sí mismos, triunfan en atraer y “concientizar” al espectador. La declaración de Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) se funda en Riggan Thomson a.k.a Birdman, en el deseo continuo de la popularidad a través de su valor como persona; en su caso particular y ficticio, desea que el medio escénico, la obra teatral que él mismo escribe, produce, dirige y protagoniza, le devuelva el reconocimiento que obtuvo en su pasado al interpretar tres veces a dicho superhéroe en la pantalla grande; ansía que los demás factores, incluyendo a su hija y su turbulenta pareja amorosa entre muchos, roten en su individualidad para engrandecerlo o, en su defecto, no eclipsarlo. Riggan Thomson encarna a la figura que pretende levantarse contra el mundo actoral pedante que lo rodea, pero únicamente por el hecho de que está fuera de éste; quiere demostrar su mérito.

Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) resalta y enjuicia ciertos puntos que se han ido concentrando en las facetas pretensiosas y sensibles de los actores, en el conato creativo, en las críticas injustas y caprichosas, en el concepto del éxito y, tras eso, el amor. Todo funciona metódicamente para que lleguemos a preguntarnos, entre muchas cosas: “How did we end up here?[1] (Birdman Iñárritu 2014).

La vida que envuelve al cine comercial fusiona infundadamente, pero con facilidad, dos conceptos: celebridad y artista. Celebridades desechables e intercambiables, piezas que solamente aportan difusión para generar más entradas y más dinero, más producciones, menos dinero −ciertamente− para secuelas, remakes y compra-venta de derechos creativos para así, obtener más y, los artistas que están también ahí, desde la misma línea, tratando de seguir expresando su visión, limitados por la audiencia que necesita espectáculo y arte a la vez, como si fácilmente existiera el núcleo común, porque existe ¿no es así?

Por eso funciona y se sostiene Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), la verdad dentro del guión va sobre la marcha, se fundamenta con la objetividad del mundo que amenaza; crea un balance, una sátira en donde se evidencian las razones necesarias para la auto-reflexión sobre la popularidad; pero no retoma las circunstancias establecidas para la audiencia, sólo las de los personajes que ofrecen el producto, la manera en cómo lo hacen y por qué lo hacen.

“Todos tenemos un Birdman” asegura el director mexicano, pero ¿en qué medida? Iñárritu lo ha señalado abiertamente, el móvil de su película se presenta en el egocentrismo, en aquella voz que: “es tan ruidosa, que creemos que somos ella misma […] que nos promete cosas, que nos dice qué es lo que deberíamos haber hecho, qué es lo que deberíamos hacer, que juzga”. El nivel de egocentrismo dentro de una persona es especulativo, es decir, en realidad no es precisamente cuantificable y sus características difieren entre individuos; sin embargo, el filme se limita a desenvolver estupendamente el tema dentro de la escena cinematográfica hollywoodense, en donde cada vez pareciera haber más inconsistencia artística pero nunca espectacular. Aun así, el negocio consiste en un sistema en donde el consumidor integra el beneficio neto de las empresas. Reaccionamos en multitud por lo que Gustavo Le Bon −un psicólogo y sociólogo francés conocido por su trabajo sobre las masas− denomina alma colectiva, ésta construye una nueva brecha de pensamiento que se diferencia de cada uno de los sujetos que la conforman, seguimos, por omisión, una superficie en la que podríamos no estar acuerdo como singulares. “Popularity is the Slutty little cousin of the Prestige[2] (Birdman Iñárritu 2014) dice el personaje de Edward Norton; la popularidad está originalmente unida con el concepto de pueblo, sirviéndome de nuevo del diccionario, es la “aceptación y aplauso que alguien tiene en el pueblo”. Inherente a las celebridades, yacemos con los ojos abiertos, esperando por más; ante el prestigio de un artista, la popularidad de la celebridad parece ofrecerle más al alma colectiva.

“Adoor Basi no intentaba llamar la atención. Sólo intentaba ser digno de la atención que le prestaban”. En la novela El Dios de las Pequeñas Cosas, Adoor Basi es, en efecto, un actor que ha bajado del avión y se ha encontrado con un grupo de personas que lo reconocieron por su labor, entonces comenzó a juguetear. No sabemos el origen de lo que lograría visualizarse como un círculo en donde el espectador hizo a la celebridad, pero la celebridad alimenta al espectador y viceversa; únicamente somos parte de un sistema de compensaciones en donde el público es parte de la grandeza de la celebridad, ambos sectores delimitados forman una singular relación en donde pareciera que los individuos como unidad son prescindibles. De aquí al siguiente punto, la identidad.

La identidad es un aspecto complejo dentro del humano, la percepción de ésta cambia en el espacio-tiempo al que estamos arraigados; con el tiempo, las herramientas tecnológicas nos han maravillado con las pequeñas cosas que los biólogos han alcanzado, la inmensidad del espacio que han probado los astrónomos que existe, pero quizás, el mayor misterio somos nosotros. Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) establece un modelo un tanto extremo que no por eso deja de ser cierto: Sam Thomson, el personaje interpretado por Emma Stone, mientras platica con su padre (Riggan Thomson), sentencia: “Means something to who? […] I mean, who the fuck are you? You hate bloggers. You mock Twitter. You don’t even have a Facebook page. You’re the one who doesn’t exist…”.[3] Mantenernos en la raya divisoria entre ser y no ser parece ahora tangible. ¿Qué tan cierto es lo que Iñárritu propone? No es suficiente verlo desde afuera, para ser reales debemos ser parte del círculo que nos sugiere la colectividad, si se empieza a ir en contra del alma colectiva creada, no existimos ¿o existimos alternadamente?

De la misma manera que el teórico director de cine Michal Haneke hizo en 1997 con su película Funny Games, al magníficamente retratar un arbitrario filme en donde se critica con dureza el sadismo involucrado en el espectador cuando veía alguna de las películas estadounidenses llenas de violencia, Iñárritu lo hace con Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) al proponer una estructura emergente en la sociedad contemporánea; la sinceridad del film camina entre los espectadores, la comedia negra suaviza el adagio y el aparente núcleo común del arte y el espectáculo empieza a notarse. En el final, al tener una similitud extraña con Interstellar, el amor luce como la solución dentro de la película, fuera de ésta aún no se sabe.

El prólogo de Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) es ahora epílogo:

And did you get what

you wanted from this life, even so?

I did.

And what did you want?

To call myself beloved, to feel myself

beloved on the earth”* (Raymond Carver “Late Fragment) [4]


[1] ¿Cómo terminamos aquí?
[2] La popularidad es la prima puta del prestigio
[3] ¿Significa algo para quién? Quiero decir, ¿quién demonios eres? Odias a los blogueros. Te burlas de Twitter. Ni siquiera tienes una página de Facebook. Tú eres quien no existe.
[4] “¿Y conseguiste
lo que querías en esta vida, a pesar de todo?
Lo hice.
¿Y qué querías?
Considerarme amado,
sentirme amado en la tierra”
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