El espectáculo, a la manera de Orwell

Portada de revista ¡HOLA!, no. 331
Adolfo Ulises León López | Facultad de Derecho, UNAM

 

EL BASTA! es el primer periódico de espectáculos en México. Tiene apenas cuarenta páginas y su precio de cuatro pesos lo hace competir con El gráfico y el Metro en el área metropolitana. Es propiedad del empresario Miguel Cantón Zetina que tiene además una red de periódicos en el sureste del país. Comenzó a circular hace ya cinco años y, durante sus inicios, trabajé en él como corrector de estilo. Hasta ese momento, la fórmula de los programas de televisión dedicados a la farándula así como TvyNovelas y otros semanarios eran bien conocidas: fotografías comprometedoras en la intimidad, romances y anuncios de nuevas producciones. Pero un periódico de espectáculos parecía una idea atrevida, un producto destinado al fracaso. ¿Cómo llenar diariamente veinte páginas —de dos a tres noticias por página— con dicho contenido? ¿Se vendería? Las respuestas llegaron a los pocos días de trabajo y desde entonces, en lugar de esclarecer mi perspectiva del espectáculo, la han vuelto más difusa. Visto a perspectiva, las preguntas se han multiplicado y extendido a otras disciplinas como el derecho y la política. Éstas, son el motivo del presente artículo, que, además, se encuentra aderezado con la lectura de La civilización del espectáculo de Mario Vargas Llosa.

Recuerdo que eran casi las diez de la noche, el último pliego estaba por enviarse y por alguna razón una de la notas principales no llegó. Molesto, el editor de espectáculos se paró detrás de mí, me pidió abrir un documento y comenzó a dictar. Se trataba de la conferencia de prensa de una nueva telenovela. Sí, en menos de cinco minutos la poderosa imaginación del señor G* recreó la atmósfera del evento, agregó picante a las declaraciones de un par de actrices, llenó de halagos al guionista, los hizo sonreír, ponerse de pie y dar las gracias. En fin, lo redactó de tal manera que en verdad parecía haber estado ahí. Otra sorpresa ocurrió después. Era temporada decembrina y como sucede tanto en política y deportes, en espectáculos había que buscar noticias hasta por debajo de las piedras: cualquier estornudo podía ganarse la portada. Durante muchos años, el señor G* fue responsable de Tvynovelas, mantenía buena relación con muchas celebridades y tuvo la idea de montar una exclusiva. Desconozco los términos del acuerdo, el hecho fue que nuestro fotógrafo simuló un “paparazzi” en Plaza Antara. La actriz debía limitarse a hacer compras de lencería acompañada de sus hijos.

Sin embargo, no todo el contenido era ficticio ni intrascendente. El 29 de noviembre de 2010, el entonces gobernador mexiquense Enrique Peña Nieto se casó en la catedral de Toluca con Angélica Rivera. El periodista Jenaro Villamil simbolizó el acto como la unión entre Televisa y el grupo Atlacomulco. Y a diferencia de lo que ocurría en otros medios informativos “serios” donde la estrategia de encumbrar al joven gobernador consistió en disfrazar la propaganda mediante noticias de una loable gestión, entrevistas y reportajes; a nadie parecía importarle lo que publicaran los medios rosas. El Basta! y Tvynovelas, por ejemplo, sin necesidad de argüir maniobras tan elaboradas, optaron por el descaro. Durante todo ese mes de noviembre se consiguieron testimonios de amigos y familiares de Angélica Rivera —desde Lucero hasta Verónica Castro— que decían sentirse felices por la posibilidad de que la también actriz se convirtiera en Primera Dama. Su ex esposo, El güero Castro, incluso aventuró a decir que le entusiasmaba la idea de que sus hijas vivieran en Los pinos: faltaban todavía dos años para las elecciones presidenciales. Peña Nieto no era un político sino un actor cuya galanura, su porte, había que enaltecer. ¿Qué traje y nudo de corbata utilizaría para la boda? Los modistos, enfrascados en arduos debates, se quemaban el seso para dar la mejor respuesta.

En pocas palabras, el Basta! —este tabloide aparentemente inofensivo, lo suficientemente frívolo para alejar de él a intelectuales y lo suficientemente accesible para atraer a sectores marginados— gana en lo político y en lo económico. Nunca escuché que su propaganda sínica encendiera la alerta del entonces IFE. Desde las reformas constitucionales de 2007 a los artículos 41 y 134, se prohibió, tanto a los partidos políticos como a los tres órdenes de gobierno, contratar por sí mismos o por terceros propaganda que implicara una promoción personalizada de algún servidor público.

Diario Basta!, portada.
Diario Basta!, portada.

Aunque único en su especie, el Basta! es también un consecuencia necesaria de lo que Mario Vargas Llosa denomina La civilización del espectáculo. En este ensayo, publicado en 2012, el autor sostiene que en nuestras sociedades el valor más importante es el entretenimiento, el no aburrirse. Esto, dice, ocurrió por dos razones. Tras la Segunda Guerra Mundial en occidente —en Estados Unidos, mejor dicho— se detonó un gran desarrollo económico que trajo consigo a una próspera clase media. El ocio, anteriormente visto como un vicio, se convirtió en un derecho y alrededor de él se multiplicó la industria de la diversión. Ésta, que en un principio fue exclusiva de las clases altas, poco a poco se desbordó de la punta a la base, hasta convertirse en un imperativo de vida. Por otro lado, en las sociedades abiertas es impensable la idea de que la cultura continúe siendo el patrimonio de un élite cerrada, en consecuencia, ésta debe democratizarse. Hasta inicios del siglo pasado, la cultura era entendida como “una brújula que permitía a los seres humanos orientarse en la espesa maraña de conocimientos sin perder la dirección y teniendo más o menos claras las prelaciones, las diferencias entre lo que es importantes y lo que no lo es. (…) Les servía para establecer jerarquías y preferencias en el campo del saber y de los valores estéticos (p.71)”. Ahora, en armonía con la política liberal, la cultura es entendida en su sentido antropológico. Es decir, en ella caben todas las expresiones de una sociedad, todo lo que dicen, hacen, temen o adoran. Además, todas las culturas se equivalen, no hay una que valga más que otra.

Las consecuencias de estos argumentos atañen a la manera en que tomamos decisiones y resolvemos problemas. Si lo más importante es no bostezar, la diversión tiene que ser aquello que sólo exija pasividad. Ver, oír y sentir no requiere el mínimo esfuerzo; por el contrario, la lectura demanda un ejercicio de decodificación y abstracción, lo mismo que pensar y debatir. Al sustituir ideas por imágenes, también reemplazamos la crítica por la publicidad. Si antes los filósofos, los escritores y los académicos eran quienes orientaban muestras elecciones y proporcionaban argumentos para reflexionar sobre la condición humana, ahora esa tarea pertenece a las agencias de publicidad. Éstas, como técnica de mercadotecnia, se apoyan en los personajes que mejor representan la levedad: deportistas, músicos, actores. Con esta lógica se han amoldado la política, la información y las artes.

Cometería un error al compartir la melancolía de Vargas Llosa por un mundo donde los intelectuales reinaban. Simplemente se trata de un mundo que no viví. Si la literatura actual es frívola, ligera, basta con no leerla. Los impulsos del arte son caprichosos y al final del día sólo la prueba del tiempo dirá cuáles son buenas.

Lo que me parece irresponsable es no dedicarle a los binomios política-espectáculo y derecho-espectáculo la atención que merecen. Hay muchas maneras de hacerlo; los reality shows son posibles gracias a contratos que la mayoría de las veces entran en conflicto con preceptos constitucionales. De algún modo BigBrother es posible aunque la libertad no sea materia contractual. La Academia Kids o Pequeños Gigantes chocan con la prohibición laboral de los menores de catorce años y con su derecho a la educación. Otra manera, es acercarse a sus medios impresos y programas televisivos. Por ejemplo, por medio de un especial en la revista ¡HOLA! los reporteros Rafael Cabrera y Daniel Lizárraga llegaron a descubrir la Casa Blanca de las Lomas cuya propietaria es Angélica Rivera. Un caso más reciente y que sugiere un triángulo de colusión entre espectáculo, narcotráfico y gobierno. Al día siguiente de la muerte de Joan Sebastian, en Juliantla, Guerrero, una enviada de ForoTV pidió el testimonio de Federico Brito Figueroa, hermano del cantante. El pasado 05 de mayo, en la carretera México-Cuernavaca, cerca de la avenida Vicente Guerrero, apareció una narcomanta en la que señalan a Federico Brito Figueroa como nuevo líder de Guerreros Unidos. Entonces, en calidad de testigo, la Fiscalía de Morelos le giró una orden de comparecencia, a la que no se presentó. ¿Qué tantas cosas habrá enterradas en la prensa de espectáculos?

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