El escritor

Adrián Olivares Monroy
Psicología, Facultad de Estudios Superiores Iztacala

I

He de suponer que todo empezó ese día. Recuerdo que si bien, no era lo que se conoce como el más afable; sí era social, atento y comprometido a sus deberes. Cualidades que cada día se fueron perdiendo en esa habitación. Yo sabía que eso le haría daño, que no iba a terminar bien, pero no es posible detener a quien vive para escribir.

Maldigo el día en que no lo acompañé. Ese día aparentemente cualquiera de Febrero. Un día escolar, nada fuera de lo común. En un momento de nuestra amena plática; después de discutir quién era mejor, ¿Dostoievski o Tolstoi?, me dijo enardecidamente:

−El mundo de la literatura me está esperando y no he podido hacer más que uno que otro cuento. Cuentos que no han obtenido más de unos nueve likes, ¡nueve likes! El mundo se está quedando sin lectores que sepan apreciar un buen trabajo y peor aún, se está quedando sin escritores.

−Eres joven, ¿de qué te preocupas? –le pregunté.

−Es que no entiendes –contestó−. A mi edad muchos ya habían empezado su carrera y otros tantos como Vega escribían a diario. ¿Y yo?, yo no puedo terminar un simple cuento.

−Exageras como siempre. Mejor date prisa; estamos a una falta de que nos reprueben.

−Vete. No me importa asistir. La pasaré en final. El maestro es aburrido. Los compañeros carecen de una opinión, son unos idiotas. ¿Ves? aprendo más en mis libros que en esas clases.

−¡Mmm! Lo que digas –le negué con la cabeza −. Nos vemos al rato.

Si hubiera podido adivinar que en ese lugar Carlos encontraría la razón de su ruina, no me hubiera permitido dejarlo ir. ¡Pero quién fuera Argos para saber lo que nos acecha en cada rincón de nuestra existencia! Incautamente, como vaca en matadero, me fui a mi clase.

Efectivamente: Carlos tuvo razón. El tema sin ser particular, aburrió a la mayor parte de la clase; contingentemente se presentó la falta de participación por mis compañeros y hasta mis intervenciones, si se puede decir que son especiales, carecieron de interés. Carlos acertó, le hubiera gustado saber todo lo sucedido, lo sé, pero él ya sabía que pasaría, el decirlo, solo le subiría el ego.

Tan pronto como terminaron las clases salí del salón con paso acelerado, en busca de mi amigo. Estaba seguro que el motivo de su tardanza era un libro y me intrigaba saber cuál iba a ser el del que me hablaría todo la semana, sino es que todo el mes. No había otra cosa que lo apasionara tanto como un libro, en ellos se iba su dinero y su tiempo.

Cuando lo encontré, ahí estaba: sentado en la misma jardinera de siempre; echado espalda al suelo, recargado en su mochila, con la mirada ávida que lo caracterizaba cuando tenía un libro entre sus manos. Me acerqué cautelosamente para no interrumpir su lectura, no es necesario, por lo general me ve, se fija en el número de la página y me comienza a hablar de lo genial del libro; pero esa vez no lo hizo, pensé “debe ser muy buen libro”, por lo que decidí esperar un momento. Seguí esperando a su lado unos cuantos minutos, sin embargo, los minutos se prolongaban y él no me decía ni los buenos días, –Carlos, ¿qué tal está? – en tono bajo, refiriéndome al libro. Pero no respondió. En mi molestia ante tal comportamiento, le di un golpe con la palma de mi mano en su amplia frente. Su cuerpo se agitó violentamente después del arrebato; parpadeó repetidas veces, como si lo hubieran despertado de un profundo sueño, se frotó la frente e inmediatamente de forma soñolienta exclamó –¡Qué onda!, ¿a qué hora llegaste?−. No pude responderle en el momento, me sorprendí; ¿cómo es posible que estuviera tan inmerso en la lectura? No obstante, vi en los ansiosos ojos de mi compañero su falta de conocimiento en lo acontecido; le dije que ya llevaba tiempo esperándolo, que camináramos hacia la entrada y que le contaría todo.

Mientras caminábamos hacia la puerta principal le conté lo que acababa de suceder. Él se disculpó, me hizo saber que el libro era algo diferente a todo lo que él había leído (ninguna novedad). Pero en un instante la sorpresa volvió a mí. Carlos de un momento a otro, entre sus pensamientos y palabras me dijo –“El libro dice que terminaré de escribir mi cuento el año que viene. No puedo esperar hasta el siguiente año, es necesario que empiece a trabajar.” −. En el momento en que terminó de pronunciar la última palabra, se alejó rápidamente de mi lado y se fue hacia el lugar donde toma el camión. Me dio igual (nunca pensé que tal error podría costarme un amigo). Esperé llegar a mi casa y buscarlo activo en alguna de sus cuentas. Pero la realidad es que no volvió a la escuela en lo que resto del mes. No sé conectó, no contestó llamadas y como siempre nos quedábamos de ver en algún lugar público, no sabía cómo llegar a su casa, por lo que fue imposible buscarlo.

II

La primavera se avecinaba y yo estaba totalmente angustiado. Busqué a Carlos con todos sus contactos, pero a nadie le importó su desaparición y a los que sí, sus esfuerzos no pasaron de una llamada, que al igual que las mías, no fueron contestadas.

Un día, saliendo de mi última clase, me dirigí hacia la biblioteca. Tenía que sacar un texto muy importante para la clase del día siguiente. Iba caminando como aquél que acaba de hacer el ridículo; con la mirada baja, a prisa y verificando que nadie lo viera. En un vaivén de mis ojos, lo vi. Lo vi sentado en una banca de la biblioteca y por lo que parecía, con el mismo libro que le tenía tan admirado. Me acerqué lo más pronto posible y lo saludé, pero como la última vez, no respondió. Mi desesperación era tal, que decidí retirarle ese maldito libro de sus manos. Cuando mis manos descubrieron su rostro o lo que en algún momento se llamó rostro, lo que vi no se asemejaba a lo que yo recordaba. Lo que estaba detrás de ese libro no era un joven, no era mi amigo que dejé de ver hace un mes. Nunca había visto la piel tan pegada al hueso; ni unos ojos tan amarillos; pero sobre todo, nunca, nunca había visto una piel que permitiera ver tantas venas, como las que yo vi en ese deformado rostro.

—¿Dónde has estado?, ¿qué te paso? —pregunté.

—Trabajando —contestó y me arrebató en un parpadear el libro que le había quitado—. Ya terminé mi cuento. Aquí está.

Sacó de su mochila un libro y con su delgado brazo me lo ofreció. Lo tomé, “La vida de un cualquiera” de Carlos Hernández. En efecto, era su primera publicación. Después de leer el prólogo, le devolví el libro a lo que él se negó. Me dijo que era un regalo; lo cogió, abrió la portada y me personalizó un autógrafo. Antes de poderle agradecer, me dijo “¿Ves?, el libro se equivocó, no lo quiere admitir”. La idea de un libro que no quiere admitir sus errores me pareció una locura y por lo que me dijo después, me dio a entender que mi rostro había hablado por mí.

—Sí, no quiere admitirlo, lo volví a leer y pareciera que siempre tuvo la razón. Está escrito que yo iba a terminar mi primer cuento en este mes de marzo, ¿te acuerdas? Él había dicho que terminaría el siguiente año —asentí con la cabeza— y ahora no está.

En ese momento, estiré mis brazos en búsqueda de la coherencia que mi amigo había perdido. Pero Carlos, instintivamente, como si fuera la vida misma la que se le intentara quitar, escondió el libro entre sus brazos y emprendió una marcha a paso forzado para alejarse del lugar. Lo seguí lo más que pude insistiéndole en que me permitiera acompañarlo a su casa. Pero ni los rostros de los que me veían me hubieran hecho sentir tan loco como la indiferencia de Carlos ante mis ruegos. Era como estar hablando solo. Nos detuvimos en la parada del camión, le dije a Carlos por última vez que me permitiera acompañarlo. Pero todo fue en vano. Entre el camión y el libro, Carlos ascendió al camión. Yo sólo pude observar como tomaba su asiento, mientras sus ojos devoraban lo ya visto.

III

Trece años pasaron para volver a recibir algo por parte de mi amigo perdido. Que si bien, cada libro que publicaba me dio alguna idea de él. Su imagen se fue desvaneciendo desde ese incidente en la biblioteca. No se publicaban fotos o entrevistas de él; no hubo firma de autógrafos en las librerías como lo hubiera hecho cualquier otro escritor; de su vida social se desconocía todo, excepto que residía en un departamento de la ciudad, el mismo en el que termino de vivir sus últimos días.

Así se fueron los trece años de su esplendorosa carrera como escritor. La cual culminó una semana antes de recibir el paquete que me daría noticias de él. Un paquete cuyo contenido, el sólo recordarlo me provoca ese cosquilleo que empieza en el cuello y se recorre por todo el cuerpo; aquella sensación insoportable que me hizo quemar ese paquete que nunca hubiera querido recibir. Pero, Carlos quiso que lo tuviera. El porqué no lo sé. Pero entiendo cómo murió.

Cuando se me hizo entrega del paquete que el mismo Carlos Hernández me había heredado tras su repentina muerte, que se dio a conocer por los medios de comunicación como un infarto. Me retiré a mi comedor para continuar con mi desayuno. Puse el paquete sobre la mesa, no era grande, evidentemente era algún libro y qué podría esperar de alguien que amaba tanto los libros. Pensé que era alguno de sus libros autografiados, firmas que valdrían mucho; pero no fue así. Abrí el paquete y ahí estaba, ese libro de pastas cafés y viejas; no tenía el nombre del autor y estaba titulado “Mi vida”, escrito con letras doradas. En mis manos tenía el libro que había perturbado por tanto tiempo la vida del que fue mi mejor amigo. ¿Qué hacer? El leerlo no sé a dónde me podría llevar. ¿Si terminaba como él?, pero cómo había terminado él. ¿Qué es lo que estaba escrito que le llamó tanto la atención? No pude en el momento decidirme a leerlo, el miedo a lo desconocido me impidió pasar de la primera página. Lo dejé sobre la mesa y continúe con mis actividades diarias.

Supuse que dejando el libro en el estante acabaría evadiendo la curiosidad de leerlo. Pero semanas completas, mi dormir se veía interrumpido con sueños en donde veía el rostro de Carlos degenerado por el hambre y la falta de descanso; donde el libro que se mantenía en apariencia cerrado siempre se abría dejando correr a gran velocidad sus hojas, como si me pidiera que lo leyera.

No podía más. El cansancio me había impedido desempeñarme en mi casa y en el trabajo. Los sueños ya no solo eran en la noche, se me presentaban en mis pensamientos. No podía concentrarme, era necesario que leyera ese libro.

Y así fue. Una tarde regresando del trabajo, tomé el libro de donde lo había dejado. Me senté en el sillón y dí inicio a la lectura del endemoniado libro.

No había duda, era la vida de mi amigo Carlos, cada evento que viví con él estaba escrito entre sus páginas. Las cuales me revelaron el trabajo y castigo que mi amigo sufrió durante los últimos trece años que lo perdí de vista. Hambruna, desvelo, aislamiento. El libro no permitió que el pobre se separara de él.

Quise notificar de la existencia del libro. Pero, ya no podía hacerlo. Cuando volví a abrirlo, lo único que encontré entre sus páginas fue una vida, pero no la de Carlos, sino la mía. En ese libro se supone estaba el final de mi vida. ¿Perder mi vida por lo que no me toca todavía? No era la opción. Quemé el libro para que no hubiera otro que quedará atorado entre sus páginas.

Ahora lo recuerdo como un suceso; que no me atrevo a decir sobrenatural. Quizá el estrés o la falta de sueño me hicieron hacer y pensar lo que pasó. Sin embargo, a pesar de lo que pudo haber sucedido nunca olvidaré el último renglón de la vida de mi amigo. “Murió con el hambre de escribir la vida que no vivió”.

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