Emilio y el ciudadano Jean Jacques

Facultad de Derecho, UNAM
Óscar Cuéllar Briseño
Facultad de Derecho, UNAM

UNA LINDA mañana, un estudiante cualquiera de la Facultad de Derecho de la UNAM se acomoda en su butaca, dispuesto con buen ánimo a escuchar las reveladoras palabras del eminente jurista que le llevará por los amplios caminos de la carrera a la que planea dedicar su vida entera. Después de un largo viaje y a medio desayunar (en el mejor de los casos), el dispuesto alumno espera una verdadera iluminación que lo guíe hacia el sendero de la verdad jurídica. Sus expectativas, al parecer, son justificadas: ninguna otra facultad ha dado tal cantidad de luminarias del Derecho como aquella a la que tiene el privilegio de pertenecer.

Nuestro joven “prospecto de abogado” aguarda, impaciente, el momento en que su héroe cruce la puerta azul de su entrañable salón. Emocionado, observa el caminar altivo y calmado, la mirada serena y fría, el traje sin arrugas y casi nuevo, la corbata en perfecta posición, el elegante portafolio y los zapatos bien lustrados de su profesor. El maestro se dirige imponente hacia la silla, desde donde dará el sermón… ejem, es decir, desde donde derramará el caudal de sabiduría que guarda en su eminente cabeza. Se sienta, pasa lista, hace una pausa dramática, y comienza… ¡El verbo de Dios se hace cátedra de Derecho!

Pero al lado de nuestro querido estudiante, que observa extasiado los movimientos de los labios de su estrella, un hombre observa, con el ceño fruncido y el rostro desfigurado por la ira, con los brazos y las piernas cruzadas, con la impaciencia de un niño malcriado, profiriendo balbuceos inteligibles como un anciano cascarrabias. “¿Quién es este irreverente?” decía nuestro estudiante, al contemplar el espectáculo del hombre, al que observaba hacer muecas de disgusto mientras su eminencia pronunciaba su discurso. ¿Cómo se atreve a insultar al profesor con sus ademanes herejes y su postura insolente?

A usted, lector, le responderemos la primera pregunta de nuestro estudiante, aunque es algo difícil contestar, dado que ha sido conocido por muchos nombres. Le han llamado “demonio”. También “ingenuo”, “soñador”, “socialista”, “enemigo de la religión”. Pero la mayoría de sus compañeros primates, habitualmente le conocemos por otro mote igual de artificioso: “Jean Jaques Rousseau”. ¿“Ciudadano Jean Jaques”, le parece? Así lo referiremos nosotros.

El ciudadano Jean Jaques nació en Ginebra, en el año de 1712. Sin embargo, tal y como suele acontecer con esos meteoros intelectuales que caen del cielo para dejar huellas profundas sobre la tierra, una parte de su ser fue pulverizada por el impacto: su madre, Susana Bernard, moriría al parir al filósofo. La primera de sus desgracias, tal y como la calificaría más adelante en sus confesiones, había ocurrido.

Tras la tragedia de su madre, en 1722, se iría al exilio con su padre a Vaud, por una acusación infundada de una poderosa familia de Ginebra. Allí sería criado en casa del pastor Lambercier, y se iniciaría en la lectura de algunos de sus mejores compañeros: el sobrio historiador romano Tácito, el agudo psicólogo de la antigüedad Plutarco, y el jurista Hugo Grocio. También datan de ese época los primeros destellos de un rasgo distintivo de su temperamento: el elevado concepto que tenía de sí mismo, llegando muchas veces a considerarse infravalorado por los que le rodeaban. Constante que se mantendría hasta los últimos años de su vida.

La segunda de sus desgracias ocurriría el 14 de marzo de 1728, cuando nuestro mancebo ciudadano Jean Jaques, de tan sólo 15 años, tuvo que dejar su querida Ginebra, después de desobedecer un toque de retreta. A partir de ahí empezaría el peregrinar hacia París, primero, para conocer a aquellos hombres ilustrados en los que tanta fe tenía, y después hacia distintos puntos de Francia, huyendo de las muchedumbres excitadas por los mismos hombres a los que él mismo había llamado amigos.

Porque los textos de nuestro ilustre ciudadano, antes como ahora, han sido llamados “herejes”. Su visión, ahora vista como una ramplonería, del hombre bueno por naturaleza, en aquella época era vista como un desafío a la religión establecida, que postulaba el pecado original del hombre y por lo tanto su maldad como un dogma de fe. Su idea de la soberanía residente en el pueblo, era un atentado contra el Derecho de los reyes a gobernar a los pueblos por mandato divino. Su desconfianza ante las ciencias y las artes, que a su juicio no aportaban progreso alguno, sino sólo decadencia y degradación si no eran acompañadas de la rectitud moral y los buenos sentimientos, sería vista como errónea y peligrosa para sus “amigos” D’Alembert, Diderot y Voltaire. Éste último, lector, a quien bien atinadamente se le debería llamar “El Bufón de la Ilustración”, por sus malos chistes cultos (mas malos que los que Kant nos cuenta en Crítica del Juicio, y eso es decir mucho), afirmaría que el ciudadano Jean Jaques estaba lleno de sensiblería e hipocresía, haciendo eco de las quejas de los “traicionados” ilustrados de la época. Poco comprendía el señor Arouet (Voltaire, ustedes saben, es su máscara), aquello que Levi Strauss escribiría más tarde: Jean-Jaques, en su traición a las luces (luces vacías, artificiales, inertes), sería la punta de lanza de la ilustración en la transformación histórica del mundo contemporáneo.

Esa fue la tercera y última de sus desgracias: la persecución. El estigma viajó con él hasta los últimos instantes de su vida, cuando moriría a los 66 años exiliado en su pequeña casita en Ermenonville, en 1778, acompañado de su fiel Thérèse, unos cuantos días después de que Voltaire expirara… Y ahora está aquí, en un salón de la Facultad de Derecho, visto como un bicho raro por uno de esos tantos excelentísimos estudiantes.

¿Razones? Ya se verán, lector, tenga un poco de paciencia. Pero hay que seguir con la descripción del encuentro, ¿No le parece?

Jean Jaques Rousseau en un traje Armenio, Allan Ramsay (1766)
Jean Jaques Rousseau en un traje Armenio, Allan Ramsay (1766)

Termina la clase. Los estudiantes salen del salón comentando las sabias palabras de su maestro. Sólo se quedan nuestro alumno y el ciudadano, especímenes primates de épocas distintas, que se miran con desprecio. El uno y el otro se comprenden muy poco, tan distantes el uno del otro como pueden ser seres engendrados por dioses distintos, por mitos distintos, por pensamientos distintos. El alumno, furioso, rompe el silencio:

—Ciudadano Jean Jaques —espeta—. ¿Qué hace usted aquí?

—He venido a contemplar la época que se reputa como mi hija legítima— contestaba solemne el ciudadano Jean Jaques—. He venido a ver mis frutos cosechados, así como el fértil huerto en el que florecieron, al que llamas “tu época”.

También les hemos enseñado a los niños a seguir antes a la necesidad que a la sus caprichos, ejercitando los sentidos antes que su razón

—Pues usted no luce muy satisfecho. Tal vez sea preciso que le abra los ojos— contestó el joven estudiante—. Nuestra época ya lo ha superado a usted. En efecto, Ciudadano Jean Jaques, usted no es más que un cadáver de polvo que habita en esos libros suyos ya nunca abiertos por los que estudian en estas aulas. Y ello es, en gran medida, su culpa: su labor, coronada de éxito, está condenada a desaparecer en el olvido de aquellos héroes mitológicos llamados “pensadores” que supuestamente forjaron nuestra historia.

—Usted— continúa el alumno— no debió venir aquí. Sus ideas de la educación de los hombres se han implementado desde las más tiernas edades: en efecto, hemos eliminado el pensamiento filosófico de las aulas, incluso hasta en la carrera universitaria, yendo más allá de lo que usted recomendaba. Lo hacemos, por supuesto, en nombre de los pensamientos sobre la educación que usted tanto defendió: antes de imbuirles a los humanos débiles nociones de moral que no entienden, les enseñamos oficios que los hagan más útiles a la sociedad. También les hemos enseñado a los niños a seguir antes a la necesidad que a la sus caprichos, ejercitando los sentidos antes que su razón. Hemos dejado que la naturaleza, a la que tan bien comprendemos y que tanto reverenció, se encargue de la educación de los niños: ahora, en vez de exigirles tareas engorrosas, como memorizar o hacer apuntes, les enseñamos a jugar, a aprender a divertirse, a “comprender”, aunque sea sólo lo que es necesario comprender. En la época en que el progreso ha llegado a su culminación, dígame, ¿Para qué necesitamos al héroe que lo impulsó?

“Incluso aquí, en la Facultad, nos hemos cuidado de seguirlo. Muestra de ello son nuestros dos modelos de preceptores, ambos defensores de lo natural en nuestra época, que canalizan a los alumnos a las actividades que mejor les convienen de acuerdo a sus capacidades: se trata del fariseo iusfilósofo y el Viejo Lobo de Tribunal.

“El alumno soñador, de poco talento para embaucar y por lo tanto para hacer algo útil en la sociedad (sí, Jean-Jaques, sé que tú eras moralista, pero dime: ¿Qué responde mejor a la necesidad que el engaño?), en pocas palabras: el débil y sin talento (esos que tú dijiste eran los malos), puede optar por ser un Fariseo Iusfilósofo. Celoso de los pensamientos sublimes y elevados de los jurisconsultos, el Fariseo Iusfilósofo despotrica en contra de las “ratas de tribunal” y de los “legisladores ineptos”. Enseña cada doctrina de cada filósofo conocido, no teniendo por cierta ninguna, ya que su pensamiento posmoderno, superador de los errores de tu amada modernidad, le ha prevenido en contra de las “doctrinas que definen el derecho”… ¿Para qué queremos definirlo, si el Derecho es lo que menos nos interesa? (exclaman felices los Fariseos Iusfilosóficos). La luz, lo brillante, se encuentra en lo que dijo la Teoría Crítica o Habermas, en la sabiduría de Dworkin o de Hart, en los malabares del lenguaje que practican Raz o Von Wright, en la argumentación y los derechos humanos de Atienza o de Ferrajoli. El Derecho Positivo es casi tan hereje como el Derecho Natural, y ninguno de los dos deben ser reflexionados, pues han sido superados. El reino de los cielos iusfilosóficos no es de este mundo, ni de estos Tribunales, ni de estas leyes, ni de estas personas decadentes del tercer mundo. El paraíso le pertenece a los santos varones de la castidad filosófica, a aquellos que saben recitar autores y acarrear alumnos a sus conferencias. Ellos, sepulcros blanqueados, sin duda cabrán en el reino de los cielos… ¡Conferencias, marchas, cátedras sí! ¡¿Realidad para qué la queremos?!

“¿No son como tú, Ciudadano Jean Jaques, rechazadores de la ciencia en favor de la virtud más elevada? ¡Y encima de todo, cultos y honestos! ¡Lo que tú nunca fuiste!

“Frente a ellos, se alza el Viejo Lobo de Tribunal. Ese puesto está reservado para los hábiles, para los inteligentes, para los fuertes. Predican con cinismo lo que debe hacer todo buen abogado: buscar la mejor forma de beneficiar a su cliente, aún a costa de embaucar a los demás. Lo primero para ser abogado es tener una buena apariencia, y lo segundo es tener buena disposición para engañar. ¡Al diablo con teorías y autores! ¡Al diablo con las definiciones y los valores! El Derecho es aquello que da de comer, y el abogado es el lobo que tiene hambre. Vestirse bien, farfullar aún mejor… argumentar, o mejor dicho aullar, cuando así convenga… ¡Bienvenidos, juristas eminentes! ¡Bienvenidos a la única justicia que existe: la contante y sonante, la de los honorarios!

“Ya vislumbro lo que usted me habrá de objetar: yo quería un desarrollo moral del hombre, no su entrega a la iniquidad y a la avaricia. Pero usted se equivoca si cree que el Viejo Lobo de Tribunal no es moralista. De hecho, es el más moralista de todos: sabe que incluso su egoísmo, su maldad y su competitividad son necesarios para preservar nuestro orden social. Es un defensor de los valores verdaderos de la comunidad, mejor que cualquier Savonarola o Robespierre, sólo que los defiende velando por sus propios intereses, pues así camina la auténtica justicia terrenal: no con valores elevados, sino con el egoísmo de los hombres, que engañados creen hacerse un bien cuando obran solamente en favor de los demás. El Viejo Lobo es en realidad un perro domesticado…

“¿Jean Jaques, qué tienes que objetar? ¡Han muerto tus palabras, Jean Jaques! ¡Mejor es que se pudran en tu garganta para que puedas irte en paz a descansar de nuevo!”. Aquí terminó nuestro estudiante. (Sospechamos, querido lector, que seguramente es un excelente alumno. Probablemente tiene promedio de 10 en la carrera de Derecho).

Jean Jaques escuchó al alumno, sin mirarlo a los ojos, con la mirada fija en el horizonte que se dibujaba en la hermosa visión de “Las Islas”. Al terminar nuestro joven jurisconsulto, el Ciudadano volteó hacia él, con esa mirada melancólica que se dibuja en todos sus retratos, y le dijo:

—Querido amigo: cuánto te equivocas. Y ello porque a pesar de que este mundo ha cambiado la educación, supuestamente para bien, por más acorde con la naturaleza de los que aprenden ( o lo que se cree que es la naturaleza de los que aprenden) se ha olvidado de lo más importante: el amor de sí mismo.

“El amor de sí mismo se contrapone al amor propio, en cuanto a que el primero es aquel sentimiento que nace con el individuo, y que se manifiesta primariamente por su instinto de autoconservación. Toda autoconservación, en cuanto a que escucha a la voz de la conciencia, voz de perfeccionamiento y elevación, conmina al individuo a romper cualquier barrera a su libertad: el individuo consciente es también el individuo libre, capaz de tomar las riendas de la necesidad que la naturaleza le impone, y transformarlas para beneficio de sí, para forjar con sus propias manos el camino a seguir. En cambio, el amor propio es la deformación que sufre el hombre cuando se enfrenta a otros hombres, con los que naturalmente se siente inclinado a asociarse, para su autoconservación. El amor propio es aquel sentimiento, ya moral (la moral sólo puede darse en lo social), que conmina al hombre a compararse con los otros, y a competir con ellos para lograr estar por encima, ser superior a los demás. El amor propio es peligroso, pues en realidad es la cadena que ata al individuo con el mundo, el lastre que lo arrastra hasta el abismo de la vulgaridad.

“Mi meta, dentro de las primeras etapas de la educación infantil, era lograr que el niño preservara el natural amor de sí mismo, alejándolo en lo posible de la opinión y la dependencia de los demás, enseñándole a realizar las cosas por sí mismo, sujetándolo a la necesidad antes que al capricho de la voluntad de su preceptor. Ello, con miras a que, cuando creciera, pudiera hacer una profesión de fe similar a la del Vicario Saboyano: el análisis del mundo por su propia cuenta, sin interpretarlo de acuerdo a los dogmas y los prejuicios de su sociedad. Sueño, tal vez utópico (lo admití desde que escribí mi obra sobre la educación) pero que sería la guía para la educación de las futuras generaciones. Sueño que se frustro.

Mi meta, dentro de las primeras etapas de la educación infantil, era lograr que el niño preservara el natural amor de sí mismo, alejándolo en lo posible de la opinión y la dependencia de los demás, enseñándole a realizar las cosas por sí mismo, sujetándolo a la necesidad antes que al capricho de la voluntad de su preceptor

“Lo que ustedes enseñan no es una educación natural. Sólo enseñan a inflar el amor de sí mismo. Su sociedad, su época, sólo piensa en enaltecerse. Y ello los ata, los vuelve menos pensantes y menos libres, los somete ya no a sus propias necesidades sino al capricho de la voluntad de los demás. Son títeres que se mueven conforme a los vaivenes de la opinión, hojas que caen lentamente llevadas por el viento, hasta que llegan al suelo y son pisoteadas por la manada. Su época está podrida, más que la Francia de mi época, cuando veíamos todo negro nosotros los ilustrados, y soñábamos con una sociedad más justa y más igualitaria. Ustedes, dicen, han cumplido nuestro sueño: nosotros, los ilustrados, señalamos lo contrario; ustedes han cumplido el sueño del absolutista. Porque han logrado convencer a la gente, a través del enaltecimiento de su amor propio, a entregar su libertad a cambio de nada. El amor de sí, el auténtico individualismo del que parte toda moral auténtica, yace entregado a la bandera de la supuesta realización de la época. Ustedes son más traidores que yo: son traidores no sólo de las luces, sino de su propia naturaleza humana”.

El Ciudadano Jean Jaques mientras terminaba su discurso, extrañamente agotado, se levantó de la butaca en la que se hallaba sentado, para bambolearse de un lado a otro como un borracho. El alumno empezó a reír terriblemente. Todo se oscureció. Fanfarria, música decadente y enferma, llenaba la estancia con la más pútrida atmósfera. Oscuridad y fuego. El diablo surgía de las entrañas de la tierra, por una grieta que quién sabe cómo se había abierto en medio del salón. El alumno flotaba, con tres demonios más, que tenían los rostros de Voltaire, D’Alembert y Diderot. Rodeaban alegres a un Ciudadano Jean Jaques, bailando en el aire. Jean Jaques se hallaba postrado; su corazón estallaba. El veredicto del jurado del infierno se avecinaba:

Todos al unísono espetaron: —¡Ciudadano Jean Jaques! ¡Retrógrado, reaccionario, hipócrita! ¡Lo condenamos a arder en el olvido de nuestros héroes! ¡Lo condenamos a ser reverenciado como anciano venerable, como noble sabio, pero nunca como maestro! ¡Lo condenamos al infierno! ¡Lo condenamos a llamarse… Rousseau, el pensador!

Risas, risas, risas… Satanás arrastraba al pensador Rousseau hacia la grieta del infierno. Rousseau, inmóvil, sólo balbuceaba, mirando al alumno que formaba parte del jurado del infierno…

—¿Emilio, Emilio, has olvidado tu nombre?