Lejos

"Malentendido" / Autor: Alberto Anzures Molina / Técnica: Wash sobre papel arches / Medidas: 20 x 15 / Permiso de reproducción del autor
Mitzi Verónica Orozco Meza
Comunicación, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM

Es evidente que no me eres indiferente. Escribir sin sentir inspiración es un problema que desaparece al verte. Viéndote desde lejos, distanciados por dos paredes de aire que fácilmente podríamos traspasar.

Tan fácil como caminar desde mi lugar hasta tí y, así, tomarte por sorpresa, como el viento que se lleva las nubes de una tormenta vespertina, y darte un beso, luego otro, y luego otro. Después, sin regalarte el tiempo para reaccionar a lo sucedido, daría la vuelta y huiría. Huiría porque soy cobarde y le temo a sentir algo más que el deseo ardiente por tu cuerpo. Le temo a que me atrapen las redes que tejes cada vez que tu sonrisa luce entre tu barba negra perfectamente delineada o esa mirada traviesa que lanzas para disculparte por alguna tontería dicha con anterioridad.

Estas líneas son, quizá, el experimento más loco para que me dejes de gustar. Es una de esas cartas que se escriben para no enviarse, que se escriben para desahogarse, para liberar el alma del cochino y aparentemente infinito deseo de cogerte. Del deseo de darte la garchada de tu vida, y después cuando te quedes dormido, atar una cuerda a tu cuello y tirar de ella sin compasión. O, quizá, del deseo de meterte una bala por el culo; una amiga entre las nalgas tan bien formadas que tienes.

Si me lo preguntaras, buscaría para tí una muerte rápida, no quisiera escuchar tus lloriqueos de cerdo, porque seguramente se caería lo bonito y varonil que sostiene tu cara. Podría sacarte los ojos para que jamás vieras a otra mujer que no sea yo: la última que disfrutaste acostado, viendo el movimiento de sus senos, por suerte aún firmes. También te cosería la boca, para que no volvieras a besar a nadie que no sea yo; para que no hubiera otra más que disfrutara tu sexo oral, ése que haces con el cosquilleo de tu barba inquieta, esa barba que, más que un accesorio, la usas como instrumento.

Aunque no me lo preguntaras, te cortaría los dedos, uno a uno para que no se los volvieras a meter a nadie más que a mí; para que no pellizques otros pezones que no sean los míos; para que no acaricies otras mejillas que no sean las mías. Quizá, para que no pudieras sentir nunca otra piel que no sea la mía, te desprendería la cubierta de cobre que traes pegada a los músculos -fortalecidos por el entrenamiento físico que a diario haces, pensando en la satisfacción que te da la vanidad-. Depositaría un par de gotas de ácido en tus suaves orejas para que no pudieras escuchar más que el vago recuerdo de mis gemidos de cuando follamos. Te cortaría los pies para que no te pudieras ir lejos de mí. Aunque esto me preocupa, porque entonces, cuando no puedas irte más de mi lado, vas a perder cualquier gracia.

La urgencia de un encuentro cercano inundó mi ser de pronto, así que dejaré por ahora todo este plan para mantenerte a mi lado y sólo voy a acercarme a tí para tocar tu suave mano.

Me levanté de mi lugar. Caminé hacia ti. Me percaté que no estabas tan lejos. Estoy aquí. Ahora que te observo de cerca, me doy cuenta de otra cosa: tu barba es rala. En realidad, estabas cerca y no eras tan guapo.

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