Round de sombras: Sócrates vs la Soberbia de la Ignorancia

La Mort de Socrate (1787), Jacques-Louis David / Óleo sobre lienzo
Jesús Briseño
Facultad de Derecho, UNAM


“Yo sólo sé que no sé nada”

Platón, Apología

H

AY MUERTES que nunca se extinguen, que nunca dejan de arder en medio de la noche humana, dejando sobre la tierra la flama de su espíritu, de su ejemplo, a pesar de las circunstancias más adversas. Tal es el caso de Sócrates, un hombre sentenciado a la cicuta por la impudicia de sus enemigos, rodeado de quinientos atenienses investidos con la toga de la soberbia. Y con ello sale a la luz las preguntas que cimientan este pequeño discurso: ¿Por qué retomar de nuevo a Sócrates? ¿Es acaso un antojo del intelecto, una evidencia del ocio o simplemente una falta de supuesta originalidad? ¿Qué relevancia puede tener una filosofía estudiada desde hace tanto?

Dialogar y combatir son las actividades fundamentales de la humanidad: a veces disputamos contiendas intelectuales, desenvainamos argumentos esplendentes, descalificamos al prójimo a placer, frívolamente, con aires de superioridad, hasta humillarlo; a veces desatamos guerras descarnadas, incendiamos el cielo y los mares, cavamos las tumbas de miles de cadáveres calcinados para olvidarlos lo más pronto posible y darles el sitio inmutable que la muerte reclama con su atroz silencio. En ambos casos, en el dialogar y el combatir, hay un punto de ruptura del cual Sócrates nos muestra el ejemplo, concretamente, en la Apología escrita por Platón: ante la violencia endémica de la humanidad, la integridad, la voz del orador verdadero, siempre vencerá.

Sócrates, en este precioso texto, es el personaje que vencido vence, y que muerto vive. Imputado de hereje por la ignorancia y la envidia de Anito y su compañía, Sócrates se sabe el filósofo de pensamiento afilado, incómodo, en fin, se sabe el más sabio de los hombres, en virtud del designio del oráculo de Delfos. Haciendo interpretación de dicho título terrestre, el filósofo acarreó en su cuerpo setenta cansados años y la pobreza miserable del mendigo, todo con el afán de comprender por qué él, y sólo él, entre tantos venerables personajes, era el hombre sabio por antonomasia. No fueron los políticos con su retórica demagógica que persuade pero no es justa; no fueron los poetas con ese gusto apocalíptico de mirar el mundo y esa divinidad impresa en el supremo canto, incompatible con el resto de los hombres, a la sazón de rebasar la sencillez de la naturaleza; no fueron los artistas quiénes en el arduo oficio de cincelar volúmenes colosales olvidaron que como hombres su trabajo es igual de honrado que el de un carpintero. Ninguno de estos grupos pudo rebatir con verdad al filósofo griego. Ni siquiera las calumnias arteras que aun en la actualidad se le atribuyen a los amantes de la sabiduría pudieron manchar la voz del orador sincero, porque ante la pretensión de figurar a Sócrates como un meditador de cosas vagas concernientes al cielo y la tierra, y con ello pervertir a los jóvenes ingenuos y de buena casta, éste se defendió de la manera más coherente: negando las acusaciones porque a quien perfilan tales acusadores no es al hombre de este mundo, al que sabe sus límites mortales, sino tan sólo al ser mágico y ridículo que en ninguna parte puede existir. Lección de humildad: la sabiduría no consiste en pregonar un supuesto conocimiento inagotable y engañoso, en calzar la vanidad con una actitud falsa de superhombre, con un aura de dios que viene a menoscabar cualquier virtud verdadera, al contrario, el saber humano, aun hoy en día, en toda su complejísima dimensión, es apenas, si acaso, un grano de arena en los vastos arenales realidad.

¿Y el valor? ¿Qué pasa con la actitud heroica? ¿Debemos seguir pensando que el valor proviene de seres sobrenaturales, dotados de una fuerza descomunal y una audacia inigualable? Verdad que no es así, que el heroísmo no sólo consiste en la hazaña mitológica, en domar al cerbero en el mismísimo vientre del Hades o en desollar al León de Nemea para embozarse con su piel férreamente acorazada; en asesinar al bárbaro Minotauro, devorador de frágiles mancebos, y rescatar a la damisela indefensa; en embarcarse rumbo a las tinieblas del futuro y dominar las olas del mar huracanado, a merced del capricho de los dioses, en busca del vellocino dorado; verdad que el heroísmo no sólo es la travesía accidentada, el eterno viaje de retorno, enfrentando a cíclopes y sirenas y mostrando en la edad madura la virilidad de mil guerreros en la flor de la juventud; verdad que el heroísmo sólo consiste, como señalaba Sócrates, en ser justos en nuestro proceder diario, porque indudablemente es más fácil odiar sin tregua, con el buche cargado de rabia, que amar noblemente y con respeto; es más fácil asesinar que vivir hombro a hombro, en auxilio del compañero caído; invariablemente es más difícil pero más justo morir como se vivió, con coherencia de cabo a rabo, como Sócrates, que ante el tribunal de los trecientos, jamás suplicó clemencia, manifestando expresamente que de hacerlo, de doblar las rodillas y lamer los pies del verdugo, la vida perdería esa consistencia que honestamente trabajó durante su existencia, es decir, que su dignidad se vería destruida y la vergüenza y el amor propio expirarían. Por eso Sócrates murió, así como Cristo (sin la intención ahora de dogmatizar mi discurso), queriendo dar constancia de la podredumbre que habita en la humanidad, y aun así, morir no por orgullo ni con resentimientos, sino para dejar en claro que podemos y debemos mejorar, y que nuestra trinchera es el día a día, el primer saludo de la aurora y la despedida lunar, compartiendo siempre el pan de la bondad y la justicia; juzgando en base a la sabiduría y no anteponiendo perjuicios que sesgan nuestra mirada; dando la cara y el ejemplo a pesar de nuestros errores.

Y he aquí mi conclusión: si bien el hombre es mortal en un periodo de tiempo insignificante, es justo por ello que Sócrates cobra vigor y validez universal: el ejemplo de vida trasciende no sólo para nosotros, sino para las siguientes generaciones, y con ello, se logra paliar el efecto inexorable de la muerte, y en última instancia, se logra seguir creando una civilización armónica, no a partir de la orfandad del vacío, sino en los brazos estoicos de hombres que le enseñan al prójimo a ser íntegros, a ser dignos de ser hombres. De igual modo, dentro de la amalgama de conocimientos empíricos y sistematizados que logremos cosechar de aquí en adelante, sólo serán efectivos si entendemos que como individuos, somos un producto histórico de miles y miles de almas del pasado que nos dan y como tal, el proceso de educación no consiste únicamente en reunir un catálogo de fórmulas y datos en nuestra cabeza, banalizando así el conocimiento, sino, y lo más importante, usar dicho saber con el ejemplo que hombres como Sócrates nos legaron, un ejemplo de ciudadanía, de responsabilidad frente a nosotros mismos y frente al otro, con la integridad de la verdad y no con la soberbia de la ignorancia, la cual, ante sus naturales limitaciones, se manifiesta en la endémica violencia que nos caracteriza, y por esta razón, Sócrates dedico no sólo sus últimas palabras a sus hijos, sino también al resto de la humanidad:

“… sólo una gracia tengo que pedirles. Cuando mis hijos sean mayores, os lo suplico los hostiguéis, los atormentéis como yo os he atormentado a vosotros, si veis que prefieren las riquezas a la virtud y que se creen algo cuando no son nada; no dejéis de sacarlos de la vergüenza si no se aplican a lo que deben aplicarse y creen ser lo que no son; porque así es como yo he obrado con vosotros…”.

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