Sade, como educador de una Francia corrupta

Ángel Adrián Olivares Monroy
Psicología, Facultad de Estudios Superiores Iztacala, UNAM

DONATIEN ALPHONSE Francois, mejor conocido, como el Marqués de Sade, es el autor que justamente se pone de moda en la adolescencia, ya sea por su alto nivel erótico o por… su alto nivel erótico. A los textos del Marqués, habrá que reconocerlo, se llega por morbo y sólo es esto, generalmente, lo que se satisface con las versiones comerciales de sus obras. Por ello, no es de sorprender que se oiga decir que uno de sus mejores trabajos sea el manuscrito incompleto de 120 jornadas de Sodoma, siendo en éste, el alto contenido de perversiones, el tema a relucir como tesis central del Libertino. Lo cual, para aquellas personas que hayan buscado más allá de las pobres editoriales ofrecidas en cada uno de los puestos del metro (normalmente es un formato resumido en filosofía y detallado en erotismo), se habrán dado cuenta que Sade no sólo es un manual de perversión como comúnmente suele decirse. Sade, por no ahondar en los diversos “debrayes” filosóficos que desarrolla en la mayoría de sus obras (ya no tan mencionados, por ser hasta la fecha censurados) o en lo acontecido en su polémica vida, es el único ateo de su época que realmente revolucionó a la filosofía y al sistema educativo moral, que se supondría, debió ser revolucionado con la caída de la monarquía en 1799. Supuesto derrocamiento que, como lo señala Sade, en su obra La filosofía del tocador (1795; obra en la que baso la mayor parte del presente texto), sólo consiguió adormecer el despotismo de las autoridades, a las divisiones internas del país y acabar con las finanzas y bienes de la Francia; misma que sólo podrá seguir sus ideales cuando se determine a romper las ataduras que la ligan a sus autoridades. Siendo éstas, la religión y  las “buenas costumbres”.

Y Sade, siendo consciente de tales ataduras, en sus diversas obras (rotundamente en el manuscrito presentado por Dolmancé en La filosofía en el tocador), se dedica esmeradamente en resaltar a la educación moral como piedra angular del cambio: sólo educando moralmente al pueblo, la religión se apoyará en la moral y no a la inversa. Y para ello, será necesaria “una religión que se adapte a las costumbres y a su progreso”. Por lo tanto, el cristianismo y la moral que se apoya en ella, con todo y sus “buenas costumbres”, siendo el dogmatismo una característica esencial de esta religión, queda eliminada como opción para la República que pretenda ensalzar a la libertad como su único ídolo.

“Ahora bien, pregunto: ¿se puede admitir que la religión de un esclavo de Tito, la de un vil farsante de Judea, sea la conveniente para una nación libre y guerrera que acaba de regenerarse? No, compatriotas, no, no lo creáis.” (El Marqués de Sade, en La filosofía en el tocador).

Para Sade, el cristianismo con cada una de sus figuras divinizadas, lo único que le podría enseñar a sus súbditos es a ser cobardes, mediocres, prejuiciosos y supersticiosos; la moral del esclavo. Y no. De ser necesario un culto para el pueblo que vea por el pueblo (porque dicen que “lo entretiene, lo contiene”), se ha de imitar el de los romanos. Un sistema moral en el cual se pretende obtener la virtud del dios a elegir. El hombre en la ardua búsqueda de imitar a su deidad, se volvía virtuoso y útil a su pueblo. Ya que las virtudes de aquellos dioses (el amor, el conocimiento, la guerra, el trabajo), ajenas de cualquier quimera ideológica, siendo claras y posibles a los mortales, hacían del hombre un agente útil y productivo para su sociedad; en lugar de tanta mendicidad intelectual y moral que el cristianismo ha traído con su piedad. Y señala, que si tales medidas morales que el cristianismo ha impuesto, se debe al temor de que los hombres se destruyan entre sí, dice: “Tengamos buenas leyes y sabremos prescindir de la religión”. Además:

“…aquél, a quién la espada material de las leyes, no logra en absoluto detener, no lo será más por el temor moral a los suplicios del infierno, del que se burla desde su infancia.” (El Marqués de Sade, en La filosofía en el tocador).

La filosofía en el tocador, Marqués de Sade
La filosofía en el tocador, Marqués de Sade

Para tal cambio, será necesario empeñarse en la educación del pueblo. Decía Sade, en lugar de enseñar a los niños inútiles rezos que en la primera adolescencia se habrán olvidado, se enseñe al niño su deber como ciudadano. Pues, la felicidad del individuo, decía, se puede lograr por el ejercicio de las virtudes que los antiguos romanos practicaban. Mismas que engendrarán un servicio a su comunidad. Y que por su naturaleza, serían factibles seguir. Ya que, las virtudes de antaño a diferencia de las virtudes cristianas, respetan y se guían por la “naturaleza humana”; a diferencia de los imposibles y enfermizos principios que dicta la religión cristiana, que carecen de un objeto real. Por otro lado, las virtudes romanas, teniendo un objeto del cual se desprenden, el mismo ciudadano, hacen posible que el individuo prediqué con el ejemplo y aprenda del ejemplo de sus conciudadanos.

El hombre, egoísta por naturaleza, siendo el placer el motor de su vida, al contemplar la virtud como el medio por el cual pueda conseguir su felicidad y al no contraponerse con sus deseos, el hombre voluntariamente se hará virtuoso y contribuirá al bienestar de su sociedad. Lamentablemente, ese bienestar social, ajeno a lo que hoy comprendemos como tal, puede parecer horripilante, pagano o bárbaro. No obstante, esa falta de dios y de piedad al débil, sólo levantará el velo con el cual nos cubrimos los ojos, pues eso, ya existe, con la diferencia de que actualmente no se es libre, como lo prometió el siglo de las luces, y que esa aparente estabilidad social, sólo se sostiene en una quimera, de patas muy delgadas, que sólo atará al pueblo, siempre y cuando, ésta exista. Sade lo sabía, por ello, lo delató. Sade, no sólo fue un pervertido, fue un delator y un francés preocupado por el porvenir de su amada Francia y de toda Europa. Pero, aun siendo lo que fue, su vida en la cárcel y su estilo sincero y vulgar de escribir, opacó su trabajo ante la hipócrita masa que lo juzgó. Por tanto, exhorto a su lectura y relectura, esperando que después de 200 años, podamos, aunque sea por un momento, hacer a un lado nuestros prejuicios y darle al Marqués el lugar que merece: el de educador.

Por último, escribiré lo que él escribió con tanto ahínco para incitar a sus conciudadanos a un cambio, a seguir la línea en la cual se desgastaron y que, en vano, esperó se siguiera:

“Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos”.

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