El teatro medieval y su origen religioso

Liturgia eucarística.

Adolfo Ulises León López | Facultad de Derecho, UNAM

 

NO IMPORTA DE QUÉ RELIGIÓN se trate, comunicarnos con los dioses siempre ha sido el problema. ¿Cómo hacerles saber nuestro temor a ser castigados o la necesidad de su gracia? En el inicio, cuando tomaron forma de animales, intentamos acercarnos con imágenes animadas: camuflados con sus pieles imitamos sus movimientos. Para alimentarlos ofrecimos sacrificios; para alegrarlos, bailamos y cantamos en su honor. Al hablar con los dioses, podíamos hacerlo también con nuestros muertos. Así, las representaciones se desdoblaban en actos esenciales de la vida pública y familiar. A medida que las tribus se convirtieron en civilizaciones y nuestros dioses se volvieron más complejos, el ejercicio de la fe se tornó en rito y éste, al institucionalizarse, se llamó liturgia. Es decir, los dioses tuvieron servidores propios; sacerdotes encargados de transmitir sus órdenes, llevar las peticiones humanas a sus oídos y contar sus historias divinas. Dotados de gran dramaticidad, los ritos incorporaron elementos y técnicas que ahora podríamos llamar teatrales: disfraz, máscara, canto, baile, diálogo, espacios y objetos simbólicos. Esto ocurrió en todas las civilizaciones. Sin embargo, hay un momento en que las representaciones litúrgicas rompen con sus lazos sagrados y dan origen al teatro. Al tener la libertad necesaria, la actuación ya no sólo es utilizada para rendir culto. Los hombres, deseosos de imitar a sus deidades, desarrollan historias secundarias a sus mitos donde se canta a los héroes y a los pueblos. Las representaciones dejan los templos y las fiestas para trasladarse a un lugar propio, donde los asistentes buscan descargar sus inquietudes y aflicciones personales. En conclusión, la transición de la religión al teatro “va de la danza a la palabra, del coro al actor, de lo divino a lo humano”[1].

Teatro medieval

Hay cantidad de ejemplos y voces que pretenden sostener que el teatro tiene un origen religioso. Uno de los más conocidos es el de la tragedia griega y su relación con el rito dionisíaco. En esta ocasión, quisiera aprovechar para hablar de un caso que es poco conocido. Se trata del teatro medieval o religioso. Éste surgió a finales de la Edad Media, tiene como base el mito cristiano y, lo más importante, no guarda ninguna relación con el teatro clásico —en su división de comedia y tragedia—; por esta razón, se le considera un universo teatral en sí mismo. Las preguntas que plantea su génesis me parecen de gran interés y serán éstas las que guíen el presente ensayo.

En primer lugar, ¿por qué y cómo fue que el teatro clásico permaneció oculto durante poco más de mil años? ¿Qué entendía el hombre medieval por “teatro”? ¿En qué momentos se recuperó el teatro clásico y surgió el religioso?

Censura y desgaste del teatro clásico

Las religiones semitas suelen prohibir el arte de la imitación. Por ejemplo, en el Islam —en Corán 5, 28-29[2]— aparece la idea de Dios como único y gran creador; al ser interpretado en los llamados “hadiz”, se concluye que el hecho de que una que persona represente la vida humana implica una blasfemia, pues dicha acción se equipara a ser un imitador de Dios. En la Biblia, tampoco hay prohibiciones expresas a la representación, sin embargo, algunos de sus versículos tiempo después llegaron a leerse en sentido prohibitivo. Es el caso de Éxodo, 20:4, “No harás escultura ni imagen alguna de lo que hay arriba en el cielo, o aquí abajo en la tierra o en el agua bajo tierra”. Con esto quiero decir que, cuando el cristianismo se convirtió en religión oficial del Imperio Romano en el año 380, la primera reacción de la Iglesia Católica fue la censura hacia cualquier forma de espectáculo —incluido el “teatro”—. Prueba de ello fueron los Concilios de Elvira (año 328), Arles (314) o Cartago (397 y 398); en éstos se discutió, en general, sobre la licitud de la literatura pagana, y, en particular, del “teatro”; la controversia se repite: los actores desafían a Dios. Al aparentar ser alguien más cambiando sus formas de hablar y de vestir, actualizaban la herejía[3].

No obstante, estos argumentos sólo demuestran que la Iglesia Católica censuró las representaciones; ahora, ¿cómo podemos estar seguros de que aún en el siglo IV continuaban montándose las obras de Sófocles, Eurípides, Plauto o Terencio? Y de no ser así ¿qué era entonces lo que censuraban? En este punto conviene hacer una gran precisión: una cosa es el desgaste del teatro clásico y otra, la censura de los espectáculos por parte de la Iglesia Católica.

Señalaré dos gestos de la decadencia del teatro en Roma: el último creador de obras teatrales del que se tiene registro es Pomponio Segundo[4]. Él vivió durante la primera mitad del siglo I, en la época del emperador Claudio. Por otro lado, Tito Livio al referirse en su Ab Urbe condita (VII, 2) al funcionamiento del theatrum, dice lo siguiente: “(los histriones) cantaban versos satíricos cuidadosamente rimados y adaptados a las notas de la flauta, acompañándolos de movimientos adecuados… Luego comenzó la práctica de seguir con el cántico los movimientos de los actores, dejando el únicamente a las voces el diálogo”. Es decir, el gran historiador romano confundía ya el teatro con otros espectáculos: números circenses y farsas —que dicho sea de paso sobrevivirían durante toda la Edad Media—, donde participaban mimos, histriones, acróbatas, juglares, músicos y danzantes; todos celebrados en fiestas o plazas públicas. Una de las razones que podrían explicar esta decadencia del teatro clásico, pudieron ser la invasiones bárbaras que trajeron inestabilidad social y política. Como quiera que fue, lo cierto es que podemos concluir que no era teatro clásico lo que censuró la Iglesia Católica en la Edad Media —sí muchas sus expresiones teatrales—, que el declive de éste ocurrió en la última etapa del Imperio Romano, y que una serie de malas interpretaciones sobre el género ayudó a ausentarlo del panorama literario.

La idea del teatro en el medievo

Europa nunca perdió el lenguaje teatral básico. Hemos visto qué ocurrió aún en el Imperio Romano con la palabra theatrum; ahora toca ver qué significados adquirieron, por parte de los estudiosos y ya en la Edad Media, tanto la scena”, la “tragoediae” y la “comedia”. En la Etymologiae de San Isidoro de Savilla —lo que hasta el siglo VII fue la mejor compilación del conocimiento de su tiempo— se explica el mecanismo del teatro: “Scena autem erat locus infra theatrum in modum domus instructa cum pulpito, qui pulpitus orchesta vocabatur; ubi cantabant comici, tragici, atque saltabant histriones et mimi” [5]. Es decir, pensaban que la scena se encontraba dividida; en una mitad estaban los trágicos y los cómicos que hacían de declamadores (por lo común, leyendo un libro colocado sobre un atril), y en la otra mitad los mimos e histriones actuaban movidos por su lectura.

Fue hasta el siglo XIV cuando se intentaron esbozar definiciones de tragedia y comedia que, si bien no eran precisas, tampoco estaban tan distorsionadas. Un ejemplo de esto es la Divina Comedia de Dante. ¿Por qué lleva ese calificativo? ¿Hay sátira? No, sin embargo hay sí un final feliz. Esto quedará más claro con el Comentario a la Divina Comedia hecho por Benvenuto Rambaldi da Imola: Tragedia es estillo alto e sobervio; tracta de fechos de memoria orríbiles, conflittos de las batallas, quebrantanios de reyes. (…) Comedia es dicha aquella cuyos comienços son trabajosos e tristes, después el medio e fin de sus días alegre; e d’ésta usó Dante en el su libro” [6].

Regresa el teatro clásico

Curiosamente, fueron los estudios sobre arquitectura los que devolvieron a la vida al teatro clásico en el siglo XV, en el Renacimiento Italiano. Leon Batista Alberti, fue quien tradujo directamente del griego la obra De Architectura, de Vitruvio; supieron entonces con claridad cuál fue la función precisa del teatro, técnicas de actuación, la ubicación de los coros, y, sobre todo, que lo trágico y lo cómico no obedecían a un división espacial, y que no necesariamente tenían que convivir. Cada uno contaba con sus propias necesidades de representación y de ello dependían el número de sus personajes, sus disfraces o máscaras, o el efecto que se intentaban causar en los asistentes. En este sentido, el primer autor que volvió a escribir teatro clásico fue, nada más y nada menos, el gran Fernando de Rojas con La Celestina.

Surge el teatro religioso

Recapitulando, las expresiones teatrales —bufones, mimos, acróbatas, farsas— prohibidas en el medievo cabían dentro de una definición compartida de “teatro”. Fueron pocos los estudiosos medievales que reflexionaron sobre la teoría dramática y, en el mejor de los casos, su idea del teatro clásico se reducía a un orador acompañado de un mimo. Los significados griegos de la tragedia y la comedia, si bien no estaban tan alejados, los creadores los asociaron más con la narrativa y la poesía, que con la representación. Dicho esto, veamos cómo el teatro medieval adquirió sus rasgos propios.

Ocurrió que en el Siglo IX, Carlomagno difundió por toda Europa la liturgia romana. Entendamos por ésta los textos litúrgicos latinos como son la Misa o el Oficio Divino, que se desarrollan dentro de las iglesias e incorporan todo tipo de objetos simbólicos —las velas, el caliz, los báculos, la estola, la pila bautismal—, gestos —maneras de persignarse, arrodillarse— y frases precisas que recitar. Poco a poco, al rito franco-romano se fueron adhiriendo cantidad de variantes ceremoniales —el Matrimonio, por ejemplo— y nuevas formas musicales. A su vez, a la música se añadieron elementos literarios, de los cuales el más importante es el “tropo”. Éstos, no son más que maneras de violentar el lenguaje, es decir, sacar una palabra de su significado cotidiano para darle cualquier otro, ejemplo de ello son las metáforas, las alegorías o el hipérbaton. Entonces, si el lenguaje deja de ser tan estricto, se enriquece y se vuelve una materia moldeable, potencialmente creativa. Así, en el siglo XII tenemos la Regularis Concordia[7], escrito un Inglaterra, se trata de un ceremonia realizada en los monasterios en época de Pascua y consistía en presenciar el entierro y la resurrección de Cristo. A este tipo de textos se les conoce como drama litúrgico y se trata de un estadio previo al teatro religioso

En un momento posterior (siglos XII-XVI), estas expresiones teatrales, por un lado, abandonaron las iglesias y salieron a las calles; y, por otro, rompieron con el latín y se manifestaron en lenguas vernáculas. El resulto de ello, fue que los dramas litúrgicos se adaptaron a los usos y costumbres de diferentes pueblos; y, cuando la Iglesia Católica dejó de concentrar su creación y levantó la prohibición de las representaciones —esto ocurrió por un Decreto de Inocencio III en el s. XII—, el hombre tuvo la libertad de moldear los textos sagrados: sólo entonces nació el teatro religioso. La Semana Santa y la Navidad, por ejemplo, tuvieron sus propios ciclos litúrgicos: Canto de Sibila, el Officium Pastorum y Auto de Pastores (s. XIII); Auto de la huida de Egipto y Auto de los Reyes Magos (s. XII); el Auto de la pasión (s.XV). Poco a poco, se construyó un sistema dramático[8]. En la punta se encontraban los autos sacramentales —piezas con motivos bíblicos, alegóricos, en donde el objetivo esencial consistía en exaltar el sacramento de la eucaristía—; seguían las églogas, comentarios a la Biblia protagonizadas por pastores.

Lo cierto es que también la Iglesia Católica estuvo consiente de lo poderoso que era el teatro como herramienta de instrucción, y, prueba de lo anterior, es que se valió de su mejor construcción —el auto sacramental— para conseguir batallas políticas. Calderón de la Barca, el mejor alfil de la Iglesia Católica, escribió autos sacramentales con la finalidad de combatir y frenar el protestantismo. En América, se utilizaron los autos sacramentales para facilitar la conversión de los indígenas. Finalmente, el teatro religioso fue engullido por el teatro clásico, la razón desplazó a la fe, y Shakespeare le asestó un golpe del que jamás pudo recuperarse. Sin embargo, al día de hoy aún conservamos su lejano recuerdo en las pastorelas.

Estepario.logo.E

 


Notas al pie
[1] Gaston Baty y René Chavance, El arte teatral, Fondo de Cultura Económica, Tercera Edición, México, 1965, Colección Breviarios, p. 45.
[2] “Acuérdate de cuando dijo tu Señor a los ángeles: Estoy creando un ser humano a partir del barro, de la arcilla moldeable; / cuando lo haya concluido, insuflaré en él parte de mi espíritu. ¡Caed postrados ante él!”
[3] Ángel Gómez Moreno, El teatro medieval castellano en su marco románico, Taurus, España, 1991, Colección Periles-203, p.20
[4] Jacques Gaillard, Introducción a la literatura latina, trad. José Luis Checa Cremades, Acento Editorial, España, 1996, p. 38.
[5] Ángel Gómez Moreno, “La teoría teatral en la Edad Media”, Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. 1: De la Edad Media a los Siglos de Oro, p. 89.
[6] Ibid, p. 92.
[7]Ana María Álvarez Pellitero, Desde los orígenes hasta el siglo XV, Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. 1: De la Edad Media a los Siglos de Oro p. 112.
[8] Javier Huerta Calvo, La teoría y formas dramáticas en el siglo XVI, Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. 1: De la Edad Media a los Siglos de Oro p. 112.
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