Orlene

Exposición "Una génesis para la paz", del escultor Jorge Jiménez Deredia. Alameda Central.

Adolfo Ulises León López*

Facultad de Derecho, UNAM


 

Sara dijo: “Dios me ha hecho reír, y todos los que se enteren se reirán también”

Génesis, 21:6

 

SE TRATÓ DE UN SUEÑO que no abandonó a Orlene Villagrana durante toda la vida. La mañana del 12 de abril de 1963, al despertar, tomó la forma de corazonada, un pensamiento alegre que la predispuso a confundir cualquier malestar con un síntoma. Al paso de los años, con repeticiones cada vez más violentas y súbitas, la imagen se trastocó en una obsesión neurótica, excluyente y desgastante. Hasta que llegó el día en que, vieja y postrada en el quirófano, el cuadro de sus pezones chorreando leche se materializó en una horrible pero tranquilizante certeza. En el sueño, Orlene caminaba descalza hasta un espejo oval de cuerpo entero. Las venas de sus pechos se hinchaban y un goteo tibio le recorría el abdomen. El goteo quemaba y ya no podía contenerse.

Entonces Orlene tenía veinticinco años. Su vida en matrimonio comenzaba al lado de Bernal Heredia. Él trabajaba en un despacho legal y la llevó a vivir con su familia en una casona de Santa María la Ribera. Orlene era la menor de un total de cinco hermanos; entre las mujeres fue la más agraciada, y entre los demás, la única desafiante. Desde pequeña decía no a todo aquello que no le parecía y pataleaba y berreaba y no existía fuerza que la obligara a cambiar de opinión. Acusada de terquedad, sus detractores nunca consiguieron comprender que, detrás de esa aparente sinrazón, habitaba una sensibilidad extraordinaria que al primer golpe de vista podía detectar el engaño y la única forma que conocía para develarlo era el desprecio y el laconismo. Fiel a sus intuiciones, recibió aquel sueño con los brazos abiertos. Un pequeño ser crecía en ella, estaba segura, y no hacía más que colonizarla poco a poco.

Lo corroboraba a diario después de darse un baño o salir a caminar. Su cuerpo resentía la aterradora alegría de la transformación. La sangre redirigía su cause y situaciones que hasta ese momento le eran indiferentes, ahora las miraba detenidamente y les atribuía significado. No sólo eran las risas de niños que corren o sus expresiones insondables, tampoco la manera en que las madres cargan a sus recién nacidos; era, sobretodo, la sensación de vida y muerte acechando por todas partes, desdoblándose en angustia y en un profundo deseo de conservación. Antes de dormir, repasaba en su mente un listado de nombres. Quería que su hija tuviera un nombre fuerte; quería que todo aquél que la conociera, jamás la olvidara. Cuando se esforzaba lo suficiente podía imaginar sus facciones, una carita regordeta que lloraba y soltaba burbujas de saliva. No comunicó la noticia a Bernal hasta que lo creyó oportuno. Él, un hombre mayor con pocas experiencias por conocer, la escuchaba pensativo. Llevó la mano al vientre de Orlene y le regaló una sonrisa.

 

Durante los casi treinta años que trabajó en los almacenes García, Orlene debió sus ascensos a la discreción. Estaba ahí para servir y era la mejor haciéndolo. De un vistazo adivinaba la talla de las mujeres y tenía la paciencia para conseguir y cambiar prendas aún cuando los clientes salieran sin comprar. El jefe de departamento lo notó desde los primeros días. Nunca faltó y siempre fue puntual. Impedida para las distracciones, no intimaba con nadie. Comía apartada en su descanso y apenas cruzaba saludos. Algunas compañeras se quejaban de ser miradas por ella con desdén, como si en el fondo Orlene supiera que un lugar mejor la esperaba y todo aquello era momentáneo, un intervalo desagradable en una vida que le auguraba un gran desenlace. Lo cierto es que pasaban las modas, su antigüedad aumentó y aquella vida seguía varada. Tenía una hija, era lo único que sabían y no porque ella lo contara sino por la ropa que compraba. Lo demás era un misterio. Al salir nadie pasaba a recogerla. A veces entraba en alguna panadería y luego la veían perderse en los andenes del metro.

Lo que ocurría después era que Orlene continuaba con su vida tranquila en un departamento de la calle Manuel Lebrija. Un lugar espacioso aunque con poca iluminación, suficiente para dos personas. Entraba, lavaba los trastes y trataba de recoger el desorden que Berenice —así decidió llamarla— dejaba durante el día. En su cuarto, la pequeña dormía con un sueño profundo, las sábanas le llegaban hasta la nariz y cuando Orlene se acercaba para besarle la frente podía sentir la tibieza de su respiración.

 

De sus años como convento, el asilo Concepción Beístegui acumulaba la demencia de las monjas y los sacerdotes que padecieron su encierro. Durante el día reinaba una espantosa calma que se interrumpía al anochecer. Entonces, las pesadillas de aquellas vírgenes locas tomaban por asalto las camas de los viejos y les infundían terror en sus corazones. Unos despertaban a medianoche y pedían a gritos la muerte. Los que no temían, disfrutaban la visita de sus muertos y hablaban con ellos hasta el amanecer.

Orlene había olvidado desde cuándo estaba ahí, postrada en esa cama mugrienta. No recibía visitas ni de muertos ni de vivos. En sus destellos de lucidez le daba por mirarse las manos y palparse el rostro. Pensaba mucho en Berenice pero ya no preguntaba por ella. Dormía casi todo el día y constantemente se quejaba de dolores atroces en la cintura, como si la patearan por dentro.

Un día Orlene abandonó su cama y al abrir los ojos tenía enfrente unas luces blancas, intensas. Las batas hablaban un idioma que no entendía. Inhaló de la máscara y un conteo regresivo fue lo último que escuchó. El bisturí rebanó su cuerpo viejo. La sangre no brotaba a borbotones. Avanzaba lenta con una tonalidad opaca. Los guantes de látex entraron en contactos con esas vísceras fétidas y cortaron. Alojado en el abdomen por años, aquello no era algo reconocible. No era un tumor, no tenía el color parduzco del cáncer. Era encontrarse cara a cara con la mano traviesa del azar que deposita la desgracia en los lugares más inesperados y hace a las personas aferrarse a sus verdades. Berenice, esa pequeña que arrebató el ánimo de Orlene y la condujo a su antojo, aparecía al fin como un fósil viscoso y ensangrentado al que, con mucho cuidado y a contra luz, podían vérsele las manos y los ojos cerrados.

Estepario.logo.E

*Ha publicado en las revistas Punto de Partida, de la Dirección de Literatura de la UNAM, Ágora del COLMEX, Morbífica, y en una antología con motivo del Octavo Concurso Nacional de Cuento Preuniversitario Juan Rulfo, organizado por la Universidad Iberoamericana y la Fundación Juan Rulfo.