La lucidez de “Un recuerdo navideño”

"A Christmas Memory", una ilustración de Beth Peck.

Cinthya Lycenia Ruiz García

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM


 

“Yo sé que son las almas

como las olas,

que siempre va la una

siguiendo a la otra;

tú vas delante…

J. P. CONTRERAS

 

EN 2014 TUVE LA SUERTE de encontrarme con el libro Cuentos inolvidablesantología realizada por Julio Cortázar, cuya cautelosa selección merece, sin duda alguna, el nombre que lleva. No temo mencionar que en sus páginas me re-encontré especialmente cuando leí Un recuerdo navideño, producto de la extraordinaria pluma de Truman Capote. La historia: el amor de una anciana y Buddy, un niño de siete años.

La Navidad es, por significado autónomo, una época de luz: la llegada de Cristo como un sol que irrumpe las tinieblas del mundo, como una guía para el hombre; no obstante, hay en ella un matiz imborrable que parece relacionarse con el clima, los colores del cielo o los olores, con los pinos, la nieve, las luces; un matiz que con el tiempo ha sido comprendido y pintado por autores como Dickens o Andersen: la melancolía. La Navidad es una época que con frecuencia nos trae recuerdos de la infancia y, con ellos, un sinfín de alegrías o tristezas, las cuales -en mi opinión-se funden emotivamente en el recuerdo navideño de Truman.

En este cuento, una particular inocencia inunda a los protagonistas. Un niño y una anciana depositan toda la alegría del invierno en su deseo de regalar tartas (realizadas con mucho esfuerzo y cariño) a gente que apenas conocen. Su vida transcurre en un hogar donde sólo cuentan el uno con el otro en medio de un tumulto de parientes déspotas; la templanza de la anciana y la comprensión del niño hacen de sus días un mar de cariño que no pierde en ningún momento la ternura y la inocencia. He podido imaginarlos justo como la Navidad: un par de luces. Son seres ingeniosos que juntos vencen la cotidianidad y cualquier convencionalismo que uno tenga arraigado, un par de amigos que viven cada día como si fuera el último.

La narración es un paseo breve por un invierno más en la vida de ambos, cargado de recuerdos, de imágenes y colores, de olores que automáticamente evoqué al avanzar apenas unas cuantas páginas, es la expresión del sentido que el amor de un abuelo y de un niño puede darle a la vida de ambos (cabe aclarar que son primos lejanos). Durante toda la historia hay pequeñas chispas que hacen alusión al cristianismo, casi todas ellas puestas en voz de la anciana, lo cual de algún modo reitera la ternura del personaje y, a veces, parece darle un halo de sabiduría:

“ —¡Ahí va, pero qué tonta soy! —exclama mi amiga, repentinamente alerta, como la mujer que se ha acordado demasiado tarde de los pasteles que había dejado en el horno—. ¿Sabes qué había creído siempre? —me pregunta en tono de haber hecho un gran descubrimiento, sin mirarme a mí, pues los ojos se le pierden en algún lugar situado en mi espalda—. Siempre había creído que para ver al Señor hacía falta que el cuerpo estuviese muy enfermo, agonizante. Y me imaginaba que cuando Él llegase sería como contemplar una vidriera baptista: tan bonito como cuando el sol se cuela a chorros por los cristales de colores, tan luminoso que no te enteras de que está oscureciendo. Y ha sido una vidriera de colores en la que el sol se colaba a chorros, así de espectral. Pero apuesto a que no es eso lo que suele ocurrir. Apuesto a que , cuando llega a su final, la carne comprende que el Señor ya se ha mostrado. Que las cosas, tal como son -su mano traza un círculo, en un ademán que abarca nubes y barriletes y hierba, y hasta a Quennie (su perro) que está escarbando la tierra en la que ha enterrado su hueso—, tal como siempre las ha visto, eran verlo a Él. En cuanto a mí, podría dejar este mundo con un día como hoy en la mirada”.

 

Histórica y geográficamente, la religión es un concepto que no puede apartarse de la sociedad, pues nace propiamente de la condición humana. Funciona como una manera más de hacer explicable y asumir como conocido aquello que no es posible conocer ni explicar del todo: la muerte, el origen de la humanidad y de todo aquello que nos rodea, la forma en que trazamos y llevamos a cabo nuestra existencia. Como menciona Niklas Luhmann, la religión se expresa en una serie de diferentes sistemas dentro de los cuales existe un código especial, esencial para la existencia de una comunicación a través de la cual se haga familiar todo aquello que parece desconocido.

En el caso del cristianismo, la comunicación se expandió gracias a la invención de la imprenta, puesto que hizo posible generar textos para una mayor difusión, ello no aniquiló por completo la oralidad implícita; así, el concepto de Dios y el sistema en sí ha llegado hasta nuestros días sin dejar de tomar el mismo papel ante el mundo: Dios como el amor y la única respuesta certera a todo. Además, la escritura dio veracidad a la religión, a través de los textos adquirió trascendencia y, sobre todo, una autonomía dentro de la sociedad que permitió una defensa contra cualquier influencia externa; el papel del cristianismo en América fue ese precisamente: disciplinar a las civilizaciones bajo un régimen que aceptara a un Dios como único y universal, como bueno, un Dios que perdona cualquier especie de tropiezo terrenal mediante la redención. Todo ello responde, por supuesto , a un afán de control social que se completa con la proyección de la moral a Dios.

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Truman Capote. Escritor norteamericano, autor de la novela “A sangre fría” con la que incursionó en el llamado “nuevo periodismo”.

El cristianismo traduce este control mediante la creencia de que el tipo de vida y acciones que llevemos acabo determinan el acceso de nuestra alma a una vida eterna, en el cielo, o bien la penitencia de las almas; además, Dios es tan bondadoso que perdona, la redención se muestra como una salida. Entonces se interpreta el alma como lo más valioso para el ser humano, la esencia misma, concepción que hoy en día no se agota y circula en cualquier momento, lo comprobé al cuestionarle a algunas personas sobre su definición de alma, considerando incluso que no todas ellas practican el cristianismo:

—“Es la parte de cada persona que vive antes, durante y después de la existencia de la misma persona”.

—“El alma es parte de lo que te permite ser, algo así como el motor, lo que te permite estar vivo”.

—“El alma es lo inmutable que posibilita lo efímero. Las personas son lo efímero y lo insignificante, las cosas también. El alma (animal, vegetal o humana, incluso el alma de las cosas, pues considero que existe el alma de las cosas) es lo que no se va, lo que no se deteriora, lo que no envejece, lo que no se destruye. Es un concepto inmaterial, e infinito, y de ahí que sólo podamos inferir que existe o que posiblemente es todo esto. El alma es la respuesta y es posible que nunca la conozcamos. Sin embargo sentimos, y cuando sólo sentimos, es cuando tenemos la certeza de que el alma radica allí: en un sitio en particular. Nos percatemos o no de que está en todas partes”.

Este dibujo del alma es el mismo que se deja ver en Un recuerdo navideño, tras una hermosa línea del tiempo llena de imágenes psicológicas de Buddy y la anciana (llena de la atmósfera fría y calurosa de un invierno, de la última navidad que pasan juntos), Buddy es enviado a un colegio militar, lejos de su “amiga”, a quien no ve nunca más. Se continúan enviando cartas por largo tiempo y la anciana le sigue enviando cada año “la mejor [tarta] de todas”. El paso de los años se va delatando en los textos de la anciana, poco a poco Buddy sabe que los inviernos no son iguales para ella, que sus fuerzas ya casi no le permiten seguir realizando tartas de fruta a los desconocidos. El alma se aparece en el momento que —para mí— es el más importante: tras la pintura del personaje de la anciana como alguien bondadoso, tierno e inocente, Buddy narra un momento que me dejó helada y ante el cual no pude evitar dejar caer algunas lágrimas:

“El mensaje que lo cuenta no hace más que confirmar una noticia que   cierta vena secreta ya había recibido, amputándome una insustituible parte de mí mismo, dejándola suelta como un barrilete cuyo cordel se ha roto. Por eso, cuando cruzo el césped del colegio en esta mañana de diciembre no dejo de escrutar el cielo. Como si esperase ver, a manera de un par de corazones, dos barriletes perdidos que suben corriendo hacia el cielo”.

 

Buddy busca en el cielo porque sabe que el alma de su abuela no podría ir a otro sitio, su alma merece un lugar donde haya paz ,aunque la parte extraviada de Buddy seguramente no vuelva jamás. En este punto, tras las lágrimas, recordé la definición de alma que debo a uno de mis más entrañables amigos, ésta sintetiza dentro de mí el cuento de Truman :

“Desde que leí que el alma para los griegos era aleteo de mariposas, me quedé con ese concepto. El alma representa la esencia del ser humano y principalmente sus emociones, por eso el vuelo era una bella metáfora para definirla, por el constante cambio: ires y venires. Subir y bajar”.

 

Después de que leí aquel cuento, hoy, en esta temporada navideña, no puedo evitar pensar en la fusión de tristeza y alegría que caracteriza a la época, en las recónditas zonas de contacto que logra cualquier religión (en este caso el cristianismo) con los sentimientos inherentes a la existencia humana; finalmente, no deja de inundarme la certeza de que el alma es algo que hoy no puedo negar y, por fortuna, tampoco puedo explicar; en su lugar, recomiendo para estas fechas y su melancolía Un recuerdo navideño.

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