Hablar como estudiante

Gerardo Chávez Balderas

 

L a posición de la opinión del estudiante universitario se encuentra en una situación desfavorable, pues está a mitad de camino entre dos mundos, pero a la vez puede ser sumamente valiosa. Por un lado, deja de pertenecer al común de la gente, se forma por categorías que enriquecen el pensamiento y permiten ver más allá en las problemáticas sociales; por otro, es catalogada como una opinión todavía insuficiente por la falta de conocimientos y experiencia, a la zaga de la opinión educada y experta de los eruditos en cada campo, que han dedicado sus vidas a la especialización. De este modo, el estudiante es incapaz de encontrar una manera de expresión eficaz de su pensamiento, dejando de ser entendido por los más y menospreciado por los menos.
Sin embargo, es la cualidad híbrida de su expresión que permite enriquecer el pensamiento humano y esta riqueza está siendo desaprovechada. El justo medio en que se encuentra el estudiante ofrece, todavía, el reclamo de la sociedad y el punto de vista de donde proviene. No ha dejado de pensar como sus padres o amigos, sigue siendo una persona no formada en cierta área. Él comienza a interpretar y ver su mundo anterior por medio de otros ojos: el estudiante de filosofía comenzará a aplicar los conceptos de los filósofos en su vida diaria, comenzará a ver las problemáticas sociales desde la óptica de una teoría, de igual modo sucede con el retoño de antropólogo, el sociólogo, el médico y un largo etcétera. El no tener una idea clara es una ventaja, pues se presta a la creatividad y al debate, pero los pensamientos rebeldes, que todavía no están afianzados por los años de estudio, son segados en cuanto comienzan a crecer.
Mientras que en el aula se incita a los estudiantes a responder, por otro lado, se les censura y se impone un medio de argumentación de sus posturas. Se puede hablar cuanto se quiera, pero debe ser la investigación sobre lo dicho por los eruditos lo que condicionará la efectividad del pensamiento de un estudiante. Se da el caso de que algunos se rinden y dejan de pensar por sí mismos, comienzan a investigar y sus opiniones no dejan de tener el respaldo de alguna autoridad. Los maestros fomentan este sistema con las alabanzas y la atención prestada a estos alumnos, lo que refuerza la generación de un nuevo lenguaje donde la falacia de autoridad es la norma. Pronto, los estudiantes que no encuentran un faro en el mar de investigaciones, pierden el rumbo y dimiten, son excluidos de los institutos de investigación y de la docencia: sus opiniones se escuchan cada vez menos.

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La contradicción es obvia. El ofuscamiento que llega con el peso de la autoridad detiene la creatividad y posible innovación que podrían aportar los estudiantes. Aunque no dejaré de aceptar que el conocimiento docto también tiene argumentos a favor.
El conocimiento sobre otras áreas del saber no se desalienta, simplemente se ignora. La única forma de que exista una persona culta en múltiples ciencias es sólo por convicción propia. La manera de acceder al reconocimiento se reduce a la posesión de un título avalado por una universidad prestigiosa y a la colección de posgrados que se vaya adquiriendo. Es tan grande el número de egresados que cuesta saber quién es competente y es por eso que las decisiones en cuanto a contratación y atención se toman con base en los grados. De entre todos los egresados, los que gozan de alguna notoriedad son los que llegan a publicar libros. Es así, como actualmente aseguran su paso a la academia y se hacen notar. Solamente se presta atención, en cuanto a la expresión de sus ideas, a quien haya cursado una carrera universitaria. El común de las personas, y su pensamiento, es ignorado. La ciencia posee la capacidad de decir lo que es y lo que corresponde, aunque la humanidad por mucho tiempo sobrevivió sin ciencia.
La condición que la sociedad impone —conseguir un título universitario— para que pueda expresarse el pensamiento y las propuestas sean dignas de ser oídas, provoca que los egresados no ingresen a otras áreas de conocimiento y en los demás aspectos permanezcan ignorantes. Esto no impide que se les escuche sobre otros temas cuando tengan algo que decir, aunque en otros campos su palabra valga tanto como la de cualquiera. Cosa muy curiosa que sucede con los novelistas en Estados Unidos, pues se les entrevista para conversar sobre un tema cuando se habla sobre algo afín a sus escritos. Sin demeritar la experiencia desde la cual haya surgido una novela, no deja de ser una opinión, que en muchos casos, sólo cuenta con el valor de la experiencia, ahora bien, por qué tendríamos que prestarle atención si podríamos escuchar lo que dice cualquier otro. Tal vez el marketing exprese su poder en esta instancia. En efecto, hay un gran número de propuestas que no llegan a ser planteadas ni puestas a debate porque se dan por no existentes y se descalifican sin darles una oportunidad. Aceptando que un gran número de ellas son inútiles, la ventaja del estudiante reside en su capacidad para desechar estas y plantear preguntas con algo más de valor, sin estar sometidas a la rigidez de los sistemas de pensamiento. No es de sorprenderse que grandes pensadores hayan propuesto la semilla de sus grandes teorías cuando jóvenes.
De lo anterior no se sigue que debamos despreciar y erradicar la opinión común y la erudita, sino que existe una gran variedad de pensamiento que ha sido desaprovechado y al cual no se le permite crecer. Los estudiantes no tienen que esperar a graduarse y hacer méritos para expresarse. Los pensamientos que a primera vista podrían parecer defectuosos si se analizan, pueden aportar más de lo que en la actualidad aporta una gran investigación. Lo principal es que ellos mismos no se censuren y se atrevan a pensar.

Estepario.logo.EGerardo Chávez Balderas, estudiante de la carrera de Derecho y de Letras Clásicas en la Universidad Nacional Autónoma de México

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