El Chapo: cultura y estética rural

"Tendedero" (1989), Juan Ramón Martínez Vega. Técnica: Tinta sobre cartulina bristol.

María Bárbara Zepeda Cortés* | Lehigh University, Bethlehem, Pennsylvania

 

QUE LA MODA sea arte es una discusión abierta. En esencia, la vestimenta es sólo un intermediario entre nosotros y el ambiente. Una playera roja con el nombre impreso de un político repartida en un pueblo oaxaqueño tiene la misma función básica que un vestido de plástico color rosa neón creado por un diseñador en Tokio: ambas piezas nos protegen contra la naturaleza. La sociedad, sin embargo, asigna significados diferentes a la indumentaria humilde y a la extravagante, las piensa y siente diferente. Se puede decir que la ropa que usas indica tu posición en la sociedad.

En enero de 2016, las camisas de Joaquín Guzmán Loera, alias “El Chapo,” causaron revuelo en los medios de comunicación masivos y redes sociales en México tras su “re-recaptura” y la publicación de la entrevista realizada al narcotraficante por el actor norteamericano Sean Penn en la revista Rolling Stone. Las primeras imágenes publicadas después de su reaprehensión mostraban al Chapo con una camisa de tirantes sucia. En la radio nacional un locutor clamaba que la prenda era “asquerosa”, cuando la evidencia sugiere que la tela blanca se manchó en la huida del criminal por el drenaje de Los Mochis, Sinaloa. Al día siguiente, se publicó la entrevista de Penn y su video adjunto. En las fotografías Guzmán aparece bien arreglado con un par de camisas de tela brillante, estampadas: una es predominantemente color azul cerúleo y la otra gris plata con franjas anchas azul verticales. De nuevo la radio mexicana arremetió y calificó a las camisas de “horribles.” Irónicamente, el diseñador de las prendas, Barabas, comenzó a venderlas como pan caliente la semana siguiente.

Tratemos de ponernos en el lugar de El Chapo Guzmán al momento de elegir su vestimenta. Es lógico pensar que en su escape, el narco decidió quitarse su camisa de vestir antes de ensuciarla en los pasadizos por los que huyó y usó la de tirantes para protegerse del agresivo ambiente subterráneo de las cloacas mochitecas. La selección de las camisas para sus encuentros con Penn, la actriz Kate del Castillo y el público que vería el video fue una decisión estética: en pocas palabras, el narco quería verse bien. La moda implica un concepto de belleza típicamente aceptado por quienes la usan (aunque, cuántas veces hemos sido forzados a llevar ropas que no nos gustan) pero no necesariamente aprobado por quienes la observan (las posibilidades de crítica son infinitas). Los adjetivos de “asquerosa” y “horribles” que recibió de la prensa radial la indumentaria de El Chapo sin duda reflejan el desprecio generalizado que amplios sectores de la sociedad le tienen como personaje criminal. Sin embargo, el “horrible” asignado a sus camisas “bonitas” se puede interpretar como un rechazo social a la moda popular identificada como “narca”, independientemente del origen más bien transnacional de las prendas (el diseñador Barabas es de origen iraní y su slogan es “la verdadera filosofía de la moda”).

El arte en México no es indiferente a la guerra contra las drogas que Felipe Calderón inició hace una década. Es de notarse que el arte se resistió a entrarle al tema en los primeros años del conflicto. Sólo exposiciones muy atrevidas como “Navajas” (concebida entre 2002 y 2007) de la sinaloense Rosa María Flores indicaban una naciente tendencia hacia la reflexión estética sobre la violencia. Hoy sería ingenuo negar que el tema ya colonizó al arte, de la pintura a la literatura, del performance al cine. Aunque están relacionados existe una barrera entre el arte que se nutre de la realidad narca del país y la narcocultura que se concibe como una expresión popular. En la narcocultura caben los narcocorridos, los santos populares como Jesús Malverde y la Santa Muerte, la vestimenta brillante de El Chapo, los cuernos de chivo chapados en oro y los mausoleos espectaculares de Jardines de Humaya, el cementerio narco de Culiacán. La expresiva narcocultura suscita rechazo entre muchos sectores sociales. Las clases medias y altas educadas del centro del país sienten sus buenas conciencias, ojos y oídos, lastimados por estas expresiones culturales populares. De la misma manera, el gobierno de Sinaloa decidió prohibir los narcocorridos alegando que fomentan la violencia. Pocos se detienen a observar que el contexto de la narcocultura y del arte inspirado en el narco es típicamente el mismo: el medio rural.

Los narcotraficantes vienen del campo y una de las características principales del campo mexicano es el histórico desprecio que le tienen las élites del país y los habitantes de las ciudades (éstos de cualquier clase social). El dominio casi absoluto de lo urbano que trasciende lo cultural es relativamente reciente. Hasta la década de los años sesenta del siglo XX, la mayoría de los mexicanos vivían en el campo, hoy casi ochenta por ciento de la población vive en una ciudad. El mundo rural en México no tiene acceso a los mismos servicios (de salud, educación y cultura), infraestructura básica y telecomunicaciones, salarios y oportunidades laborales que el medio urbano. El campo es sinónimo de pobreza y abandono. Cuando El Chapo confiesa en la entrevista para Producciones Kate del Castillo que en Badiraguato en la sierra de Sinaloano había (ni hay) oportunidades de trabajo y que la única forma de comprar comida y sobrevivir era sembrar amapola y mariguana, sólo está describiendo la realidad del campo mexicano. Sin embargo, esta imagen desoladora no es enteramente cierta precisamente en la cuna de la narcocultura, Sinaloa, donde durante el siglo XX y hasta nuestros días el negocio agroexportador legal (e ilegal) ha creado una clase de productores adinerada y con poder político. Además, parte del éxito de los agroexportadores sinaloenses proviene de tener a su disposición campesinos pobres locales e importados temporalmente de otros estados (los jornaleros). Entonces El Chapo no tuvo las mismas desventajas que las que enfrentó y enfrenta el que nace para campesino en Guerrero, Oaxaca y Chiapas. Otro punto a considerar es que, al haber nacido en la sierra de Sinaloa, Guzmán Loera tenía a su disposición redes sociales (con raíces históricas bien plantadas) donde la carrera criminal no era cosa del otro mundo.

A pesar de las ventajas relativas del medio rural sinaloense, como niños y jóvenes El Chapo y sus compañeros capos hoy dueños de un imperio comercial trasnacional ilegal no tuvieron acceso a una educación de calidad. Tanto en 1957 (año en que se cree nació Guzmán Loera) como en 2016, las clases populares de la Ciudad de México gozan de entradas más amplias al capital educativo y cultural que los campesinos de Badiraguato. Cuando los narcos muestran su poder con expresiones culturales –el gusto por las telas brillantes de El Chapo, la letra de canciones como “Sanguinarios del M1” de Movimiento Alterado o la estatuilla de Malverde sosteniendo un fajo de billetes verdes a la venta en cualquier mercado mexicano—las concebimos como vulgaridades convencionales e incluso les negamos la categoría de arte popular o arte objeto. El desprecio por la camisa de tirantes “asquerosa” de El Chapo capturado y las camisas“horribles” de El Chapo entrevistado no es otra cosa que el históricamente y socialmente construido menosprecio por lo rústico. A pesar de que la moda preferida de Guzmán grita globalización y lujo, debido a que se trata de un sujeto rural y criminal queremos que no se desvíe de sus orígenes, deseamos que se conforme con la humilde playera, gorra y zapatos oscuros del jornalero o mínimo la estereotípica hebilla ancha y botas de vaquero picudas del narcotraficante. Su refinamiento estético con cabello bien pintado y peinado, cara rasurada y el “slim-fit” de la camisa azul al inicio de la entrevista videograbada podría incluso significar una desviación de género en un hombre que por su ruralidad debería portarse como el estereotípico macho campesino mexicano.

En su entrevista a Guzmán Loera, Sean Penn describe los relojes de pulsera de los hijos del narco como más valiosos que “el dinero contenido en los bancos centrales de muchos países”. Las elecciones de ropa y accesorios de El Chapo y su familia, la estridencia de los narcocorridos, los espectaculares mausoleos que serán objetos de investigación de los arqueólogos del futuro, son una reafirmación de una cultura distinta que goza de dinero y poder en el abandonado mundo rural. Los productores y lectores de esta revista nunca experimentaremos sus efectos liberadores, ni sabremos cómo un campesino sinaloense percibe y aprecia estas expresiones que son también decisiones estéticas. La violenta narcocultura surge como un poderoso grito de venganza rural contra el abandono y desprecio de aquella parte de la sociedad que ha tenido mejores oportunidades y mantiene el dominio sobre lo que debe ser arte y cultura.

Estepario.logo.E

*María BárbarResearch-Zepedaa Zepeda Cortés es profesora de Historia Latinoamericana en Lehigh University, en Bethlehem, Pennsylvania. Doctora en Historia por la Universidad de California, San Diego y licenciada en Relaciones Internacionales por El Colegio de México. Autora de Cambios y adaptaciones del nacionalismo puertorriqueño (Universidad Michoacana, 2015) y está trabajando en un libro sobre reforma y corrupción en la América española del siglo dieciocho.

Referencias:

Barabas, “Welcome to Barabas World of Fashion”, http://barabasmen.com/about-our-company.html, sitio web visitadoenFebrero 2016.

Bourdieu, Pierre, Distinction: A Social Critique of the Judgement of Taste (Cambridge, Mass: Harvard University Press, 1984).

Guillermoprieto, Alma, “Letter from Mexico: Days of the Dead. The New Narcocultura,” The New Yorker, 10 de noviembre de 2008, http://www.newyorker.com/reporting/2008/11/10/081110fa_fact_guillermoprieto

Penn, Sean, “El Chapo Found: A Secret Visit with the World’s Most Wanted Man”, Rolling Stone, núm. 1253, 28 enero 2016, http://www.rollingstone.com/culture/features/el-chapo-speaks-20160109

Reygadas, Luis, “The Construction of Latin American Inequality,” en Paul Gootenberg y Luis Reygadas, editores, Indelible Inequalities in Latin America: Insights from History, Politics, and Culture (Durham, NC and London: Duke University Press, 2010), 23-51.