El encuentro

Jesús Briseño Vázquez | Facultad de Derecho UNAM


 

Caminamos por la árida ciénaga
incendiando aquellas pestíferas tumbas,
naufragamos de un pulmón silencioso
hacia el metal más excitado:
ahora sables de guerra
devastan nuestro pálido rostro,
ahora la historia es el cadáver
que pulula hedores amargos,
aun así, eternamente te persigo
como si yo fuese un relámpago ebrio,
sueño abrazarte inmensamente
pero sobre nosotros
la furia solar se derrama
y la muerte nos acecha
con olfato lunar de leopardo;

al caminar entre estas ruinas
nuestros pies se hunden en lodo indefinido,
entre tú y yo el tiempo se petrifica
y un espejo se quema en nuestras manos,
en el crisol del pecho el corazón se hace piedra
mientras la vida hierve hasta ser un cristal oscuro,
en sangrienta soledad batallamos,
en los abismos que arden al calor de gritos y desolaciones.

Ahora un marchito jazmín es el mundo,
un desierto de sombras y violentos remolinos.

¡Oh tristísimas hienas ya somos!
No podemos evitar tener los senos carbonizados,
nuestros labios son manantiales anémicos
y con la bayoneta del odio clavada en nuestras costillas
avanzamos, caemos, vomitamos llamaradas,
sudamos y una fiebre despiadada
revienta nuestros ojos nublados…

¡Qué despierte ya la carne y su rumor de eras!

Piel luz el pasado: fruto ancestral.
Piel agua la imaginación: mar infinito y danzante.
Piel calvario la religión: soliloquio fanático y ferviente.
Piel bestia las guerras: espectrales hornos carnívoros.

Después de la afrenta
exiliamos el alma en los jardines de otros sueños,
corremos y nos filtramos a una horda de fantasmas,
con los pies descalzos continuamos hasta el punto más albo,
junto al camino que conduce al infierno
tú y yo nos recostamos bajo la sombra
de un árbol en llamas,
al fin nos abrazamos y el viento arrastra
la hojarasca ardiente que ilumina tu rostro,

ahora desnudo mi existencia,
tu clarísima existencia, tu existencia que es mía,
me desnudas las mejillas sabor durazno,
de luz empapas los huertos de cráneos y cenizas;

te veo y me ves, instante estupefacto,
y en uno solo nos fundimos,
en uno que son todos
y en todos que son nada
cuando la nada es muerte.

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