Por azares del destino

*Salvador Fernández de Lara

Siempre he creído que los seres humanos tenemos un destino. Y quizás usted, querido lector, pensará que estoy equivocado, loco, que soy un ignorante o que me fumé algún psicotrópico. Y es que mucho se habla de que uno es “el arquitecto de su propio destino” y cosas por el estilo; sin embargo, he visto muchos casos (incluido el mío, por supuesto) en el que esa construcción propia de la vida con base en nuestra voluntad realmente casi nunca sucede… Y he decidido escribir mi primera columna acerca de este tema, ya que hace un par de semanas tuve con alguien una plática que me hizo confirmar mis hipótesis.

En principio, supongo que usted, estimado lector, se ha planteado alguna vez lograr alguna meta que no parece imposible, hace todo lo necesario para lograr el objetivo planteado, las cosas parecen estar funcionando como las previó y de repente eso que queríamos y por lo que tanto habíamos luchado no se da y en su lugar llega algo más. Nos cuestionamos una y otra vez por qué sucedió eso y no aquello; hasta que nos damos cuenta (o nos hacemos a la idea) de que tenía un objetivo… al menos esa es la explicación que le encontramos.

Pues bien, para demostrar que el determinismo está presente en nuestras vidas, expondré a continuación dos casos reales: el primero sucedió hace ya bastantes años, a finales del siglo XIX. El Rey Humberto I de Italia y un sujeto también llamado Humberto (dueño de un restaurante) nacieron el mismo día y en el mismo hospital, contrajeron matrimonio con sus respectivas esposas el mismo día y murieron el mismo día y de la misma manera (por un balazo en el cráneo). Esta historia es bastante extraña, como se habrá percatado usted.

Ahora bien, el segundo caso es el del reconocido actor de cine Anthony Hopkins, a quien le habían propuesto participar en la película basada en la novela “La Mujer de Petrov” de George Feifer. Él aún no había leído la novela y pidió tiempo para que la pudiera leer y así pudiese decir a conciencia si participaba o no en el rodaje. Inmediatamente tomó el metro de Londres y se dirigió al área londinense dónde se encuentran la mayor cantidad de librerías. Fue a cada una de ella, preguntando por la novela, pero ningún establecimiento tenía a la venta el libro. Como no lo encontró, decidió mejor irse. Así que tomó el metro de regreso y en un instante se percató que alguien había dejado un libro bastante gastado en uno de los asientos cercanos. Hopkins no dudó en acercarse y tomar el libro. Lo abrió y notó que el texto tenía muchas anotaciones. Ese libro era la novela que iba buscando. Por supuesto que se lo llevó a su casa y leyó la novela. Es de suponerse que el libro le gustó, porque aceptó actuar en el filme. Dos años después de todo esto, durante la filmación, Hopkins conoció al autor de la novela; y éste le comentó que hacía dos años que él le había prestado a un amigo suyo la primera edición de “La Mujer de Petrov”, pero que su amigo lo había extraviado en el metro. Cabe destacar que el texto perdido estaba muy gastado y tenía muchas anotaciones. Claro está que el libro prestado y perdido fue aquel que encontró Hopkins en el metro (desconozco si el actor le devolvió la novela a su dueño original…).

Como verá, atento lector, parecería que hay muchas coincidencias en estos casos; pero a decir verdad, yo no creo en las coincidencias, pues considero que ese es un término poco preciso. Creo que todos estamos destinados a algo. Y nuestra voluntad, aunque es importante, realmente muchas veces es accesoria. Pero el creer o no en el destino es cuestión de cada uno de nosotros. Espero que este artículo no lo haya dejado con más dudas al respecto…

Estepario.logo.E

*Es estudiante de la Facultad de Derecho de la UNAM

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