El desgarramiento

"Diómedes devorado por sus caballos" (1870), Gustave Moreau

Óscar Cuéllar Briseño

U na tarde en plaza Universidad, viendo pasar minutos, silencios, rostros  hinchados de vanidad, reuniones con amigos, películas en el cine, amores excesivamente inflados de deseo para aliviar la angustia que sienten las almas sin fondo al vislumbrar sus abismos; y por otro lado, resistir los vientos de marzo, furiosos como el Tifón impúdico que se abalanzó sobre los olímpicos, sólo para ser aplastado por la maza del hijo de Zeus, esos graznidos de aire que burlones y orgullosos se amontonan para morir al chocar con los cuerpos, desvaneciéndose como fantasmas vengativos.

Una tarde en plaza universidad, con un café y un libro de Kafka, en una mesita de “La Parroquia”. Y encendido, el mundo se yergue imponente, dejando adivinar más de lo divino con la pobre interpretación de lo profano como un buen actor interpretando un pésimo papel. Entonces se despierta el deseo como al contemplar el bosquejo de sagrada carne que la mujer hace aparecer tímidamente al desnudarse: ese borrador que ahí aparece, feroz como un retador verdugo, eso es el desgarramiento.

Así es: el desgarramiento es ese choque con el mundo, con ese viento, con esa tarde, con ese café, con esa plaza llamada “Universidad”. Es el enfrentamiento con una pregunta fundamental: Was ist die Welt? (¿Qué es el Mundo?) y la conciencia de la imposibilidad de contestarla. Y, sin embargo, también es la rebeldía que se agita furiosamente en nuestro ser, esa ansia casi indomable por domarlo, moldearlo y arrastrarlo hacia nuestra propia pequeñez: el furor insaciable de trascenderlo.

Pero el desgarramiento también es el enfrentamiento con los primates humanos. Y esta afirmación, bien entendida, rebasa aquella superficial suposición de Sartre: “el infierno son los otros”. Porque los otros no sólo son nuestro infierno, son nuestros cielos y nuestras tierras, nuestra mundanidad y nuestra santidad, nuestras maldiciones y nuestras glorias. El otro es ese eterno misterio que se nos presenta con el mundo y que pretendemos conocer mejor al ser, aparentemente, más semejante a nosotros que el mundo mismo.

He de explicarme: el desgarramiento por los otros es aún más profundo que el desgarramiento del mundo; conciencia elemental de estar terriblemente cerca y terriblemente lejos, de ser como el otro sin poder ser el otro jamás; gran orfandad consistente en ser el hijo que se parece al padre, sin poder llegar a ser el padre jamás.

¿Jugamos con la idea del padre? Así llegamos al desgarramiento más profundo, a esa conciencia de que todo otro no se nos presenta, sino como miembro de aquello que los psicoanalistas llaman “el gran otro”, una informe masa hecha de rostros a la que le atribuimos alteridad. Todo otro, en este sentido, pareciera no ser más que el rostro del padre “Otro” difuminado entre millones de máscaras humanas. Por ello, toda alegría de los otros no será más que el paraíso reconquistado por parte del hijo pródigo que ha dejado de comerse las bellotas de los cerdos. Así, nuestro desamparo se desvanece con la firme convicción de haber alcanzado la eternidad en ÉL. EL OTRO ES EL PARAÍSO, LA MALA FE QUE NOS SACIA, SARTRE; ESE ES EL GRAN PROBLEMA.

Desgarramiento como mundo, al que abordaremos esbozando aquella cruenta batalla entre Pascal y Descartes, en la pugna por conocer al mundo; desgarramiento como humanidad languideciente que, sin embargo, nos mira desafiante como una fiera en ese lecho de moribundo llamado literatura, la cual abordaremos a través de las agudas reflexiones del filósofo ruso Lev Chestov sobre la obra de Dostoievski; por último, el desgarramiento de la eternidad, causado por la visión de ese Dios prohibido llamado “Gran Otro”, donde cuestionaremos la mala fe del pseudoexistencialismo sartreriano con la más grande de las obras existencialistas: Temor y Temblor, de Sören Kierkegaard.

¿Pero cómo puede ser un desgarramiento un simple choque? Desgarrar es un acto que regularmente se produce por el uso de una fuerza sobre un objeto (la hoja de papel por la fuerza de mis manos, el Universo mismo desgarrándose en su expansión por el actuar de sus fuerzas misteriosas), pero el desgarramiento es también el resultado.

Vamos al resultado…

Emil Cioran y La Desgarradura. La desgarradura es un despertar, una toma de conciencia última en el que todo movimiento no se vuelve más que la bufonada de un demonio burlón, como el Dios hipotético de Descartes: “Imagínese una toma de conciencia suplementaria, un paso más hacia el despertar: quien lo efectuara no sería más que un fantasma”… y entonces aparece el anuncio de lo más terrible: que tal vez no actuar, al fin y al cabo, forme también parte de la dinámica actividad de un mundo ciego y sin sentido. ¿ELEGIMOS NO ACTUAR? ¿ELEGIMOS?

En las siguientes columnas desarrollaremos estos desgarramientos. Y tal vez (¡Cómo una oferta de supermercado!) usted asista al mejor espectáculo de todos: tal vez el autor de este texto, a la vista de su propio desgarramiento, decida al fin consumar aquel acto grandioso, el más radical de todos… memento mori. ¡LOCURA!

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