La visión erótica de Octavio Paz

La trinchera | Columna

Jesús Briseño Vázquez

 

Octavio Paz es un poeta de ruptura y reconciliación: reúne por un lado, la transparencia de una idea y la transforma en palabra, en acto, pero al mismo tiempo, en ritual, en rebeldía que lo arrasa todo por medio del verdeante oleaje de metáforas que fluyen con la voz, una voz cargada con el hálito candoroso de los muertos, la voz de toda una tradición que se remite a los cantos llenos de noche y fantasías alrededor de la hoguera elemental cuando los individuos en conjunto descubren la “otra cara de la realidad”, de la que siempre nos exiliamos, la que se desnuda y se baña de significación y sensibilidad intelectual si dialogamos con ella a través del cristal de la mirada poética, es decir, de la mirada consciente, precisa y dialécticamente ardiente.

Si entendemos la historia como un proceso que constantemente se rompe y se contradice, podemos estar seguros de que la poesía sigue tendencias parecidas, es decir, los temas poéticos que preocupan a los individuos humanos, son y serán los mismos sólo que diversificados de su misma raíz, dando como resultado una pluralidad de corrientes e inercias creadas y adaptadas, consciente o inconscientemente, por la experiencia y noción íntima de miles de generaciones de individuos a lo largo de la historia. Y digo consciente o inconscientemente porque justamente la poesía parece ser el resultado del choque violento y prístino de ambas situaciones, es decir, la poesía es un reflejo innegable del individuo con todas sus contradicciones y posturas, de su lucidez y de su urgencia, de su sensibilidad o de su ceguera. Hablar pues, de erotismo, es hablar de rituales, y hablar de rituales, es hablar de cultura, y la cultura misma se transmite por medio de condicionantes históricamente dadas en sociedad, principalmente, creo yo, por símbolos, es decir, por metáforas que encarnan los individuos, llevando a éstos a seguir una conducta encausada o un ritual. Como todo individuo, incluyendo a los poetas, en Octavio Paz bulle una alta sensibilidad erótica. Su literatura se inserta en el ámbito ritual, evocatorio. Las palabras que emplea en sus poemas son elementos que construyen una vivencia esencial, las palabras son actos metafísicos, un mundo eólico hecho de imágenes y chispazos en constante creación y convulsión hasta su final. En el contexto de la realidad tangible, el erotismo más que ser un encuentro avasallante entre amantes, es una fusión de sombras que se complementa con ese delicioso encuentro carnal. Por ello, el verdadero erotismo, es una representación de lo que pensamos del otro, es un encuentro con fantasmas, una quimera que estalla en orgasmos, gritos y silencios expresivos. El ritual erótico de Octavio Paz se haya en la imaginación, y luego en su poesía. La gran mayoría de sus poemas se expresan en hogueras donde la mujer es el fuego absoluto, pero también donde es la muerte, o mejor dicho, el presentimiento de la muerte. Y esta es la contradicción fundamental del erotismo: el frenesí que envuelve al acto sexual, pienso yo, responde en primer lugar al deseo, a la posesión de la otra persona, pero más importante, responde a la necesidad de vivir lo más apasionadamente posible antes de morir, es una ansiedad que en lugar de reprimirnos, explota cual volcán temerario y sobrecargado. Un ejemplo claro de lo dicho lo hayamos en su poema ”Piedra de Sol”:

“voy por tu cuerpo como por el mundo,

tu vientre es una plaza soleada,

tus pechos dos iglesias donde oficia

la sangre sus misterios paralelos,

mis miradas te cubren como yedra,

eres una ciudad que el mar asedia,

una muralla que la luz divide

en dos mitades de color durazno,

un paraje de sal, rocas y pájaros

bajo la ley del mediodía absorto,

vestida del color de mis deseos

como mi pensamiento vas desnuda,

voy por tus ojos como por el agua,

los tigres beben sueño en esos ojos,

el colibrí se quema en esas llamas,

voy por tu frente como por la luna,

como la nube por tu pensamiento,

voy por tu vientre como por tus sueños”

Derivado de lo anterior, podemos observar que la poesía de Octavio Paz busca ser más que palabras, busca ser acto, ceremonia y un ser vivo a la vez, y esta es la máxima tentativa de los poetas: abrir las puertas del otro mundo, pero además, ser creadores de él. La poesía es un arte revolucionario en ese sentido. No es panfletaria ni grillera, sino, extremadamente concreta e inconforme, es una rebelión de la intimidad contra los defectos del mundo exterior. Si bien es abstracta cuando en un principio se toman elementos dispares y se convierten en el cuerpo del poema, una vez llegado el momento final de su creación y logran su unión, se vuelven netamente concretos, dicen lo que dicen y son lo que dicen ser: pareciese que buscan ser más reales que la realidad misma. De ahí la importancia del tiempo y del erotismo, ya que la mujer es la representación de ambas, y en este poema la feminidad alcanza su esplendor más encumbrado: la plenitud del tiempo, la mujer como metáfora de la vida. El poema es guiado por el erotismo de la mujer por la voluntad de vida del autor, por su pasión.

Igualmente encontramos una variación de lo dicho en los párrafos de arriba: el erotismo y la memoria. Como bien sabemos, todos estamos hechos de tiempo, nacemos para morir, hecho inexorable. El tiempo es despiadado y devasta todo a su paso y sólo la memoria es testigo imperfecto de esa cruenta guerra silenciosa. Pero cuando la memoria almacena en sí los frutos podridos del amor idealizado y estéril, el tiempo es doblemente vengador ya que por una parte, acaba con la juventud de los seres con memoria, anulando así gran parte de su capacidad de erótica carnal y ritual, pero por otra parte, la memoria se envenena junto con los sentimientos del condenado y la melancolía asalta la cabeza como una mala yerba que depreda la estabilidad de los individuos hasta el punto de hacerlos miserables, o bien, conscientes de su misma agonía:

“corredores sin fin de la memoria,

puertas abiertas a un salón vacío

donde se pudren todos los veranos,

las joyas de la sed arden al fondo,

rostro desvanecido al recordarlo,

mano que se deshace si la toco,

cabelleras de arañas en tumulto

sobre sonrisas de hace muchos años”

Por último habría que señalar la relación entre erotismo y muerte. Si seguimos con la premisa de que todo está hecho de tiempo debemos agregar otro elemento más: la transformación. Después de que los amantes han terminado la copulación, el deseo se desvanece y se trasforma en una tensa calma, en  memoria apasionada del ser amado. Lo mismo sucede con la poesía y el erotismo en “Piedra de Sol”, ya que después de concluir, el ritual de la poesía se extingue y por consiguiente se vuelve silencio. Y es justo en el abismo del silencio más hechizado donde la imaginación es envuelta por nuestra sangre en un paraíso de dulces y suaves llamaradas y en un infierno donde las mujeres y las metáforas duermen, al fin, congeladas en un inquieto y curioso pozo sin fin llamado cerebro. Así, la poesía reposa activamente, tanto en nuestra conciencia como en nuestra inconciencia, esperando manifestarse en una manera trasparente de ver al mundo, ya que la poesía busca agudizar nuestra sensibilización dialéctica con el exterior

Porque más allá de modas vanas, la poesía en su sentido universal, como uno de los reflejos más deslumbrantes del poder humano de creación, prevalece por sí misma a pesar de su relativa naturaleza marginal ante la universalidad de sociedades que en cierta medida la rechaza, o mejor dicho, la poesía prevalece siendo complemento de la misma realidad, una rebelde testaruda, como un umbral incandescente hacia lo cotidiano, hacia lo extraordinario de todos nosotros: la maravillosa y despiadada realidad…

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