Mario Vargas Llosa, 80 años

Mi Vargas Llosa personal

Artículo | Adolfo Ulises León López

Tenía dieciséis años cuando leí La ciudad y los perros. Así, mi primer encuentro con Mario Vargas Llosa fue el de un adolescente que se topaba con sus iguales del Colegio Militar Leoncio Prado. Recuerdo que, como ellos, vivía la espontaneidad de la rebeldía. Decía no a todo aquello que no me parecía y hacerlo me costó demorar un año mi ingreso a la preparatoria. La secundaria, pues, era una huella fresca y aquélla panorámica del Perú de los años cincuenta me resultaba inmediata; como El Esclavo, El Jaguar o Alberto, también reconocía la angustia del primer amor, la impotencia contra la autoridad y la violencia desmedida entre compañeros. Estaba ya familiarizado con el resto de escritores latinoamericanos a los que comúnmente llamamos el Boom, sin embargo con ninguno de ellos —Fuentes, Cortázar, García Márquez— sucumbí al verdadero hechizo de la ficción: no imaginar, vivir una vida distinta. Por la nitidez con que podía ver cada detalle, los rostros de los cadetes, los paisajes, leer La ciudad y los perros fue una experiencia similar a la cinematográfica o teatral, como caer de pronto en una butaca donde la historia hacía tiempo que había comenzado. Sí, fue la forma lo que más me sedujo de aquella novela. Hasta entonces los saltos abruptos en el tiempo y en el espacio me eran algo impensable como lector, sugerir escenas grotescas que sólo podían ser descifradas mediante una expurgación minuciosa de la descripción o en la sutileza de los diálogos, o la voz de un narrador que poco a poco y sin darnos cuenta devenía en el pensamiento de un personaje. Por todo ello, fue al terminar La ciudad y los perros cuando me dije que, si algún día conseguía convertirme en escritor, me gustaría ser un escritor realista como Vargas Llosa.

Durante esos años difíciles de la adolescencia, la lectura de las novelas y los ensayos de Vargas Llosa, además de grandes experiencias literarias, me brindaron un asidero a prueba de todo tipo de embates. Me refiero a esa manera tan persuasiva y contagiosa que tiene Mario para hablar de la vocación. Cuando uno empieza a escribir es como si anduviera a tientas por grietas oscuras, no sabemos por qué escribimos o qué razones ocultas nos motivan a elegir una historia y no otra. De pronto, aparece una luz tenue que nos advierte de los precipicios y las piedras resbaladizas. La poética de Vargas Llosa —sartreana en esencia— se encuentra dispersa en toda su obra y, al menos para mí, se esboza mejor en cuatro de sus libros: Literatura y política: dos visiones del mundo, La verdad de las mentiras, Cartas a un joven novelista y La orgía perpetua. A este aprendiz Vargas Llosa lo tomó del hombro y le dijo que, contra todo pronóstico, la Literatura es cosa seria. La Literatura es fuego. Es rebelión y, por las consecuencias que genera en el lector, implica un compromiso para quien se dedique a ella. Rebeldía porque una persona que se encuentra satisfecha con el mundo en el que vive, con la vida que lleva, ¿qué necesidad tendría de escribir e imaginar vidas distintas? Los lectores —al darse un baño de agua fría con los deseos, odios o rencores de otros seres humanos que vivieron en épocas distintas o en distintas latitudes— regresan de la ficción con una profunda convicción de que el mundo está mal hecho, de que la vida carece de algo que la ficción sí tiene: un orden y un sentido. Visto así, quien escribe carga sobre sus hombros una gran responsabilidad: nunca disociar la Literatura de la Política. Escribir es una manera de actuar. Sin embargo, en la práctica, el escritor debe ser muy cuidadoso con el tratamiento que elige para develar, por ejemplo, el andamiaje político y ahondar en temas como la corrupción, los excesos del poder, la doble moral o la destrucción de la dignidad. Una mala estrategia de técnica narrativa puede hacer de una buena novela un mero panfleto. Vargas Llosa hace énfasis en el cuidado del estilo. El narrador (realista) debe invisibilizarse a tal punto que parezca que la historia surja de manera espontánea a los ojos del lector, sin juicios ni opiniones, valiéndose del dominio de cajas chinas, monólogos internos, vasos comunicantes, personajes colectivos o de la elasticidad en el tiempo.

Vi por primera vez a Mario en 2009, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En el Hospicio Cabañas inauguró una exposición sobre su vida y al día siguiente, con motivo de la presentación de El viaje a la ficción, ofreció una firma de libros. La fila era larguísima y no veía el momento en que llegara mi turno. Para entonces sabía casi todo sobre él. Nació en Arequipa en 1936, vivió con su familia materna hasta los diez años. Su padre muerto resultó que no lo estaba y le impuso una vida espartana donde el hecho de leer novelas lo convertía en un marica. Abandonó la carrera de Derecho en la Universidad de San Marcos y se volcó de lleno a la de Literatura. Para ganarse la vida trabajó como corrector y redactor en periódicos y estaciones de radio. Se casó con su tía política y después con su prima hermana. Ganó el Premio Biblioteca Breve a los veinticinco años. Descreído de los regímenes socialistas se convirtió al liberalismo y en 1990 perdió las elecciones presidenciales del Perú frente a Fujimori. Llegó mi turno y Vargas Llosa quedó frente a mí: imponente, vestía traje gris, sin corbata, sonreía dejando ver sus dientes de roedor y con ese copete relamido que tanto lo caracteriza. Yo estaba nervioso y lo primero que vino a mi mente fue una frase aduladora: “Maestro, un gusto, es como si a mi edad usted se encontrara frente a Sartre”. “Hombre, gracias, me halaga pero Sartre era un monstruo”, reconoció. Acto seguido le entregué un cuento, “para el insomnio”, dije. Colocó las hojas a su costado, estreché su mano y él continuó despachando a sus lectores. Dudo que haya leído mi texto pues en él anoté mi correo electrónico y a la fecha sigo sin recibir respuesta.

Han pasado algunos años desde aquel encuentro y la imagen de Vargas Llosa que antes me parecía agigantada, inquebrantable en sus ideas, ahora la veo regresar a su justa medida. Sus posiciones políticas son predecibles y muchas veces desafortunadas; sus dos últimas novelas —El héroe discreto y Cinco esquinas— parecen contrariar sus postulados estilísticos y ofrecer a los lectores apologías del liberalismo. Aunque la Literatura es cosa seria, tampoco creo ya que una buena novela sea capaz de formar ciudadanos críticos. Antón Chéjov, menos pretencioso,  sabía que, quizá, el efecto más importante de las ficciones sea el de devolverle la sencillez a las personas. Enfrentados a sí mismos, los individuos dejan de autoengañarse. Al final del día, uno no puede ser un ciudadano crítico si antes no es capaz de sentir empatía por el otro y mirar al mundo sin desproporciones. A Mario Vargas Llosa le agradeceré siempre ese ejemplo de que la Literatura se vive con pasión, sin miedos ni vergüenzas. Fue él quien me presentó con Hemingway, Faulkner y Joanot Martorell. Le agradezco que, en mis temporadas de crisis, cuando comienzo a creerme mi personaje de abogado o cuando mis escritos no marchan como yo quisiera y la neurosis se me dispara, Vargas Llosa extrae el ejemplo de Flaubert y me recuerda que el genio y la inspiración no existen, que son invenciones de los románticos, que no desespere: el talento es producto del trabajo y la disciplina. No sé si aún quiera ser un escritor tipo Vargas Llosa, pero en caso de convertirme en escritor, sé que todo se lo deberé a él.

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