Momento de confesión

Columna | Salvador Fernández de Lara García

¿Alguna vez a usted, querido lector, le ha pasado que una persona se mete en lo que no le importa y le termina destruyendo, por comentarios absurdos o acciones innecesarias, algo que han ido construyendo por mucho tiempo y con mucho trabajo? ¿O, simplemente, lo termina haciendo sentir mal y culpable? Y si su respuesta fue afirmativa, seguro que quién realizó dicha proeza fue un “amigo” de toda su confianza… Pues bien, eso fue lo que hace algunos días me aconteció. Al principio no entendí el por qué dicha persona lo hacía, fue (como diría Mario Benedetti) un mazazo en la nuca. Pareciese que aquél ser humano iba en estado de ebriedad o bajo los efectos de alguna sustancia tóxica; porque sólo en esas condiciones se pueden realizar semejantes hazañas. Aunque, a primera vista, se veía normal, como siempre. Pero, de repente, comenzó a decir un rosario de tonterías que yo no podía creer. Traté de controlarla, pero no pude; así que lo único que me quedó fue tener paciencia. Debo decir que mi autocontrol fue magnífico. Sin embargo, lo hecho, hecho estaba. Y mientras esta personita abría más y más la boca, las cosas que decía iban aumentando de tono y gravedad. Y lo peor es que sus comentarios no eran contra mí, sino contra alguien más (que, claro está, es muy importante para mí). Por supuesto que esta personita como que me quería convencer de sus dichos; cuando, realmente, yo estaba convencido (y lo sigo estando) de todo lo contrario de lo que ella decía. Podría haber pensado que quizá esta persona hizo lo que hizo porque le caía mal de quién hablaba. No obstante, ella nunca me comentó algo así.

Debo decir que después de acontecidos los hechos, me puse a reflexionar durante todo un día sobre qué era lo que a esa persona le había sucedido; sobre qué cosa la había hecho decir tanta estupidez. Y después de darle un montón de vueltas al asunto en mi cabeza, comprendía que todo eso tenía una palabra: envidia. Y quizás no envidia de mí, sino de aquella persona de la que había hablado. Y comprendí que todas sus palabras eran el espejo en el que esta personita se veía reflejada. Aunque aún no descarto la hipótesis de que estuviera ebria o drogada…

Cabe destacar que toda esta reflexión que hago en esta columna no significa me voy a dedicar a escribir, de ahora en adelante, sobre temas motivacionales. La verdad es que esas cosas no son mi especialidad. Más bien, necesitaba desahogarme con alguien, y sabía que usted, afable lector, me comprendería y, aparte de todo, me guardaría el secreto… Pero, aunque acabo de escribir todo esto, lo acontecido aún me mantiene intranquilo… y creo que es porque no actué debidamente. Fui demasiado pasivo. Y si usted, estimable lector, se pregunta cuál debió haber sido mi actitud correcta, he de decirles que debió ser defender a aquella persona a la que se ofendió… Y quizá esto sea lo que más remordimiento me trae… Pero, bueno, esto será tema de otra conversación.

Estepario.logo.E

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