Cervantes, el soldado

En el esquife | Columna

Adolfo Ulises León

 

EL DÍA de hoy se conmemoran cuatrocientos años de la muerte de Miguel de Cervantes. A propósito, esta columna llevará por nombre y, en esta ocasión, tiene por motivo uno de los episodios de su vida.

En 1571 Cervantes era un joven de veinticuatro años, residía en Nápoles y estaba a punto de tomar una las decisiones más importantes de su vida y decisivas en su obra. Lector asiduo de novelas de caballería y animado por el espíritu bélico de su época, decidió enlistarse como arcabucero de la Santa Liga ­–convocada por el Papa Pío V– contra el sultán de Turquía Selim II. Al frente de esta poderosa empresa marítima se encontraba Juan de Austria, de veintiséis años e hijo natural del emperador Carlos I. El 17 de octubre del mismo año, día de la batalla de Lepanto, Cervantes viajaba en la galera La Marquesa bajo las órdenes de los alféreces Mateo de Santisteban y Gabriel de Castañeda. De los testimonios de éstos –dicho sea de paso, mismos que son recogidos por Martín de Riquer en un excelente libro titulado Para leer a Cervantes– sabemos que el autor del Qujiote se encontraba enfermo de calentura. Castañeda, al verlo indispuesto para pelear le ordenó reposar en cubierta, a lo que Cervantes, molesto, respondió: “Más valer pelear al servicio de Dios y de su Majestad, y morir por ellos, que bajarme so cubierta”. Es más, valentonado, exigió al alférez que le confiara el lugar más peligroso para combatir y éste le encomendó el esquife.

Las batallas navales, si bien dependían en un primer momento de la artillería pesada, terminaban por decidirse en el combate hombre a hombre mediante el asalto de una tripulación a otra. El esquife es una embarcación pequeña que llevaban las galeras en los costados para realizar maniobras de abordaje. Así, al mando de doce hombres Cervantes combatió y salió herido de tres disparos, dos en el pecho y uno en el brazo izquierdo que le inutilizó la extremidad de por vida.

El mundo de Cervantes, aunque no lo parezca y muchos de los letrados de su tiempo se esforzaran por desprestigiar el género, no está tan alejado de ese otro mundo inverosímil y fabuloso que relatan los libros de caballería. En ellos, sus protagonistas son caballeros dotados de una fuerza desproporcionada, proclives a la aventura, al amor cortés y a la incansable labor de hacer justicia. La mayoría son niños expósitos, hijos de reyes que crecieron en el anonimato y que, a fuerza de ejercitar sus virtudes, devienen en excelentísimos monarcas. Su gran enemigo, enemigo de la Cristiandad, son los turcos, la morisma; y la corona de sus hazañas será la reconquista de Constantinopla. Como vemos, el joven Juan de Austria –al igual que Amadís de Gaula o Tirante el Blanco– era hijo de un emperador, el más grande del mundo hasta entonces, había nacido de un idilio, se crió fuera de la corte e hizo su aparición demostrando su gran capacidad militar al ganar una batalla que –por el número de muertes de cristianos y el daño infligido a la “invencible” flota de los turcos– bien podría insertarse como un capítulo del Palmerín o de Esplandián. Juan de Austria convenció a su generación, al mismo Cervantes de que, después de todo, no resultaban tan exageradas ni imposibles las historias de los libros de caballería.

Esperemos pues, que este Esquife sea también un espacio donde convivan las armas y las letras.

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