Schumann. Poesía y música


De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios

La trinchera | Columna

Jesús Briseño

 Semblanza

Robert Schumann fue un romántico y, tal vez por eso, un condenado. La misma luz de su genio, en medio de la locura, lo marginó de sí mismo y de su amada Clara. Este compositor alemán vivió durante poco tiempo, pues murió a la edad de cuarenta y seis años (1810-1856), en la desolación absoluta, delirando literalmente ángeles y demonios en un macabro festín musical, recluido en un hospital de cuidados mentales. Criado por un padre editor que se empeñó en pagarle la educación del piano, cosechó a su vez un grandísimo e indisoluble vínculo con la literatura, admirando lo mismo a los intérpretes contemporáneos como Niccolò Paganini o Franz Liszt que al inmortal Goethe. Pruebas fehacientes de su amor a las letras son sus novelas juveniles, su posterior labor como director fundador de una revista de crítica musical, sus composiciones hechas para imaginar escenas literarias, y tal vez, irónicamente, la mayor prueba de todas sea la del hecho que como tantos y tantos escritores, fue obligado a estudiar Derecho, carrera que abandonó para consagrarse, en bien de la humanidad, a la música, su auténtica y verdadera vocación. Como todo artista romántico su musa fue una mujer sumamente especial: Clara, una dotada pianista, a la que llevaba nueve años de diferencia. A pesar de que ella compartió veladamente durante mucho tiempo su corazón con otro titán de la música, llamado Johannes Brahms, no dejó de amarlo. Schumann, dominado ya por la locura, recobró un breve lapso de lucidez con el que pudo despedirse de Clara, para morir días después.  

A imagen del demonio

¿Cómo revivir a los muertos? Es verdad que los biógrafos especializados hurgan en las creaciones artísticas las reminiscencias de la vida de un músico, poeta o pintor. Al tenor de la interpretación metódica, excavan en gavetas documentos apergaminados, configuran los hechos vitales a una cronología indoblegable, depuran los resultados en una prosa diáfana, sin sobresaltos. Y, sin embargo, más que traer entre nosotros a los muertos, corren el riesgo de lapidarlos. Sin desmerecer la ardua tarea de los biógrafos, es necesario realizar un conjuro para convocarlos desde el inframundo, ya no como seres de carne y hueso, sino como espectros, fantasmas hechos de palabras incandescentes, de ahí el mérito del bardo Francisco Hernández, en su libro De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios…

A lo largo de este poema -fragmentado en treinta textos y un pequeño preludio- no se narra linealmente la vida maldita de Robert Schumann, ni se buscan explicaciones de sus tormentos. En cambio, para empaparnos del personaje, las revelaciones imprescindibles de su existencia emanan en infernadas melodías: la de su nacimiento tempestuoso en un bosque custodiado por rijosos belcebúes; la de su encuentro con la hermosa niña Clara, rodeada de un aura taciturna como de ave enjaulada; la de su cobardía al huir del clamor sanguinario de las armas en la revuelta de Dresdre de 1849, mientras un enfebrecido Wagner propagaba volantes a los cuatro vientos; la de su fatal rencilla con una legión de lobos que le devoraron una mano; la de su rebeldía de hombre amancebado, celebrando nupcias con su amadísima Clara aun en contra de la voluntad del repugnante padre, el viejo Wieck; y la de su intento de suicidio y su muerte consumada por la locura.

Ya podemos señalar que hay algo verdaderamente íntimo que une al lector con el libro: la empatía. Tal vez el don mayor de la literatura, además de la creación de realidades paralelas y aventuras inconcebibles, es el de permitirnos calzar la piel del prójimo, aun a costa de ser poseídos por sus demonios. Y el vehículo idóneo para ello no se encuentra en datos e indicios. Para reinventar un personaje, al grado de volverlo a la vida, tenemos que regar con nuestra propia sangre su cadáver y arrancarnos el corazón -rito letal- para insertarlo en su pecho helado, o dicho en otras palabras, en este poemario Hernández se vale de sus más subterráneas experiencias de vida para imaginar los rasgos de Schumann, humanizándolo en plenitud como si el autor del texto y el músico fueran uno solo. Un ejemplo remarcable se haya en estos versos: te lanzas al río y/ bajo el agua/ escuchas por primera vez/ la música de tu alma. 

Por último quiero abordar el vínculo sentimental del autor del libro con el legendario músico, el cual se traza paralelamente a los poemas que vertebran su historia. Si la muerte, hecho inexorable, es tan implacable y perpetua, los hombres sólo pueden dejar tras de sí las huellas de su paso azaroso. Lo sabemos todos. Lo queramos o no, lo pensemos o no, cualquier acto nuestro repercute sobre los demás, pues aunque la soledad y la conciencia nos aíslen, es nuestra voluntad de mirar otros ojos frente a frente, besar otros labios, lo que nos recuerda que la libertad individualista es rancia en comparación a la de ser libre viviendo con los nuestros. Esa voluntad de comunidad se manifiesta en el poemario en un contexto caluroso y entrañable: el de la familia. Los pasos azarosos de Francisco Hernández, su testamento de sangre, es la música de Robert Schumann. Los destinatarios, sus hijos. El propósito, el mismo milenario desde que los cazadores enseñaron a los jóvenes a sobrevivir: dar ejemplo de vida, en este caso de la caída y las victorias de un hombre que pesar de ser arrastrado por los caballos desbocados de su pasión, transmitió en su música la agonía y la gloria totales. El medio empleado por Hernández como escritor fue la poesía, y como padre de familia, según los susodichos poemas, fue hacer escuchar a sus hijos esa música hasta en los sueños, haciéndoles imaginar a Mozart semidesnudo bailando de alegría sobre la mesa al ritmo de un concierto de Schumann, o sembrando en su memoria el sol de los días que pasaron juntos, tocando en el piano las notas huracanadas de una sinfonía infinita.

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