¿Palabras claras?

Juego de palabras | Columna

Eduardo Vital Plaza*

EL MUNDO vive una transformación del comportamiento social ligado a una máxima: “ser políticamente correcto”. La matraca política comenzó con pluralizar la referencia a las personas: hombres y mujeres, niños y niñas, diputados y diputadas. Argumentos van y vienen en torno a la posible utilidad de estas fórmulas de comunicación; se asegura, por ejemplo, que tiene todo que ver con la igualdad entre los sexos y visibilizar esa cultura patriarcal dominante en todos los rasgos de la vida humana. Quienes comparten este argumento también aluden a la idea de que el lenguaje, al ser un producto cultural, completamente vivo —el castellano es una lengua viva, en uso— puede ser modificado con el uso cotidiano, de ahí que decir presidenta en lugar de presidente es correcto, nada importa romper el sufijo y, con ello, perder la etimología de la palabra, pues todos utilizamos el vocablo y pocos saben lo que realmente significa. No les parece decir el Presidente y la Presidente.

         Con una actitud flexible a los cambios, con un espíritu de posmodernidad —lo que eso signifique o quieran que signifique— y, sobre todo, con la conciencia de los innumerables problemas a los que las mujeres se enfrentan, por su condición de mujer y a los problemas que se enfrentan muchas minorías en sociedades hipócritamente conservadoras, como la mexicana; debemos tener un momento de reflexión sobre algo tan cotidiano y cercano a nosotros como el lenguaje.

           ¿Hipócritamente conservadora? Pero claro que sí. ¿Apoco no se habían dado cuenta? Este tipo de debates no son casualidad, mucho menos una frivolidad, son el reflejo de tensiones sociales y de serias radicalizaciones en sectores que integran el conglomerado social. Y es un fenómeno global, no de México ni de Iberoamérica.

         En el pasado mundial de fútbol, llevado a cabo en Brasil, México fue el centro de una investigación a causa de un “controvertido grito” en contra de los jugadores del equipo rival del mexicano. El “EEHHH…PUTO” alertó a la FIFA a investigar la procedencia homofóbica de dicha expresión. De acuerdo con el DEM —Diccionario del Español de México— la palabra puto tiene dos acepciones: la primera se refiere al uso para referirse a un hombre homosexual; la segunda, tiene el sentido de referirse a un miedoso o cobarde. ¿La afición utiliza la primera o la segunda acepción? Antes de dar una respuesta, debemos saber que la comunicación necesita, en primera instancia, un emisor y un receptor del mensaje, es decir, se necesita interlocución y un contexto.

         Mucho nos dice la relación entre los interlocutores, pero en este caso el contexto es lo fundamental. Imagine un estadio de fútbol de las dimensiones del Azteca, con 90% de aficionados mexicanos en contra de un equipo nacional cualquiera, es más, imagine un partido entre los dos equipos de mayor afición del país, un clásico: hombres, mujeres y niños que acuden a un espectáculo en el que su apoyo es parte del mismo. Estas personas se van a divertir y van a apoyar a su equipo para alcanzar la victoria, para los fanáticos es mayor la importancia de la victoria que el del espectáculo. Durante el tiempo en que se desarrolla el partido todos los gritos que alienten al equipo o ayuden a que el contrario se desconcentre y cometa errores son válidos e incluso necesarios.

         La cultura del fútbol es un referente en muchos países del mundo, ha generado un alivio en medio de tantos y tan desastrosos momento de la humanidad. Es un entorno para generar en las personas que lo practican la importancia del trabajo en grupo, la solidaridad y valores que se pueden desprender de la práctica deportiva. Una de las revisiones sobre este tema la han hecho Ruben G. Oliven y Ariel S. Damo en su obra Fútbol y Cultura que, desde el contexto brasileño, aporta una revisión a las implicaciones socioculturales de la práctica del balompié, tomando como lenguaje al fútbol. También, hay que decirlo, permitir ese tipo de gritos puede generar tensiones durante los encuentros deportivos, es más, los ha generado. Sin embargo, lo que debería de ser considerado como importante es el hecho de que una vez terminado la disputa del juego, se acabaron los rivales deportivos, y ese ambiente de tensión no se debe trasladar al exterior de los estadios. ¿Qué pasa con la tensión dentro del estadio durante el juego? Es importante contextualizar la violencia dentro de los marcos establecidos por la práctica deportiva. De ninguna manera podemos permitir agresiones físicas de ningún tipo; sin embargo, los gritos, de cualquier índole, deben ser entendidos en una situación despersonalizada, anónima y con un objetivo claro: aportar algo a la victoria del equipo al que se apoya.

         Podemos seguir argumentando hacia ambas posiciones. No obstante, la campaña que emprendió la FMF en contra del uso de ese grito no fue porque le pareciera homofóbico, violento o que dañara a grupos de la sociedad (el grito se presentó en la liga mexicana desde hace ya varios años y no había sido objeto de discusión); lo hizo porque le representó sanciones económicas por parte de la FIFA, en medio de un escándalo de corrupción dentro del organismo internacional del fútbol. Esta es la razón detrás de la discusión “progre” que dice sostener el debate.

         Más allá de los posiciones, necesitamos dejar en claro que no es posible que la gente crea en la sinceridad de los discursos cuando las acciones demuestran oposición. Menos aún, dentro de los diagnósticos sociales lo que ocasionan las conductas “políticamente correctas” es ocultar los comportamientos reales y potencialmente dañinos para la sociedad. Las palabras son utilizadas, muchas veces, sin conocer su significado preciso, sin conocer más de una acepción y es fundamental tomar en consideración el background del receptor para poder decir cuál es el sentido que se debe dar a la palabra en un contexto determinado. En México, lo mismo nos pasa con la palabra “chingar”, puede ser utilizado como adjetivo, sustantivo, verbo y sin contextualizarlo o sólo dándole un significado se pueden detonar muchos problemas, no sólo gramaticales.

         Si en los próximos días asiste al estadio y escucha que gritan esa palabra “prohibida” tápese los oídos, ríase o salga del recinto. Eso sí, si agrede a alguien al salir del estadio por su indignación, entonces, ya no podremos entender la congruencia de sus acciones y sus posiciones. El lenguaje es una herramienta que debe utilizarse, pulirse y contextualizarse.

Estepario.logo.E

*Es estudiante en el Centro de Estudios Internacionales en El Colegio de México

 

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