Carta de amor

Morenita:

Imagina esta carta como un caballo desbocado que brinca el abismo, quizá insalvable, entre tú y yo, el mismo ataúd si fondo cavado por mi ego. De un tiempo a la fecha, he pensado que los escritores somos cobardes, que si dedicamos cartas de amor es porque no tuvimos el arrojo de hablar de frente, pero créeme si te digo haberlo intentado con firmeza, pues en clase tomé cada oportunidad para seducirte: al hacerte reír, trabajar contigo hombro a hombro y, sobretodo, mirarnos furtivamente, en realidad te estaba diciendo que te quiero. Estoy consciente de la hipocresía de mis palabras. Los últimos días he ignorado la tregua de tu sonrisa y tu cordial saludo. Pero, aunque sea egoísta de mi parte, debes entender que prefiero tu odio a tu amistad. De qué sirven las palmadas de consuelo entre amigos cuando mi corazón se incendia con el aroma tibio de tu piel ardiente, cuando mi sangre se vuelca en oleaje sobre mi pecho al saludar con un beso tu sonrojada mejilla. Y es que si no puedo amarte, prefiero que me entierres en la fosa común donde guardas los cadáveres de tu memoria, donde tus recuerdos se pudren de olvido. Ya lo sé, nunca tuve derecho a decirte estas palabras. Sin embargo, ¿qué es el amor sino una forma de la rebeldía? El hecho futuro de mi muerte me obliga a vivir como si nunca me fuese a convertir en polvo y sombra. Seguramente me comprendes al decir que la vida es un milagro. Más allá del cielo infinito o del llameante infierno, existir en un planeta óptimo para la vida, en una región de la galaxia lo suficientemente alejada del centro devorador de estrellas y meteoros, es la razón por la cual conocerte se vuelve tan significativo, es lo que para mí te hace especial entre millones de personas habitando una misma época….En fin, pienso que tanta palabrería debe estar aburriéndote, y con razón. A los ojos de la mayoría del mundo mi actitud es renegada y poco atenta. Sólo a la gente íntima le muestro mi rostro debajo de esa mascarada de niño inmaduro. Y que lo haya hecho contigo, no obstante lo egoísta e hipócrita de esta carta, me hace darme cuenta de que en el fondo tú me has vuelto una mejor persona. Como un faro poniendo el pecho ante una tempestad de mar, puedo decir que gracias a tu forma de ser he aprendido a mirar a las personas con más franqueza, sin incurrir en la descortesía, a intentar hablar antes que combatir, a sonreír antes que amargarme. Aun así, decirte que te quiero no es el único motivo de mi carta. También me disculpo por haberte traicionado. Me refiero al día cuando saliste del salón llorando y no te defendí en ese justo momento. Cuando te fuiste, intenté afanosamente culparme, de colgarme la medallita de héroe, pero sólo sentí un remordimiento espantoso que me hizo enfurecer y llorar de rabia. Me sentí un completo estúpido. Era ese momento en donde debía comprobarse el tamaño de mi amor. Y te fallé. Al día siguiente, me arreglé el cabello, limpié mis zapatos y me rocié perfume, pues había decidido darte de frente mi cariño, decirte al fin que no me importa reprobar porque lo único que me interesa eres tú, pero, ¡oh justicia divina!, ese día no estabas sola… A partir de entonces ya no pude pensar en mí sino como un oportunista, como un ave carroñera sobrevolándote para sacar ventaja de tu desfavorable situación, y decidí alejarme, hasta ahora. Ya lo sabes, ángel mío, ya sabes el tipo de calaña que soy. No intentaré defenderme, soy yo el primero en apedrearme. Para despedirme quiero dejar en claro una cosa: el instante más erótico de mi vida sucedió contigo. En medio de aquella apuesta donde gané diez pesos, me paré bruscamente y, cuando tú me preguntaste a dónde iba, me senté a tu lado, más para quererte a mi modo que para hacerle frente a mi retadora. Al regresar a mi lugar, volteaste hacía mí con las pupilas brillantes y dilatadas y rozaste lentamente el dorso de mi mano con tus dedos como si fueran hermosas yeguas cruzando el desierto de mi piel. ¡Definitivamente el Paraíso! Lo recordaré siempre hasta morir. Nunca se me borrará la imagen de tus húmedos labios frutales, mordibles hasta el cansancio, besables desde la noche glacial hasta la alborada en que los pájaros trinan para despertar al mundo; de tu larga cabellera oscura, agitada sutilmente por tu mano para esparcir ese aroma sagrado de mujer; de tu suave espalda que baja hasta la fértil pronunciación de tus caderas; de tus ojos compasivos y feroces, capaces de perforar la armadura de las personas asomándose hasta el pozo de sus penas. Debía decírtelo por si está es la última vez que tengo la oportunidad de hablarte, pues no espero nada por escribirte esta carta. Entiendo a la perfección si desde ahora quieres quemarme en una hoguera, o simplemente evitarme como quien evita a un leproso. Porque eso es lo que soy, un maldito y ególatra leproso. A pesar de todo, si aún queda algo de alma en mí, te pertenecerá sin medida.

Sinceramente, Jesús Briseño.

 

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