Infieles y cobardes

Jesús Briseño| Facultad de Derecho, UNAM

 

A Ulises

 

HASTA HACE media noche, Bruno Cáceres era como la carne de engorda que los cerdos devoran en el matadero: amargo, resentido y con la garganta quemada al calor de áridos tequilas. Como sucede siempre, todo comenzó con un buen presagio, quizá demasiado engañoso para ser favorable. Vestido de corbatín ridículo y con el cabello aplacado como a relamidas de burro, Bruno salió fastidiado de su trabajo de oficina, cerca de la Plaza de la Revolución. La promesa de un viernes lleno de lujuria lo empujó, sin mucho esfuerzo, a una cantina de mala muerte. Apostado en la barra, Bruno repartía miradas furtivas esperando cazar su próxima conquista. Pero nada. Además de la Maru, una grotesca prostituta renga ofreciéndole su cariño a cambio de tragos, no había esperanza de que alguien saciara sus bajos instintos. Entonces, por la puerta de batientes, entró una mujer acompañada de sus amigas. Era como una diosa pagana en medio de pordioseros derrotados por el alcohol. Se veía esbelta, con la cabellera rubia y las caderas fértiles. Bruno entabló coqueteos fugaces a distancia y ella los devolvió con sonrisas provocativas. Se notaba que no solía frecuentar tugurios. La percibió excitada y vulnerable. De pronto, ella interrumpió la animosa charla de sus amigas para pedir más cerveza a la barra. En la cercanía, el espejismo de su edad cambió drásticamente, pues de la cara avejentada que produce la media luz del neón rojo, tendría apenas veintitrés años. Cuando ella se disponía a extraer de su bolso el dinero de las bebidas, Bruno pagó la cuenta e incluso, haciéndose méritos, invitó las siguientes rondas.

─ ¿Cómo se llama, señorita?

─ Priscila.

─ ¿Y espera a su novio? Porque de otra manera, no entiendo qué la trae por aquí.

─ En realidad es mi marido. ─Al decir esto, Priscila rozó lentamente el dorso de la mano de Bruno con sus lindos dedos─ Y sí, llevo esperándolo semanas…

Naturalmente, Bruno amó ciegamente a Priscila. La parranda desbordó el cauce de aguas residuales de los dos ávidos solitarios. Lo demás fue perversión descontrolada. “Es curioso traicionar para entregarse a otro”, pensaba la hermosa Priscila, mientras, lanzando relinchos de placer, era embestida por Bruno con la furia de un semental que disfruta de una yegua pura sangre. Acabado el encarnizado encuentro, el tiempo avanzó morosamente en el reloj. La luna inundó de blanco la alcoba matrimonial de la muchacha. Con ella enredada a dos brazos de su torso desnudo, Bruno fumó un cigarrillo ardiendo de vanagloria. Sin embargo, tal hazaña no la esperaba ni en febriles delirios, al contrario, a sus treinta años, el tinterillo Cáceres era un cadáver prematuro: ojeroso y escuálido de tanto archivar papeleo por las noches sin probar bocado, hastiado de vivir con su achacosa madre, humillado por sus compañeros despiadados y hasta frustrado por no ser lo que nunca pudo, la vida le pareció una esclavitud soportable a ratos por la diversión nocturna del alcohol y las mujerzuelas. Todo ocurrió tan rápido que, al rememorar cada detalle de la velada, su desmejorado cuerpo rejuveneció. Con un nuevo brío de sangre en las arterias, incluso un poco de felicidad fulguró en sus ojos. Era casi medianoche, retornaría a deshoras al hogar, pero no quería irritar a su madre. Vestido, miró con detenimiento los objetos preciosos de Priscila, desde joyas multicolores hasta un óleo donde ella cabalga sin ropa una pantera de batalla. Bruno la besó por arrebato y le advirtió que volvería. La joven amante se mofó cruelmente. Cáceres montó en cólera y la cacheteó para curar su orgullo herido. Un chorro de sangre voló de la nariz desgraciada de Priscila, con llanto histérico, gritos y arañazos. Acorralado Bruno contra el armario, éste se abre y un puño flaco, aunque demoledoramente contundente, lo noqueó al instante…

─ ¿Ya estarás feliz, querida?, ¿cómo nos desharemos del intruso ─dijo un anciano trajeado a Priscila mientras Bruno recobraba el conocimiento.

─ ¿Intruso? No me hagas reír, Máximo, que a ti te encanta mirar en secreto las cochinadas de otros. No en vano eres político.

─ ¡Tú también vives con uno de tus padres!, ¿por qué no me lo presentas, bonita? ─interrumpió Bruno con un dolor fuerte en la quijada.

─ ¡¿Mi padre?! ─respondió Priscila con una mueca de repugnancia─. Él es mi marido, imbécil.

─ ¿No llevabas semanas esperándolo?

─No, idiota, Máximo… no puede darme el placer que necesito, ¿sí?

Aturdido por el golpe como si la resaca de una pesadilla lo abatiera, Bruno intentó ponerse de pie y derribar a Máximo que estaba de espaldas haciendo una llamada telefónica, pero Priscila lo atacó con un florero de vidrio cortado. Como resultado, Bruno desfalleció nuevamente. En sueños, Cáceres recibía la brisa caliente del mar, bebiendo y comiendo al infinito. A su costado, Priscila se despojaba el bikini blanco para frotarse protector solar sobre los senos abundantes y rosados. Sin previo aviso, una tempestad marina se volcó en forma de ola gigante sobre Bruno y despertó. La humedad que sintió no fue la de un maremoto sino la de tequila derramado a raudales en todo su cuerpo para inculparlo de borracho. Dos sujetos hoscos con semblantes de verdugos sostenían a Bruno Cáceres al filo del puente de Nonoalco. Entonces, con una sonrisa en la cara por saber que moriría hediendo a su bebida favorita, lo arrojaron al vació.

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