La búsqueda

Tere Baena | Derecho, Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo

 

A René Bahena Flores por su hospitalidad en la Ciudad de México

 

ESTÁBAMOS TRAS la búsqueda de ustedes, de su mismo olor, de su pelo, de las huellas que podrían haber dejado en el piso. Estábamos preparados para encontrarlos vivos o muertos. La búsqueda comenzó, ciertamente, hace algunos días en las habitaciones desgastadas por la polilla de la madera. Después, con detalle se indagó en cada patio y servidumbre de la casa, también se recorrió el jardín con sus árboles frutales y buganvilias secas.

Sin embargo, sólo faltaba un inmueble que investigar: la cocina. No lo dudamos, entramos. ¿Quiénes? Maura, Yael, Víctor, André y yo. El hedor era insoportable, un olfato común no aguantaría eso. Aunque con sinceridad de la causa —admito— aquella curiosidad ética nos obligó a incorporarnos pero no encontramos ningún signo vital ni material que robusteciera la investigación. André abrió su mochila, de ella sacó la cámara y comenzó a fotografiar el lugar. Por su parte, Yael emprendió la tarea de escribir. Yo tenía la función de embalar cualquier indicio encontrado.

Entre lo lóbrego de la cocina estaba intacto el jarrón olímpico de cerámica que remontaba a una Grecia renovada por sus productores de olivo y nuevas leyes. En la polvosa vitrina de vidrio —se apilaban en línea recta— los platitos de té, de los cuales, uno llamó mi atención, aquél traído de Japón, su color dorado con retoques rojos y azules armonizaba el vestido de la mujer ahí grabada.

No había ninguna duda, el dueño de la casa contaba con un buen gusto por guardar, quizá para muchos de nosotros, cosas que no tenían mayor significado. Mas siendo empáticos con él, no había por qué cambiar nada; así estaban ordenadas las cosas. Ese era su gusto, esa era su vida. Ese era su juego. Las piezas estaban establecidas de acuerdo a la tirada de aquél. Intrusos como nosotros no podíamos estropear nada y mucho menos una investigación encomendada por un superior jerárquico, el Mayor merecía respeto.

El Mayor, qué decir de aquel hombre honorable que se había ganado el respeto del gremio no sólo por ser uno de los fiscales más habilidosos y cabezudos sino por tener entre sus medallas, aquella distinción de un buen ciudadano que luchaba por la justicia en sus investigaciones.

Era digno de llamarle padre o padrino. De estatura mediana, piel cándida, cabello rubio grisáceo, ojos pequeños, labios estrechos y nariz prominente, representaba demasiado bien la figura del hombre confiable y serio. Se juntaba con personas rimbombantes, esa gente que bebe champagne francesa y come con las manos cubiertas de guantes confeccionados en Milán, donde la moda es un sentido de gracia y buen gusto por los colores invernales. Esa gente diplomática, culta, se miraba en Vernisagge, 1967, con el hiperrealismo puro de Howard Kanovitz.

Cada vez que observo el Vernisagge, me digo con vehemencia, ahí está el Mayor, como un dandi de la Interpol disfrazado de un fiscal mexicano. Es uno de ellos, platica con las damas de sociedad sobre las tendencias de Valentino y Tiffany, y además de ser cinéfilo por naturaleza, retoma a Giulietta Masina como su musa italiana, entre sus actrices predilectas.

Con los empresarios gringos habla de las cotizaciones de la bolsa y del mercado bursátil. Qué decir si se resalta el tema musical, se apasiona conversando del danzón de Matanzas y de los boleros de María Grever. Si algún cónsul europeo pregunta por la música vernácula mexicana, el Mayor le otorga una cátedra del bolero ranchero a través de la trayectoria de Javier Solís, “el gran tenor de su tiempo”.

Con los embajadores comparte sus gustos pianísticos partiendo de Dmitri Shostakóvich y Serguéi Prokófiev, hasta la ola contemporánea de Lang Lang, Boris Giltburg, Yevgueni Kisin y Yiruma. En fin, el Mayor tiene tantas anécdotas interesantes para contar que casi olvido la orden que nos dio: guardar cualquier evidencia, no tocar los objetos (podríamos borrar todo indicio importante). Por otro lado, la observación y el olfato eran dos medios sustanciales para tener certeza de dónde podrían estar. Ser cautos, inteligentes, no violentos. Eso lo tenía que recordar con frecuencia.

Entonces, al ver que no se encontraban trozos de carne viva, los demás decidieron ser minuciosos con los objetos pequeños. Por lo que seguí observando, deleitándome con lo que me podía dar una pista del paradero de esas almas. Me acerqué despacio a la botella de vidrio, el olor rancio del aceite de pepita me facilitó un elemento: la cocina estaba en un abandono total. Asimismo, el paquete de las semillas de pimiento California Wonder que pesaba alrededor de tres gramos nunca fue abierto. Lo que me llevó a una conclusión inmediata: no ingirieron eso. ¡Ah! Cómo mata la duda cuando la certeza se duerme en los hombros de la incertidumbre, pensé.

En el fogón helado sin brazas, botellas vacías de alcohol, cazuelas de barro, recipientes de plástico guarnecían el espacio sombrío. El tiempo se había paralizado, el reloj de números romanos, fabricado en la India, mantenía intactas las manecillas. No era de día ni de noche. Todo era lento, demasiado lento para tener prisa de cualquier cosa. Sí. Eso era un punto a favor para nosotros. Necesitábamos más segundos, más vida para al menos saber que estábamos haciendo las cosas bien.

Me sorprendió no encontrar restos de hemoglobina; en mi maletín incorporé solución salina y trozos de tela de 2×2 cm para frotar las manchas de sangre en las superficies. No, no era necesario dicho procedimiento porque estaba el hacha afilada pero no ellos. Los cuchillos limpios, uno a uno fueron acomodados en la mesa. En hileras, las botellas de cloro se hallaban abajo del fogón. Hasta ahí… no había evidencia de nada. No obstante, el olor era insoportable, Maura no aguantó y vomitó en la cocina.

—Maura ¿Qué estás haciendo? ¡Tu vomito estropeará todo! — dije yo.

Enojada, me miró Maura y respondió:

—No me pidas que no vomite porque huele horrible. Sí. El Mayor ordenó mantener todo intacto; esto es un caso fortuito, tengo la necesidad de vomitar. Ya no puedo más. ¡Así que no me vengas con esto!

—No estamos aquí para pelear— en tono conciliador, expresó André. —Entonces que se salga, borrará las evidencias— contesté.

—No te enojes, Maura— objetó Víctor.

—Está bien, me saldré—dijo Maura. —Te acompaño— arguyó Víctor.

—Esto es una investigación. Nada de personalismos. Después de que terminemos, entregaremos el informe, nos daremos un respiro con un ron, yo invito. No se tarden—les dije.

Con mayor tranquilidad Maura y Víctor salieron.

En tanto, en el patio, Víctor sacó de la bata azul una servilleta y se la dio a Maura para limpiarse el vomito. Éste comenzó a fumar un cigarro.

—Toma la servilleta, ¿te molesta el humo?

— ¡Ah! Gracias por la servilleta. Tú fuma. Esto me está matando, el olor es descomunal.

—Es extraño, queda el hedor pero no ellos. Los cuchillos están limpios.

—Aunque viéndolo bien, pudieron borrar las manchas de la sangre. Lavar todo. ¿Por qué hay tantas botellas de cloro en una cocina abandonada?

—Cierto. Eso pensé cuando entramos.

—Bueno con la Serología podemos saber más. Si halláramos manchas de sangre tomarías parte de las muestras y las mandaríamos a Genética Forense. ¿Aún trabaja Verónica en esta sección?

—Que yo sepa sí.

— ¿Cuánto tiempo tiene que ya no viven juntos?

—Un año.

—Qué fiasco se lleva uno con las personas. ¿No?

—Dímelo a mí. Le di casa, un Rolls-Royce Wraith y dinero, y aún así se fue—. Las mujeres no requerimos tanto de eso.

—Algunas sí. Nacen para eso y más si son bonitas, qué te digo.

—No. No. Tú estás dolido. Admítelo. Las mujeres berreamos por todo; sin embargo, existe mucha fuerza en nosotras, algunas son mojigatas pero depende de ti buscar sinceridad en la causa. Si unieras un ejército de puras mujeres, no se tocaría una arma bélica, primero se mecanizaría poco a poco la muerte del pez más gordo. Aparte, busca alguien de conciencia, de espíritu elevado no de culo grande, lo elemental está en la testa e non la pelle. Aquí estamos por una razón, que es encontrar vida o muerte. Así de simple.

Eso era afuera… porque Yael —de la alacena— observó las tazas y siguió tomando fotografías. —Mira lo que hay aquí— expresó Yael.

— ¿Qué? —pregunté con curiosidad.

— ¡Otra joya visual! Dice estar elaborada en Indonesia. Yael sujetó entre sus manos una charola de vidrio azul —es preciosa.

—Es cierto. Es una bellísima pieza como para que esté aquí. Es como si una Aida o un Rigoletto de Verdi se escuchara sin oídos operísticos, sin cadencia y un toque de blandura emocional. Me cuesta trabajo pensar que haya tanto conocimiento y trocitos de un mundo caro, y elegante en objetos como éstos.

—Sí. Mientras más pasan los años, las personas con recelo guardan más sus pertenencias. Por cierto, ¿ya viste esa taza?

— ¿Cuál? ¿La blanca que dice Washington? Quizá la trajeron de allá. Entre tantos amigos viajeros no dudo que haya algo de Hong Kong.

—No. La de Alemania. Está perfecta para mi oficina.

—No podemos llevarnos nada. A mí me gustó el jarrón morado y la tetera de flores amarillas para la abuela Cristina. Sólo observa, guarda la imagen en tu cabeza y saborea la estética que existe en los objetos. Encuentra un punto de equilibrio y lindeza. Imagina que el jarrón y la tetera te hablan, y te dicen en qué momento pasaron por aquí a quienes buscamos. Todo lo que ves tiene un significado. En la astronomía, Mizar y Alcor pertenecen a la Constelación de la Osa Mayor porque son estrellas que forman un binomio espectroscópico, su posición en el firmamento tiene una explicación científica. No por nada los rayos de Fraunhofer establecen las longitudes de onda de la luz, la cual es atraída por los gases más fríos. Por lo que el arcoíris es más física que milagro de Dios.

—Como siempre el escepticismo en ti.

—Mmm, digamos que documentarse sirve de algo.

Ambos comenzamos a reír. Yael, mujer de creencias mormonas ¡le parecía extraño pensar que los colores eran parte del espectro del universo!

Maura y Víctor entran a la cocina. Los demás siguen buscando. Me acerco poco a poco a la mesa de centro, observo las cucharas, esa pequeña que dice Texas, más botellas vacías de alcohol se logran ver.

Huelo algo distinto. Miro a André, él mueve el refrigerador, mientras sujeto la escoba, huelo y huelo. En eso, el perro algo somnoliento entra —como refuerzo— pero no intuye nada, entonces se retira; amigo innecesario por el momento, lo dejo partir, entonces camino en dirección al refrigerador y encuentro un polvo amarillo, lo guardo en la bolsa de plástico, lo sello.

Me acuerdo de Mateo Buenaventura Orfila, del Tratado de los venenos. Evoco las notas. Amoratamiento: la víctima ingirió cianuro o gas butano. Color escarlata: signo de monóxido de carbono. Después miro hacia el costado de la estufa. Me da escalofrío, siento una palpitación extrema en mi corazón. Nadie se percata que en el piso está un tejido orgánico. Cómo decirlo, me quedo sin palabras, sin aliento. Es una evidencia, una muy cruel.

Mi cabeza da vueltas, en el fondo me premio, tengo la capacidad para encontrar lo que busco. Doy un paso, luego tres, avanzo, avanzo. Por fin me agacho, coloco sobre mi mano derecha el trozo de cabello. El guante se llena de larvas. El olor de la cocina se penetra más.

Entonces… grito, doy una señal:

— ¡Vengan compañeros!

El terror se esparce. Las caras están llenas de pánico. Miran el guante con el trozo de cabello. ¿De qué sexo será? Pregunta André. No lo sé digo yo. El terror transita en la piel. Víctor se toca la cara con desesperación. Afuera se escuchan pasos, no de uno sino de cien. Corren, corren.

—Vienen por ellos—asustada, afirma Yael. — ¿Quiénes? —pregunta Víctor.

—Pero ellos…—dice André.

Quien es interrumpido por Maura.

—O vienen por nosotros. Este podría ser el último día de nuestras vidas. En la mañana ¿se despidieron de los suyos? Tu André ¿le regalaste la guitarra a tu hijo?

—No y no me asustes.

—Confío en el Mayor—les digo para tranquilizarlos.

—Yo también. Guarda la calma Maura—me hace segunda Yael.

—Iré a ver. André necesito que le marques al Mayor.

—Espera, ya no escucho nada—con tranquilidad, expresa Víctor.

—Quizá fue el viento o nos estamos contagiando de una paranoia terrible—respondo. —Imposible. Se escuchan pasos—dice Yael.

—Voy afuera—comenta Maura.

—No puedes ir sola—le expreso.

—029-R—en voz baja, indica Víctor.

—El refuerzo viene después—contesta Maura.

—Tienes razón—afirma Víctor.

Mientras ellos se ponen de acuerdo, camino en dirección de la alacena ¡hay un túnel que se esconde en la madera! Olvido que mi mano izquierda sostiene un trozo de cabello. Las larvas caen al suelo. Es repugnante el olor. Camino sin piedad a donde mis ojos miran lo terrorífico.

La tragedia, la miseria, la podredumbre, se unen al misterioso canto de la vida. Encuentro trozos de papel deshecho. Ahí están ellos, con los ojos abiertos. La arrogancia desaparece, la carne se echa a perder, se pudre el odio, el veneno, por fuera, sale por la boca y, por dentro, deshace los intestinos. Los gusanos se mueven entre las vísceras. Todo signo de vehemencia desaparece. Sí. Murieron envenenados. Los toco y por fin les digo a mis compañeros:

—Aquí están.

— ¿Dónde?— grita Yael.

—En este hueco.

— ¡El Mayor va respirar con tranquilidad! — dice Víctor. —Lo tóxico ya no se le irá a los pulmones— contesta Maura. —Ahora traigan en qué echarlos.

—Estaban grandes— expresa André.

—Sí. Mucho.

—Sin duda, ¡dos ratones bastantes gordos! —dicen todos.

Esa era nuestra búsqueda. La verdad pensamos pedir una recompensa al Mayor: dos jarrones para cada uno. Aunque por dos ratones muertos, quizá si nos iba bien, un sobre de té obtendríamos por la encomienda. Nos quedamos sólo con la satisfacción de ayudar a un hombre que al abrir la puerta de su cocina, olería a limpio y no a sustancias tóxicas.

Con esto termina la investigación. El ratón joven aproximadamente tenía de dos a tres días de fallecer, sus órganos internos aún estaban blandos. ¡Ah! Y un dato más, el pobre murió con los ojos abiertos, el veneno paralizó su corazón.

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