La ciudad

Raúl Manzano| Facultad de Derecho, UNAM

 

EN LOS EMBATES entre la vida y la muerte, las ciudades emergen como sólidos bloques de hediondo concreto que apresan las luchas que suscitan en ellas. Negras, pestilentes, sucias y bochornosas, representan los signos de un progreso decadente, donde la metafísica ha muerto. No son mas que un monolito de avaricia, lujuria y narcisismo de un ser que se ha declarado la guerra a sí mismo. La ciudad que yo conozco, se llama Efesia. Ahí, los seres que la habitan buscan entre las cloacas los últimos restos de los deseos de antaño. Relojes de lujo, bolsas de marca, trajes sastre a la medida y los espejos negros mas sofisticados. Cuando los encuentran, alardean hasta que se llenan sus hocicos de espuma, ladran como si fueran a aparearse; han olvidado cómo hablar, vestir, comer, leer la hora y sobrevivir.

Textos históricos narran las peripecias que ha tenido Efesia para poder ser lo que no es. Narran que era un lago donde miles de juncos y lirios acuáticos convivían con otros seres distintos a los de hoy. Narran que corrían ríos cristalinos llenos de rayos de sol, donde sus habitantes podían bañarse y existían bosques tupidos y verdes donde habitaban seres fantásticos. El paso de los siglos no ha sido en vano y hoy es una isla seca, donde los saqueadores de tesoros decidieron instalarse, aniquilando toda posibilidad de vida a su alrededor. La ciudad fue poblada por forasteros que llegaron del cielo, o eso dicen. Sus textos narran historias que hoy tomamos por ciertas, aunque su veracidad esté en duda. Bebidas y yerbas fueron quienes escribieron esas líneas, y el único fiel testigo que queda son las ruinas que quedaron y que hoy llamamos edificios. En ellos, como cicatrices, se puede ver qué pensaban los pobladores a lo largo de los lustros. Desde barrocos paños, hasta puertas modernas, las ruinas no son mas que un espacio basura que sus habitantes desean atragantarse y vomitar sobre el polvo que quedó.

En Efesia gobierna un policía. Nada bueno ha hecho por la ciudad. Cuentan que en su persecución de la grandeza su ego ha creado de ella un panóptico colosal. Cámaras vigilan hasta los mas íntimos movimientos de sus habitantes: cuando comen, cuando beben, cuando duermen, cuando cogen, cuando sueñan. Sin embargo, también cuentan, que no sólo ha sido el Policía quien ha buscado husmear en los mas propios momentos de los pobladores; ellos mismos han renunciado a su intimidad. Se ha descrito que cuando esto ocurre, ejecutan una dulce danza indigesta en símbolos. Utilizan todo lo que han hallado en las profundidades repugnantes de las entrañas de Efesia y lo pavonean en búsqueda de saciar sus mas profundas y sucias vanidades.

La furia reina la ciudad. Los perros ladran y los hombres también; no hay paz. Los árboles enfermos son testigos de la violencia que impera en Efesia. Son talados, mutilados, envenenados y quemados. Aunque no solo ellos. Hombres y mujeres se gritan, escupen, golpean y matan; hay una guerra entre ellos. El llanto de un bebé no es acontecimiento importante, la indiferencia impera y a nadie le importa lo que le pase al prójimo. Los diarios están empapados en tinta roja y cuando algo benévolo sucede, su trascendencia es impresa en la última página. En esta ciudad, la violencia sólo sorprende por su ausencia. Efesia, la ciudad decadente, de ella sólo queda una marca. Alrededor del mundo, existe propaganda invitando a otros sujetos a pasarla bien. Les invitan a contemplar sus hermosos atardeceres morados, disfrutar sus cielos azul grisáceo y respirar su aroma a prados. Hermosa, colorida, floral y fresca es la promesa de lo que no fue, no es ni será Efesia jamás.

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