La ira y la aurora

"El hombre controlador del universo", Diego Rivera, 1924.

Jesús Briseño | Facultad de Derecho, UNAM

 

En el eclipse del sueño

cuando sol y luna

son la sombra gemela del olvido,

el instinto germina el simulacro del ser

y bajo la tierra de sangre, en el centro de la vida,

nace el fuego originario, heliotropo en llamas,

fuente del fulgor primitivo y espectro de la razón,

 

paridos del fuego, hijos del fuego,

abrimos los ojos al zodiaco y el tiempo

infinitamente liviano reposa en nuestro latido,

las horas no consumen ni los astros mueren,

absortos la sangre y el instinto confluyen

hasta encarnar a su ser enajenado

que se yergue y camina, cazador de fieras,

como espectro soberano sobre sí mismo

 

y vorazmente poblado ya de hábitos

destruye y transforma, sacia e incendia,

regenera y doméstica, pule su inteligencia

con mano fundidora más la mirada

de red invisible que transparenta

con tacto lógico el limo de su sed.

 

Enajenado y enajenante, hilandero de aire,

nómada nube que transita del silencio

al infierno, cúmulo de gorjeos ensamblados a pulso

eléctrico, abecedario de niebla que lentamente

cristaliza su flor hasta ser un sol de agua,

alta marea de voces en las cavernas

de la nueva diosa, la emperatriz del cristal,

la sombra de nieve, la tirana cenicienta,

la reveladora de lumbre: la conciencia.

 

¿Es entonces el ser y el sueño rescoldo de voces

multiplicadas en la intimidad de la llama

cuando aliadas a la conciencia benéfica

despiertan y perciben una leve brizna a muerte

y a resurrección pasajera de la embriaguez soñada?

 

Al despertar de su eclipse,

el humano emerge revestido con esas voces

que lo cubren como trepadora escarlata, y así, ellas mismas,

voces de las voz del fuego originario,

del primer destello de conciencia, inflaman su substancia

hasta convertirse en bólido apasionado: humanidad en llamas,

lenguaje que abre los senderos a la intuición que guía

 

con soberbia de antorcha altiva

el cúmulo de piedras transparentes que llamamos ideas.

Pero ya hecho fuego,

el humano en su terca actitud de agigantar su fiebre,

pudre su ardor y lo ennegrece para morir

al último rayo de sol.

 

¡Sí! su fiebre de dios lo condena a crearse y destruirse,

ácida ironía, a la vez que aniquila su natura primitiva

(primera testigo de su llama arquitecta y demoledora).

Luego decae a ser banal fantasma, ya no enajenado de sí,

sino, de su sombra, fuego de sombras

que penetra en su origen,

cuando sin saberlo, lo destierra con la lluvia de su amargura:

 

“Seguir a pesar de ser enemigos mortales, a pesar

de los desiertos de huesos que nos roen los pies,

de los gritos de pólvora y de llamas, fatuo cementerio del odio,

llagas de la soledad que revientan en la muerte de ojos pelados,

en la muerte viva de fusilados, en la muerte cotidiana que fosiliza,

en la muerte más cabrona que la muerte, en la muerte de todos y de nadie.”

 

Embrutecido el instinto cambia su piel,

su voz es la esquizofrenia y sus manos la incertidumbre,

si trastornado se erige entre sus ruinas agoniza,

el instinto avanza entre monótonas figuras de niebla,

persigue la modernidad que nunca es verdadera,

que sólo es una corazonada palidecida

al deslumbramiento seco de su corrosiva adaptación,

de su visionaria magia fraudulenta,

 

de su reproducción sintética de moldes y máscaras,

de sus manantiales de sed infinita de donde bebemos el ansia

y la desesperación, de sus ahogados gritos suicidas,

de su tiranía de cerbero criminógeno.

La modernidad es el laberinto de quimeras

donde es más real lo irreal y lo verdadero inclina la frente

para no ser aniquilado: el hambre, el deseo, la sangre

 

claman con obstinado rugir el equilibrio del cuerpo,

nos alimentamos con el intangible pan del tiempo,

prolongamos los huesos hasta desbaratarlos,

el huracán destartalado de las emociones nos abraza,

vivimos, comemos y nos reproducimos en carne y sombras,

heredamos flores mentales que invaden los sueños,

 

presagios del ser que nunca se concretan

mientras la realidad nos escupe a la hoguera helada,

mundo taciturno y conglomerado por el orden común,

el mundo progresa si todos se hincan ante él,

anónimo rey de reyes, multiplicada visión inaccesible

y supervivencia de la fuerza original que nos compone,

 

parece la modernidad el inalterable patriarca

que apunta con el dedo hacia su ser umbrío,

y dormido en laureles tecnológicos así mismo se estrangula.

Los instintos sucumben ante su domesticación y retornan

guiados por el sol de la furia, vagando entre guerras y utopías,

entre libertad y libertinaje, entre hipocresías y verdaderas luchas.

 

Entonces ¿es la vida un deambular incesante entre ambiguas murallas

donde la realidad se transfigura y todo se vuelve vértigo en llamas,

edificios o pilares del infierno, calles que nos llevan a un páramo

destrozado, aparadores donde nos revestimos de más sombras.

Entonces, qué es lo verdadero, respirar, beber, crear, amar…?

 

Dualidad inasible, el fuego del alma

se transfigura en concreto y el concreto en costumbre,

el tiempo y la soledad, el sol y la luna,

materia y pensamiento, instinto y razón, voluntad y mentira.

 

Morimos sin estar muertos, morimos sin saber por qué,

morimos huérfanos del lenguaje, morimos

en la vida muerta, morimos apuñalados por el ardor

del silencio, morimos sin palabras

mirando la entrevista caída a la infinita fosa común: ¿Cómo vivir la vida?

 

Humano contra humano, fuego contra fuego, sombra contra sombra

nuestro simulacro del ser se dispersa y se amontona sin aclararse,

nunca somos nuestras ideas: teatro universal,

máscaras de sangre, espejos y encarnaciones…

 

Ser humano también es ser sombra, es perseguirse entre reflejos,

rescoldo de voces, eco del instinto, quemadas incertidumbres,

ser humano también es vivir las ideas a pesar de saberse sombra…

 

Volver a beber del oasis de fuego, madre de la vida,

iluminaciones, galopes cristalinos,

ígneo aleteo de estrellas sobre los anémicos labios del silencio,

reverberadas cabelleras de palabras

ondulado el agua como fuego y el fuego como agua,

reconocernos en el lenguaje, abrazarnos, sonreír, imaginar, luchar, amar:

sol de maíz, pájaros de lava, relámpagos de tinta azul y verde…

Escribamos el destino de la sangre:

Estepario.logo.E

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