Arte político: muralismo en Ciudad Universitaria

"Representación histórica de la cultura", Biblioteca Central, Juan O'Gorman.
Jesús Briseño | Facultad de Derecho, UNAM

 

PARTE DEL IDEARIO universitario se vislumbra sobre murales donde, a pesar del descuido en que se mantienen, un humanismo abandera, por desdicha platónicamente, a la patria de la juventud en la noble militancia del conocimiento. Y aún más, siendo pesimista, creo que miles de alumnos van y vienen ciegos, no físicamente, sino del espíritu. La urgencia salvaje de labrar un futuro exitoso, es decir, monetariamente redituable; la alienación hacia maneras banales de entretenimiento; la violencia en todas sus caras como erosionadora de la inteligencia inquieta y crítica; la epidemia de la indiferencia y la indolencia engendran mentalidades soeces, intolerantes, en resumen, absurdas si los individuos no forjan una sensibilidad abierta a la pluralidad de expresiones de toda índole, propia del universitario ideal. Sumado a ello, el desprecio genérico hacia el arte, o peor aún, su vulgarización mercadotécnica en los monopolios económicos, mutila la pasión estética de las civilizaciones.

Con lo anterior señaló arbitrariamente del porqué los murales en uno de los sitios emblemáticos de la educación mexicana se convirtieron en un despropósito. Todo valor estético manifestado artísticamente tiene su origen dentro de una comunidad. Pero cuando la comunidad misma queda varada, el hervidero de significados y emotividades atribuibles a la obra creada en su seno, pierde su directriz, volviéndose decoro y vanagloria. La política, en un sentido amplio, es toda fuerza que desde la comunidad incide sobre los asuntos públicos. En su momento, incluso, expresiones artísticas realmente geniales legitimaron gobiernos, religiones y rituales barbáricos. En Egipto, las temibles esfinges retrataban el señorío y la sabiduría del faraón: la cabeza humana era la visión de la inteligencia y el cuerpo de león su don de mando. En Bonampak, las paredes de los templos, literalmente sangraban, pues se revelaban guerras encarnizadas y el atroz cautiverio de los enemigos caídos. Miguel Ángel pintó en la capilla Sixtina el principio y el fin de los tiempos desde la mirada del dios cristiano. En México, luego de la invasión española, emergió un mestizaje o sincretismo predominantemente colonizador que fundió elementos prehispánicos con europeos, visible en catedrales barrocas de atrios al aire libre bajo la bendición de vírgenes morenas. De hecho, el muralismo mexicano llegó a nutrir activamente la ideología del régimen después de la Revolución. Sin embargo, he de ser enfático en que si las obras de arte eminentemente públicas, son intrínsecamente valiosas en su estética, logran emanciparse del yugo pragmático de su carácter instrumental, ya sea porque sirvieron para legitimar el poder político o religioso, y pasan a un estado autónomo, donde valen más por ser obras que por ser reflejo del poder. Y el argumento de mi tesis se encuentra en el hecho de que, no obstante los milenios de diferencia, las sociedades contemporáneas siguen asombradas, aunque mucho o poco ignorantes, de dichas manifestaciones artísticas: baste ver cientos de investigaciones, documentales y películas sobre las civilizaciones antiguas asentadas en México, Perú o Egipto; además, millones de turistas viajan a la Capilla Sixtina para degustarse con algunos portentos de los máximos exponentes de la cultura. Con esto quiero decir que el muralismo mexicano ha logrado, aunque no del todo, emanciparse de la retórica revolucionaria del PRI, por una parte, porque el PRI mismo ha dejado en desuso su raíz revolucionaria para pasar a una neoliberal y, principalmente, porque algunos pocos y selectos murales de artistas como Tamayo, Orozco, Camarena, Morado, Rivera, Siqueiros y Eppens, tienen validez universal dentro del inagotable repertorio de la imaginación humana.

Ahora bien, creo que el caso de Ciudad Universitaria es sui géneris, diferenciándose del resto del movimiento, según mi opinión, porque, en primer lugar, el muralismo de Rivera, Orozco y Siqueiros es el fruto de la Revolución Mexicana, donde la visión del arte era recobrar la cara perdida del mexicano, su identidad, su raíz indígena, claro es, no sin ciertas aberraciones de por medio, como un nacionalismo charro y simplón, o de la mistificación insana del pasado prehispánico. En cambio, los murales de C.U son una renovación a esa ideología, ya que en su lugar se abre paso a una ideología de clase media, no popular de mexicanos analfabetas, sino de los próximos cultores del saber. Esto resulta vital para obras como la de la Biblioteca Central donde el ilustre Juan O’Gorman, no solamente vuelve a retomar tópicos indígenas fundacionales como el águila, los cráneos vivos, los ríos del Valle de México, la indagación en el pasado para figurar un rostro nuevo, mexicano, sino que también se muestran los paradigmas científicos que han cimentado nuestros tiempos, como el aprovechamiento del átomo, o aún más atrás, el modelo heliocéntrico que nos despoja a los terrestres del egocentrismo de ser el centro del universo. En este mismo tenor, La conquista de la energía en el Auditorio Alfonso Caso es una obra donde José Chávez Morado muestra una evolución respecto a la domesticación de fuentes vitales como el fuego hasta la energía de partículas elementales, pasando del miedo primitivo al mundo desconocido con sus fieras y peligros, a la sublimación de la energía representada en forma de mujer, abrazando victoriosamente al hombre moderno.

"El pueblo a la universidad, la universidad al pueblo", David Alfaro Siquerios.
“El pueblo a la universidad, la universidad al pueblo”, David Alfaro Siquerios.

Y no obstante las innovaciones de fondo de estos murales respecto de sus antecesores, hay puntos de contacto innegables que provienen de los dos maestros de la vieja guardia, por ejemplo, Diego Rivera, que sobre el Estadio Olímpico ensambla con piedras una representación simbólica de la familia mexicana bajo el resguardo de un águila, un cóndor y una paloma de paz, y a las orillas, dos atletas encendiendo la llama olímpica, todo sobre las escamas y plumas de un Quetzalcóatl incrustado de mazorcas de maíz. En la Torre de Rectoría, David Alfaro Siqueiros, fiel a su idea del arte militante, pintó en un mural escultórico llamado El pueblo a la universidad, la universidad al pueblo donde claramente el tema es una arenga al compromiso del estudiantado con su patria, en una actitud solemne y colosal, pues los modelos representados caminan con los brazos alzados a media altura, como si una voluntad o fuerza mayor los guiará o, mejor aún, una obligación, ciertamente.

Por último, anclado entre los dos extremos, Francisco Eppens, creador del actual escudo nacional, no realizó murales ideológicos en C.U (si lo hizo en la sede del PRI donde engendró un demagógico ángel revolucionario con alas de bayoneta sobrevolando el incendio de la batalla) sino que plasmó verdaderas alegorías de la condición humana. La obra La vida, la muerte, el mestizaje y los cuatro elementos, en una de las fachadas de la Facultad de Medicina, muestra la cosmogonía de la vida y la muerte: una serpiente mordiéndose la cola es el infinito; un cráneo mastica un maíz como si la vida estuviese predestinada al mismo fin; un rostro en el centro, en realidad el mestizaje, pues tiene varias facetas a los flancos, así lo mismo los individuos que son la concreción de varios seres generación tras generación; Tláloc se mira como una tempestad acuática bajo la tiranía del fuego y el libertinaje del viento.

Como conclusión, no queda más que añadir una cosa: el arte político, cualquiera que sea su vehículo de expresión, es político porque justamente incide, lo quiera o no, en la sinergia subyacente de una comunidad, pero, sobre todo, es arte porque su valor estético no se subordina al político, es decir, no se vuelve un panfleto de una doctrina dominante. Por definición todo arte es político, sea explícito o no, porque siempre busca, no retratar la realidad fungiendo como espejo, sino de distorsionarla estéticamente como un espejismo, apuntalando las inconformidades del artista y las malformaciones del modelo. El muralismo mexicano fue un espejismo, más o menos afortunado, de la incertidumbre y deseos de un pueblo ávido por encontrase a sí mismo dentro del concierto universal del mundo.

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