¿Cuál es el papel del artista que escribe en una universidad?

"inspiración en la caminata", (1989), Juan Ramón Martínez Vega. Técnica: tinta sobre cartulina bristol.

Brandon Archambault* | Tufts University

 

EL ESCRITOR es un artista que se mantiene abierto, vaciándose de cualquier ilusión contra sí mismo y la comunidad. Mantiene una relación de amante con la verdad, y paradójicamente, está lleno de fallos; el regalo del artista literario es darnos momentos de gracia y espacio en los que nos podemos ver a nosotros mismos. Lo que hacemos con este espacio depende nada más que del escritor y del arte, quiero aclarar, sólo aparece como una oportunidad, no una salvación religiosa.

Empero lo anterior, en la universidad no es así; ahí la labor es la producción e invención de formas del saber. Quema la paja y recoge el trigo, pero lo más importante, decide qué es paja y qué es trigo. Todo es juicio, es decidir, se hará un análisis de qué se va a incluir y a rechazar; existe también una relación muy estrecha con la búsqueda de la verdad. Odia a las mentiras, desea justicia, quiere su criterio se expanda a todos. No obstante, esto es una cuestión política —tiene una deuda futura con  la sociedad— e inmoral —contraída consigo mismo y con su propia gente. Mi intención no es despreciar el saber contra una forma ideal de la verdad,  sólo que las personas en la universidad tienen dos papeles—uno como artista, otro como académico—sufren de una división en su relación en su modo de comunicar con la escritura y sus posturas demandan relaciones distintas a la verdad.

Casi todas las personas que hacen arte al escribir están de acuerdo en que se sufre (o se goza) de una enfermedad: la compulsión. Como dijo Yukio Mishima, “No podría sobrevivir si no continuara escribiendo una línea más, una línea más, una línea más… una línea más. Y una línea más.”[1] La forma de nuestras líneas no importa: lo que nos importa es que escribamos.

Sin embargo en la universidad la forma es todo, pues alguien entra a una comunidad crítica que comparte una forma de comunicar, la universidad entrena a una persona para saber cómo juzgar, para saber qué son las injusticias y reconocer las formas de control (el lector debe recordar que estoy hablando de la universidad en su forma ideal; ¡todas las que existen tienen, sin duda,  peores intenciones de las que estoy describiendo!). En la universidad se recibe una técnica, no una ética; te ayuda a conocer la clase de poderes  que existen pero no cómo expulsarlos de sí mismo: es una institución. Su función es sobrevivir para mantener el saber vivo. Te paga o le pagas. Te paga específicamente por el uso de palabras o le pagas por la enseñanza de cómo escribir.

El artista tiene que experimentar, romper con la comunidad establecida para cortar las ilusiones sociales que existen. En efecto, la universidad puede trabajar de manera similar, pero nunca de manera  individual, ya que es una comunidad pequeña—élite, mejor dicho—pero el arte depende de la soledad. Es como un retiro espiritual con los monjes ancianos del budismo o la iglesia oriental. El mundo está lleno de demonios—de poderes y principios— y también la universidad como el arte, pueden criticarlos. El arte no tiene que enseñar, no tiene que hacer a sus lectores repetir la creación del arte. No obstante, la universidad demanda repetir la confesión: “sí, yo sé y así es como debe ser.” El arte muestra; la universidad explica.

Al contrario de lo que dice Aristóteles, nosotros no tenemos que decidir que el mimesis es mejor que el diégesis. Decir esto significaría que sólo el artista es el único que puede ser un humano completo (una ética tan romántica y elitista como la universitaria). Es decir, el arte —y no sólo para aquél que lo produce— nos regala algo que no nos puede dar la universidad: la fe, o esperanza, es decir, con el arte recibimos la transfiguración y la transustanciación.

Por otro lado existe otra dificultad para los escritores: si la persona que escribe trabaja como conserje, cocinero, administrador, asistente de gerencia —en fin, cualquier empleo en donde no se escriba para ganar dinero— la respuesta es fácil: esa persona sólo es un artista que tiene que comer y nos regala su arte. Sin embargo, si esa persona empieza a estudiar, o peor aún, a enseñar; si esa persona depende de la administración, de sus publicaciones y conferencias para ganar dinero o depende de becas y de facultades: ¿quién es nuestro artista-escritor ahora?

Creo que es él mismo. A mi criterio, el papel específico del artista dentro de la universidad es no confundir por qué y para qué vives. Su papel en producir conocimiento, no necesariamente relaciona a su arte, aunque los dos se relacionan a la verdad. Es difícil saber cómo escribir dentro de la universidad, y no confío en una respuesta pertinente a todos los casos. Es difícil practicar dos habilidades tan distintas en el mismo material y no envenenar la una con la otra.

Sólo estoy seguro de que el papel del artista en la universidad, es recordar siempre que la escritura no es la verdad: es la verdad que, a veces, se nos presenta a través de la escritura.Estepario.logo.E

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*Brandon Archambault es estudiante de postgrado en Literatura Comparativa en la Universidad de California en Los Ángeles dónde estudia Español, Náhuatl, y Quechua. También está completando un tesis de maestría en Filosofía para la European Graduate School en Suiza. Recibió su licenciatura de la Universidad Tufts en Literatura Comparativa, estudiando japonés y ruso.

 


Notas al pie
[1]              Mishima: A Life in Four Chaopters. Dir. Paul Scharder. Perf. Ken Ogata, Masayuki Sionoya, Junkichi Orimoto, and Kenji Sawada. Warner Bros., 1985. Film. Usual Suspects.