Adiós, Facultad de Derecho

En el esquife | Columna

 Adolfo Ulises León López

 

Mas, si quieres salir de tu querella,
alegre y no confuso, y consolado,
dobla tu capa y siéntate sobre ella
Viaje del Parnaso, Miguel de Cervantes

 

A un lado la vergüenza, el interés me arrojó a tus brazos. Entonces pensaba que una profesión que no sirve para comer, no sirve para nada. Con el litigio podría hacer dinero y crearme un espacio de comodidad para dedicarlo a la literatura. ¿Acaso tiene algo de malo aspirar a ser un artista en sus propios términos y no tener que vivir como tantos parásitos que se pelean por las sobras del mecenazgo cultural? Es más, ¿te imaginas cómo podría sobrellevar el fracaso de la escritura sin un amortiguador con el cual decir: “bueno, no se me dieron las letras, pero lo mío siempre fueron las leyes”? Aunque cobarde, la estrategia parecía sencilla y mira cómo se fue a complicar. Créeme, durante cinco años me esforcé para quererte. A veces lo conseguía, algunas materias me apasionaron y les permití robarme más tiempo del necesario. Hasta que, al final del camino, incapaz de hacerte más concesiones, sólo encontré en el odio y el laconismo las fuerzas para deshacerme de ti. También es cierto que no todo son berrinches, lo sabemos. Algo tienes, querida, que no sonríes. Alguna brujería hay en tus aulas que nos ensoberbeces y a muchos —los más deleznables— les haces creer que si controlan las apariencias pueden controlar la realidad. No diré más…

Me voy alegre por las personas que conocí y quiero hablarte de ellos. Del primer semestre me sobreviven tres grandes amigos, confidentes y parranderos: Óscar Estrada, Abigail Montes de Oca y Gabriela Martínez. Sin embargo, fue hasta el tercer semestre cuando descubrí que, sí, existían otros compañeros que compartían mis afinidades y se encontraban igual de confundidos. El profesor Ignacio Villasana hizo la invitación: “si a alguno le interesa la literatura yo sé a dónde tienen que ir”. Teresa Obregón —una abuelita argentina burlona y cariñosa— cada martes organizaba un círculo de lectura entre los estudiantes. Ella nos encontró. Recuerdo que en una de las primeras ocasiones, al cubículo entró un muchacho llamado Uriel Mendoza. Presentó La marquesa de O, de von Kleist, y de tres patadas explicó el romanticismo. Desde ese momento nuestra amistad ha crecido y ahora puedo decir que lo quiero algo así como a un hermano mayor. Es, además, mi crítico más mordaz: todos mis escritos los someto a su aprobación. A veces me regaña por las lecturas que hago y las orienta; otras, lo hago encabritar como cuando no leo los libros que me presta o me niego a aceptar que los caballeros medievales no son héroes. A Jorge Contreras, aunque lo traté menos, retengo en mi memoria su interés por la filosofía, por los mitos clásicos y en mi librero conservo La región más transparente que me obsequió.

Los semestres siguientes al círculo de lectura se sumaron, entre otros, Eduardo Vital, Miroslava Rivera, Carlos Erasmo Rodríguez, Jesús Briseño y Flavio Gallardo. Eduardo, un tipo vivaracho, hizo de Pablo Neruda el pan nuestro de cada semana. Cuando no era su poesía era algo relacionado con él: su esposa, Matilde Urrutia, su correspondencia, sus desafíos a Pinochet, discursos o ensayos sobre su obra. Miroslava, en sus intermitentes apariciones nos descubrió la poesía polaca y otras lecturas desconcertantes que iban desde cómics hasta temas como el nahualismo. Y aunque supe que tenía escritos no tuve la oportunidad de conocerla a través de ellos. Qué decir de Erasmo. Crecimos con la compañía del otro, él me presentó con Steinbeck y yo con Faulkner, él con Sartori y yo con Orwell. De pronto, nuestro intercambio de ideas creció tanto que veo difícil concretar todos los cuentos y ensayos que imaginamos. Él creyó en el valor de mis balbuceos y por una temporada se convirtió en mi discípulo más aventajado. A pesar de que hemos tenido diferencias, carajo, cómo podría dejar de estimarlo: su peculiar sentido del humor siempre cae de perlas. De entre todos, quizá sea con Jesús Briseño con quien más me identificó. Auténtico compañero de vocación. Lo vi por primera vez en un certamen de poesía, tímido, subió al estrado y entonces me percaté de esa poderosísima sensibilidad con la que nos recuerda que la buena poesía es ritual. Perdió el concurso pero ganó un amigo. Debo confesarlo, a veces me gustaría escribir como él. Flavio llegó de Aguascalientes para enseñarnos, a diferencia de Erasmo, Jesús y yo, él ya era dueño de buenas bases teóricas para decodificar mejor la literatura y el cine. Espero que algún día podamos materializar la idea de escribir un guión cinematográfico.

Fuera del círculo de lectura, me topé con Adolfo Ayllón en Derecho Internacional Público. En serio, es un tipo que con participaciones sesudas y bien fraseadas se apodera de la clase en la que esté. Lo admiro por su disciplina y porque es el mejor ejemplo de alguien que se construye a sí mismo. Sátiro, cínico, juerguero, luchón. Con una inteligencia fuera de lo común, encabeza mi generación. Por último, llegan mis muy estimados Óscar Cuéllar, Luis Rosas y Gerardo Chávez. Óscar es un peso pesado de la filosofía, si algún día cayera en el juego del cacareo de los “jóvenes intelectuales” y midiera sus fuerzas con ellos en debates, programas u otras payasadas, les infligiría una herida mortal en su pedantería. Obviamente no lo hará y es así porque él, mejor que ninguno, sabe que la erudición, cuando es genuina, es prudente. Luis y Gerardo van juntos y van separados. Juntos, porque con ellos —aunque no me creas y te den ganas de pitorrearte— ganamos nuestro primer litigio a la cervecería Cuauhtémoc Moctezuma. En terapia grupal, nos autoconvencimos de que ser abogados en realidad es cosa fácil. Separados. Uno puede pasar horas hablando con Luis y sentir la confianza de decir tantas tonterías se le ocurran. Más intuitivo que enciclopédico, Luis resulta una mezcla de malabarista de ideas y gran conversador. Pero para conseguir ambas, sobre todo, sabe escuchar. En alguna ocasión le dije que lo encontraba muy parecido con Chéjov. “¿Chéjov?”, “Sí, estimado, un cuentista ruso que tenía la capacidad de devolverle la sencillez a las personas”. Gerardo, hermano filólogo, esfoçado et virtuoso et no mojigato cavallero. No ha mucho tiempo que, con lanza en mano y adarga en pecho, nos lanzamos a leer completo el Amadís de Gaula. ¿Error o acierto? Quién sabe, sólo sé que terminamos convertidos en beodos caballeros medievales con muchas ganas de folgar con las y de justar con los que se nos pusieran enfrente.

En fin, todos juntos y pese a todo, emprendimos esta aventura intelectual y literaria llamada Estepario. Una aventura de la que aún es muy pronto para decir que llegamos vencidos.

Espera, estoy olvidando algo. Mi corazón se encogió de pronto. ¡Cómo terminar y no hablarte de ella! Con quien fui feliz por no mucho tiempo. Vaso de agua. Pómulos de ciruela. Respiro de la mañana. Sonrisa que zapatea. Como diría Varguitas: yo de Melisa me enamoré como un becerro, la forma más romántica de enamorarse.

Ya ves, querida, no todo fue tan malo.

Estepario.logo.E

Anuncios